El aire era espeso como un sueño viejo. La selva de Azabache los devoraba paso a paso, tragándose la luz y el sonido, dejando solo el rumor de los insectos y el eco de sus propias respiraciones.
Gato Café caminaba al frente, los ojos afilados, el sombrero ladeado para cubrirse de las gotas que caían de las copas de los árboles.
Gorila Pelón lo seguía, cargando un pequeño morral con agua y herramientas.
Bingo cerraba la marcha, moviendo las orejas como antenas, atento a cada crujido.
—Los cuervos deberían estar aquí —dijo Gato sin mirar atrás.
—Los dejé en el barrio —respondió el humano, con voz cansada—. No podía arriesgarlos, la turba los habría tomado como culpables.
Gato se detuvo.
—¿Y Gata Blanca si puede serlo? —le espetó, sin esconder el rencor.
El silencio cayó entre los tres. Bingo los miró con incomodidad, moviendo la cola con nerviosismo.
—Ya basta —dijo el perro con tono firme—. Si siguen discutiendo así, no duraremos ni un día.
El felino apartó la mirada. El humano asintió sin decir palabra. Siguieron caminando.
Fue entonces cuando escucharon el zumbido.
Un murmullo agudo, vibrante, que creció hasta convertirse en una vibración palpable.
Gato y Gorila se miraron; ambos recordaron al mosquito gigante del Bosque de los Gigantes. Sin pensarlo, saltaron a los árboles con la agilidad de quien sabe lo que se avecina, y Bingo los siguió trepando torpemente entre raíces.
Desde las alturas vieron pasar un mosquito del tamaño de un gato del barrio. Revoloteó un momento y se perdió entre la maleza. Nada grave. Pero bastó para recordarles que en aquella selva, nada tenía medida.
Caminaron hacia el oeste. Sin pistas, sin rastro. Solo el peso del calor y el zumbido constante que parecía venir de todas partes.
Entonces Bingo se detuvo. Cerró los ojos.
—Silencio… —murmuró.
El perro aspiró profundamente, como si oliera la historia del mundo. Entre la humedad, la resina y el olor a hierro, distinguió algo distinto, un aroma frágil pero insistente.
—Hay un olor que no pertenece aquí —dijo.
Gato y Gorila no lo interrumpieron. Lo siguieron en silencio.
Durante un día entero avanzaron así, defendiendo al perro de las ramas que golpeaban su rostro, de las raíces que parecían manos queriendo sujetarlo. Bingo corría con los ojos cerrados, pero su olfato lo guiaba mejor que la vista.
Hasta que, de pronto, se detuvo en seco.
El aire se torció. El suelo tembló.
Ante ellos, la selva se partió en dos.
Un leviatán terrestre emergió entre los árboles, arrastrando montañas de raíces, cubierto de líquenes y musgo, avanzando con lentitud imposible. Su lomo era una colina viva, y su respiración movía el viento.
No los vio.
O quizás los ignoró.
Gorila Pelón sujetó el hombro de Bingo.
—Concéntrate. ¿El cachorro…?
El perro asintió, jadeando.
—Su olor está ahí… —señaló hacia el lomo del monstruo—. Pero es débil, casi... un suspiro.
Gato Café no esperó más. Corrió, saltó y cayó sobre el lomo del leviatán con un sonido seco. Las arpías que se alimentaban de la piel muerta de la bestia chillaron, atacándolo con furia. El felino giró sobre sí mismo, lanzando zarpazos de acero, defendiéndose sin perder equilibrio. Cada golpe era un relámpago.
Al fin, al espantar a las últimas, comprendió:
el cachorro ya no estaba ahí.
Gorila Pelón, sin rendirse, subió con Bingo a la espalda del leviatán. Allí, sobre aquella criatura que avanzaba como una montaña viva, encendieron una pequeña fogata. El humo se mezcló con el vapor de la selva, ascendiendo hacia una noche sin luna.
El cansancio los alcanzó. Ninguno habló durante horas.
Miraron hacia el este. La selva se extendía sin fin, como una masa negra que respiraba.
Gato pensó en el desierto donde el anillo de su madre desapareció volando, en aquella promesa perdida.
Gorila recordó la Ciudad Gris, el barro, los gritos, las manos del sapo del pantano marcando su espalda con látigos de fuego.
Bingo dormía, su hocico aún moviéndose entre sueños, olfateando fantasmas.
La fogata chispeó una última vez.
Y el leviatán siguió avanzando, lento, inmenso, como si llevara siglos sin detenerse.