Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

34.- Olor a oscuridad.

El amanecer llegó sin ruido.
La bruma se levantó en remolinos lentos, y el aire olía a hierro húmedo y corteza quemada. La fogata de la noche anterior era ya un círculo de cenizas frías.
Gato Café abrió los ojos antes que los demás. Se incorporó despacio, escuchando el rumor sordo de la criatura bajo ellos: el leviatán seguía avanzando, indiferente, como si su andar fuera el pulso mismo del mundo.

Desde lo alto, la selva de Azabache parecía un océano oscuro. A lo lejos, la línea del horizonte temblaba en tonos de verde y gris. Ninguna senda, ningún río, solo un infinito de hojas.

Gorila Pelón dormía con la cabeza apoyada en su brazo. Bingo roncaba, agitando las patas, soñando con persecuciones. Gato Café caminó unos metros sobre el lomo del leviatán, que crujía bajo sus pasos con un sonido de cuero viejo.

Se detuvo, respirando hondo.
El aire era pesado, pero limpio. Sintió una paz extraña.
No era serenidad… era algo más profundo, una aceptación muda: la sensación de estar exactamente donde debía estar, aunque no supiera por qué.

La bestia se movía tan lentamente que parecía inmóvil. Cada tanto, una bandada de aves negras salía volando de su costado, como si el animal exhalara su propio sueño.

Gato Café se acuclilló y apoyó una mano sobre la piel del leviatán. Era cálida. Vibraba con un ritmo constante, como un tambor en el fondo del agua.
Cerró los ojos.
Por un instante creyó escuchar un murmullo, algo parecido a una voz que venía desde dentro de la tierra misma. Pero no entendió las palabras, si es que las hubo.

—¿Cuánto llevamos caminando sobre este bicho? —gruñó Gorila Pelón, despertando con voz ronca.
—Desde ayer —respondió Gato, sin volverse.
—Parece una eternidad, solo nos queda un día —agregó el humano, mirando el horizonte.

Bingo bostezó y se incorporó, sacudiéndose las hojas del lomo.
—Huele a... ¿oscuridad?- dijo, olfateando el aire—. Y a humo… pero no de fuego.

Gato se tensó.
—¿Humo sin fuego?
—Sí… no sé cómo explicarlo —murmuró el perro, bajando las orejas.

Caminaron juntos sobre el lomo del leviatán. A medida que avanzaban, el aire se volvió más cálido, cargado de un tufo metálico y húmedo. Bingo, señalando hacia el norte, dijo:
—Por allá sigue el rastro del cachorro.

El leviatán comenzó a girar lentamente hacia el sur.
—Bajemos, entonces. Este animal ya no es útil —comentó Gorila Pelón con voz grave.

—Bingo… ¿cómo huele esa oscuridad? —preguntó Gato, observando la espesura que los rodeaba.
El perro se encogió de hombros.
—A desecho, a muerte…tal vez, abandono.

Gato Café se preocupó, pero no dijo nada. Después de todo, era la Selva de Azabache: desde cachorro sabía que aquel era un lugar demencial.

Caminaron hacia el norte, guiados por el instinto del perro. Bingo avanzaba con los ojos entrecerrados, casi en trance. De vez en cuando se detenía, olfateaba, giraba la cabeza, dudaba… luego volvía a caminar. El olor del cachorro era débil, diluido, como una sombra entre miles.

A su alrededor, la selva se volvía más densa, más antigua. Los árboles estaban cubiertos de una savia oscura que goteaba como lágrimas. Gato sentía que cada paso los hundía en un lugar que no obedecía las leyes del mundo.
No había viento, ni insectos, ni canto de aves. Solo ese olor de abandono que se volvía cada vez más fuerte.

—No me gusta esto —susurró el felino.

—A mí tampoco —dijo Gorila Pelón, sin dejar de mirar a los lados—. Hay algo que nos observa.

Bingo no respondió. Caminaba más rápido, olfateando con desesperación.
—El cachorro está cerca… o lo estuvo. Pero hay algo más —gruñó—. Algo grande.

El suelo vibró, apenas perceptible, como si una respiración antigua se agitara bajo la tierra. Gato y Gorila se miraron sin decir palabra. No había lógica en aquella sensación, pero los dos lo sintieron: algo los estaba siguiendo, algo que no tenía forma, ni nombre.

El perro se detuvo frente a un claro envuelto en niebla.
—Aquí se detiene el rastro —dijo.

El silencio que siguió fue insoportable. Gato aferró sus garras metálicas, Gorila Pelón levantó los puños, y por un instante, todos sintieron que el aire se llenaba de ojos invisibles.

La selva respiró.
Pero se obligaron a seguir adelante.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 30.03.2026

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