El sol se hundía detrás de las torres oxidadas cuando Gato Café llegó al Barrio de la Media Luna.
Llevaba al cachorro de tigre dormido entre los brazos, envuelto en una tela que olía a humo y savia. El aire estaba frío, cargado del olor metálico de la lluvia reciente. Los habitantes del barrio, al reconocer su silueta, dejaron de hablar.
Primero fue el murmullo, luego los pasos que se acercaban.
—¡Es él! —susurraron—. ¡El gato volvió!
No hubo vítores ni aplausos, solo un respeto pesado, una mezcla de miedo y gratitud. Gato pasó entre ellos sin pronunciar palabra. Había cumplido, sí, pero algo dentro de él seguía tenso, como si no fuera suficiente lo que había hecho.
En la casa del león los viejos curanderos aceptaron al cachorro.
—Tiene fiebre, pero vivirá —dijo la bruja serpiente, observándolo desde la penumbra.
Gato asintió, con el rostro apagado.
—Cuídalo. —Fue lo único que dijo antes de salir.
Estaba más preocupado por ver como estaba gata blanca que seguir ahí.
En la fábrica del vertedero, el ruido de los martillos se mezclaba con el zumbido del viento.
Gorila Pelón trabajaba solo, había dejado a Bingo en el claro despues que gato partió. Frente a él, sobre una mesa improvisada, reposaban planos llenos de garabatos y borrones. Había tomado como modelo las garras de gato cafe. Las observaba una y otra vez, tratando de entender no solo el mecanismo, sino el alma del arma.
—Defender… atacar… sobrevivir —murmuró, mientras ajustaba un engranaje a su antebrazo derecho.
Soldaba sin descanso, el rostro cubierto de hollín, las manos temblorosas por el cansancio. Cada golpe era un pensamiento: necesito más poder.
La pieza tomaba forma, mitad herramienta, mitad criatura. Una extensión de sí mismo.
El fuego de la fragua iluminaba sus ojos con un resplandor febril.
Afuera, el viento silbaba entre los restos del vertedero como si una voz antigua le hablara desde el polvo.
Los hermanos cuervos lo observaban preocupados sin decir nada.
Más allá del bosque, Bingo permanecía en el claro donde habían encontrado al cachorro.
Había silencio, salvo por los grillos y el rumor del agua. Aquel sitio tenía algo distinto: un olor fresco, casi amable.
—Aquí podría quedarse alguien —pensó en voz baja—. Aquí no hay gritos, ni cuentas que pagar. Solo el bosque y yo.
Entonces escuchó pasos sobre la hierba mojada.
Cuando alzó la vista, una mujer con overol de cacería y un rifle en la espalda lo observaba desde la bruma. Su cabello oscuro caía sobre los hombros y sus botas estaban manchadas de barro.
—¿Eres una bruja? —preguntó el perro, sin moverse.
Ella sonrió. —No. Mi nombre es Lily Freaklands. ¿Tu que eres?- le preguntó lista para apuntarle con su rifle.
-soy bingo pastor aleman- respondió el perro, con una sonrisa que la mujer correspondió.
Hablaron largo rato. Sobre el bosque, las criaturas que lo habitaban, las noches sin luna.
Bingo le contó de la fábrica, del gato y del gorila; ella escuchó sin burlarse, cuando el preguntó que hacía ahí, ella solo se levantó y camino unos pasos, antes de irse, le señaló el norte:
—Más allá de la niebla tengo un invernadero. Si alguna vez quieres visitarme, te invitaré un te - dijó con timidez.
Bingo asintió, y sonrió sinceramente, no sabía lo que sentía del todo, pero estaba convencido de que deseaba volver a ver a la mujer, esa tarde terminó por decidirse: construiria en ese punto su hogar cerca de Lily Freaklands.
Al anochecer, el Barrio de la Media Luna estaba iluminado, por las palidas luces electricas de los faroles. Gato Café fue recibido como un héroe, aunque él ya estaba con gata blanca y su padre, que agaradecia lo que había hecho por ella.
Desde la terraza vio las calles iluminadas, los faroles colgando de cables viejos, los niños corriendo con máscaras de papel.
El cachorro respiraba tranquilo dentro de la casa del león. Todo parecía calmo, pero Gato sabía que no lo era, algo faltaba, se arrodillo y le pidió, matrimonio a la gata blanca, la cual aceptó emocionada, todo era tan simple para ambos felinos, tan natural.
A kilómetros de allí, Gorila Pelón observaba su creación terminada.
Una armadura rugosa, pesada, cubría su brazo derecho. Probó moverla; el metal gimió, pero obedeció.
Su reflejo en el cristal roto del taller le devolvió la mirada, serviria por lo pronto, sería suficiente.
Bingo regresó al amanecer, con olor a tierra y rocío, las patas llenas de lodo por medir a sancadas el terreno donde estaría su casa.
Encontró a gorila pelón frente al horno encendido.
—¿Qué has hecho? —preguntó.
—Un arma —respondió él, sin mirarlo—. Para hacerle frente a los moustros.
El perro bajó las orejas, -es aterrador - dijo.
El fuego se reflejó en el brazo de acero, y la noche transcurrió en silencio.