Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

31.- Propuesta.

El sol caía bajo la línea del horizonte, filtrándose entre las ramas como un río de cobre líquido.
Gato Café caminaba solo, las garras de metal bruñido descansando junto a su cuerpo, pesadas pero cómodas, casi una extensión de sus propios brazos.
Cada paso sobre la tierra húmeda resonaba como un tambor: recordatorio de que había sobrevivido, que había vencido, y que ahora llevaba consigo un nuevo propósito.

No había gritos ni rugidos; solo el viento arrastraba las hojas muertas, mezclando aromas de metal y humo con la humedad del bosque.
Por un instante, se permitió pensar en todo lo que había dejado atrás: Ciudad Gris, Ciudad Roja, el bosque de los gigantes, Danyel…
Cada recuerdo le quemaba un hueco en el pecho, pero también le daba fuerza.
El silencio lo acompañaba como un aliado, y por primera vez desde que había dejado la cabaña de Danyel, avanzar hacía ser algo más.

Avanzó entre los árboles, y la selva comenzó a abrirse.
Más allá de las copas, un humo espeso se levantaba, negro y persistente.
El olor a hierro y vapor era intenso; algo palpitante y vivo emergía entre la maleza.
Gato Café comprendió que estaba cerca.
La fábrica del vertedero se alzaba como un monstruo dormido: enormes chimeneas de hierro, engranajes que se movían sin descanso, tuberías que escupían vapor, y máquinas que zumbaban con vida propia.
El vertedero a su alrededor estaba lleno de restos, desechos de mundos antiguos y olvidados, y el aire vibraba con la promesa de poder y peligro.

Antes de acercarse, Gato se detuvo.
Se permitió un momento de introspección: respiró profundo, sintió cómo el corazón le latía con fuerza, y recordó todo lo que Danyel le había enseñado.
No era invencible, pero ahora sabía que podía pelear, que podía sobrevivir, que podía enfrentarse a lo imposible y seguir de pie.

Avanzó con cuidado. Cada sombra, cada silueta metálica, parecía un ojo que lo observaba.
Y entonces lo vio: una figura familiar, alta y delgado, caminando entre el humo y la maquinaria.
Gorila Pelón.
A su lado, los hermanos cuervos, Marco, Mauro y Aldo, supervisaban el lugar con la seguridad de quienes habían hecho suyo el espacio.

Un perro que gato jamás habia visto, estaba cerca de ellos.
Gato se detuvo unos segundos, observando.
El tiempo parecía estirarse, como si el mundo contuviera la respiración.

Gorila Pelón lo reconoció de inmediato.
Se detuvo también, y por un instante, los años que habían pasado, la distancia, los caminos separados, parecieron no existir.
Pero Gato Café no avanzó.
No corrió hacia él, ni gritó su nombre.
Había algo diferente en el aire: la fábrica no era solo un lugar; era un territorio, una prueba silenciosa de cuánto habían cambiado ambos.

Gorila habló primero, con su voz grave y tranquila, un tono que mezclaba alegría y firmeza:
—Gato… llegaste. tardaste mucho.

Gato Café respondió, en un susurro, casi para sí mismo:
—No vine a que me regañes. Vine a ver qué quieres.

La mirada de Gorila se suavizó un instante, pero la firmeza volvió.
A su alrededor, los cuervos observaban con cautela.
No había amenazas aún, solo un peso de expectativas.
Marco, el del medio, se atrevió a sonreír, imitando la postura de Gato y su sombrero.
Un gesto pequeño, humano, que rompió un poco la tensión.

Gato Café avanzó un paso, dejando que las sombras de las máquinas lo envolvieran.
El olor a metal caliente le llenó las narices.
Era el mismo olor de la forja, de la pelea con la Manticora, de las garras que ahora eran suyas.
Gorila lo siguió con la mirada, evaluando, midiendo: no había miedo en él.
Solo determinación, y quizás un poco de orgullo oculto.

—Han hecho mucho —dijo Gato finalmente—. Esto… —gesticuló hacia la fábrica y el vertedero— es impresionante.

Gorila Pelón sonrió apenas, pero sus ojos mostraban seriedad.
—No es para impresionar. Es para sobrevivir. Para tener control. Para que nadie pueda volver a atraparnos.

Gato Café bajó la mirada hacia sus garras.
—He aprendido algo también… —dijo, y su voz sonó firme, segura—. No dependo de nadie para pelear. Ni de la suerte, ni de la fuerza de otro.

Un silencio pesado cayó entre ellos.
Los hermanos cuervos intercambiaron miradas, y la fábrica parecía contener la respiración.
La paz de Gato, su control, contrastaba con la energía caótica del lugar.
El encuentro no era de alegría, ni de reconciliación; era de evaluación silenciosa, de medir fuerzas, de entender que cada uno había tomado su camino.

Finalmente, Gorila Pelón asintió.
—Bien… entonces sabes por qué estoy aquí.
—No —respondió Gato—. ¿para que me necesitas a mi?

La bruma de vapor se mezclaba con la luz rojiza de las chimeneas.

—Este es Bingo, pastor alemán —dijo Gorila Pelón, presentándole al perro—. El terreno le pertenece; es nuestro socio.

Bingo intentó saludar a Gato, pero este ni siquiera lo miró.

—¿Y? —preguntó con frialdad.

—Necesitamos obreros. Nadie quiere trabajar con nosotros; todos somos extranjeros. Ni la Bruja Serpiente ha podido ayudarnos —respondió Bingo, con un tono de cansancio.

Luego añadió, con un brillo de esperanza en los ojos:
—Vi lo que hiciste con los topos. ¿Podrías traernos trabajadores?

Gato Café lo pensó un momento antes de contestar:
—¿Eso es todo? Lo intentaré.

Se dio la vuelta para marcharse.

Bingo le gritó mientras se alejaba:
—¡No te hemos dicho cuánto vamos a pagarte!

Gato se detuvo apenas un instante, y antes de saltar hacia la selva respondió sin mirar atrás:
—No quiero sus monedas.

Los dejó sorprendidos y enfadados, excepto a Gorila Pelón, que sonreía con nostalgia.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 09.03.2026

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