Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

37.- Los rastreadores.

El barrio de la Media Luna cambió.
Las chimeneas del vertedero exhalaban vapor con ritmo constante, como si el aire mismo respirara trabajo y esperanza. Las calles, antes envueltas en una pátina de abandono, ahora vibraban con el rumor metálico de las máquinas. La fábrica prosperaba: obreros libres, gatos y perros de toda clase, iban y venían con el rostro tiznado y la mirada viva. En la selva de Azabache, Bingo levantaba su casa con paciencia de artesano, entre raíces que olían a tierra nueva.

Incluso el pequeño restaurante donde trabajaba Gato Café comenzó a llenarse de comensales. Su café tenía fama de levantar muertos; su sopa, de curar la tristeza. La gata blanca, radiante, lo visitaba con frecuencia. Él la observaba llegar con esa calma que dan los sueños cumplidos y los amores que no necesitan palabras.

Todo parecía, por fin, en equilibrio. Hasta que el cielo tembló.

Una tarde, sin aviso, una sombra inmensa cubrió el barrio. Los rieles de los tranvías chirriaron, los techos se sacudieron. Un leviatán de tierra, surgido de la niebla de la selva de azabache se abatió sobre la Media Luna con furia ciega. Los gritos llenaron las calles. Las máquinas se apagaron una tras otra, como si el miedo las hubiese despojado de alma.

Gato Café corrió a enfrentarlo. La bruja Serpiente apareció sin haber sido llamada, su cuerpo ondulante cortando la bruma con una elegancia imposible. Gorila Pelón llegó con el brazo armado en hierro bruñido, chispeando fuego a cada golpe. Los tres enfrentaron al monstruo.

El combate fue breve y brutal. La criatura rugía con un sonido antiguo, casi humano. Gato Café saltó sobre su cabeza, hundiendo las garras metálicas hasta el hueso; Gorila Pelón giró su brazo mecánico como una maza incandescente; la bruja, con un gesto, abrió un círculo de fuego que envolvió al leviatán hasta hacerlo caer hacía la selva. El barrio entero tembló con el impacto.

El silencio que siguió fue más profundo que el de una tumba.
Esa noche, la Media Luna los celebró. Pero Gorila Pelón no estaba satisfecho.

En su taller, mientras observaba los restos del leviatán, habló con Bingo y los hermanos Cuervo.
—Esto no volverá a pasar —dijo, con la voz ronca—. No esperaremos otro ataque para reaccionar.
—¿Qué propones? —preguntó Marco, limpiando la sangre seca de sus plumas.
—Un cuerpo que vigile, que rastree, que luche. Una fuerza nacida de aquí, del barrio.
Bingo asintió.
—¿Y quién los entrenará?
Las miradas fueron hacia el mismo punto: hacia Gato Café, que en ese momento bebía en silencio frente al fuego.

-¿qué sacó yo de esto?-, preguntó gato con cierto fatidio, -que quieres-, respondió Gorila Pelón en automático.

Gato se levantó y le pidió a Gorila Pelón que lo siguiera, una vez fuera, donde nadie los escuchaba, le dijo: -dejame entrenarte a ti tambien-, Gorila Pelón lo observó sonriendo.

-soy invulnerable, no necesito saber pelear-, -esa es mi condición, es más por mi, que por ti- acercandose, le narró cómo su maestro había usado una tecnica extraña, poderosa: el Queram.

-No sé si solo humanos pueden usarla, lo he intentado por meses: concentrar mis emociones, todo lo malo para sacar un golpe, pero entre más lo intento, menos puedo lograrlo-, el humano lo observó extrañado: -parece que te intriga demasiado- dijo por fin notando la angustia de su hermano por elección.

-Dejame entrenar a un buen numero de ratreadores pero a ti junto con ellos, necesito saber si alguien más puede aprender el Queram, así ellos tambien confiaran en ti-, el humano lo observo enternecido, era la primera vez que Gato Cafe era tan honesto con el, tan abierto.

Sobra decir que aceptó con gusto.

Así nació el Cuerpo de los Rastreadores.
Fueron pocos al principio: gatos, perros, zorros jóvenes, incluso algunos humanos errantes. Entrenaban bajo la lluvia, bajo el sol, aprendiendo a oler la amenaza antes de verla. Gato Café les enseñó a moverse como el viento, a pelear como si cada golpe fuera una decisión moral, justo como su maestro lo había entrenado.

Gato repartia su tiempo para entrenar a Gorila Pelón en privado, enseñandole lo que sabía del Queram y enfrentandolo constantemente como su maestro hiciera con el, descubriendo que el humano era el único ser que lo igualaba en fuerza y habilidad, por lo menos hasta ese momento.

En el fondo, Gorila Pelón aceptaba esos brutales enfrentamientos por que temía que algún día cualquiera de los dos debiera frenar al otro.

La fábrica del vertedero, el restaurante, el barrio entero… todo comenzó a girar en torno a esa nueva disciplina: la vigilancia, el trabajo, la supervivencia.

La bruja Serpiente nunca los felicitó, pero siempre estaba allí cuando un monstruo cruzaba la frontera.
Aparecía en el borde del campo, inmóvil, observando.
A veces ayudaba; a veces sólo miraba, como si quisiera entender la naturaleza de esos seres que osaban desafiar la niebla. Nunca pedía recompensa. Tampoco ofrecía consejo.

La paz, por un momento, pareció un animal domesticado.

Gato Café y la gata blanca vivían su romance sin sobresaltos. Caminaban juntos al atardecer, entre los cables del tranvía y los vapores del vertedero. Ella le contaba historias de los cachorros de su escuela, él respondía con silencios y sonrisas.
Pero un día, un mensajero del león Herido, señor del barrio, lo esperaba a la salida del restaurante.

—El león desea hablar contigo —dijo con voz solemne—. Es sobre tu compromiso con la hija del Gato de Aguas.

Gato cafe no queria asistir, odiaba a ese león, odiaba esa casa, pero gata blanca le insitió, le pidió asisitir procupada por recibir el permiso del gobernante del barrio de la media luna.

Gato cafe, por amor, se vio arrodillado ante un león y un tigre amarillo que sabia muy bien, eran mucho más debiles que el.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 20.04.2026

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