Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

39.- El empleado favorito.

La noche caía sobre el Barrio de la Media Luna con el rumor constante de la lluvia fina golpeando los techos de hojalata. Desde la distancia, las luces del bar La lata de atún titilaban como luciérnagas enfermas. Dentro, el aire estaba denso de humo, carcajadas y grasa frita. El olor a cerveza derramada y sopa caliente se mezclaba con el perfume metálico del sudor obrero.

Gato Café empujó la puerta sin decir palabra. La campanilla tintineó, y por un momento todos los ojos se giraron hacia él. Su silueta, empapada y silenciosa, contrastaba con el bullicio del lugar. No era frecuente verlo ahí; él, que siempre prefería el orden de la cocina, el fuego controlado, la calma de los cuchillos.

En una mesa del fondo, Gorila Pelón, Bingo y los hermanos Cuervo compartían botellas y risas roncas. El destino —o la burla del azar— quiso que fueran ellos quienes lo vieran entrar.
—¡Eh, miren quién viene! —rió uno de los cuervos.
—El chef del barrio —agregó el otro, golpeando la mesa.
Bingo levantó su jarra en un gesto de bienvenida, y Gorila Pelón, serio como siempre, apenas asintió.

Gato Café se acercó sin una palabra. Tomó una botella del centro de la mesa, la descorchó y bebió. El trago le quemó la garganta, lo hizo toser con fuerza, pero no se detuvo. Los demás lo miraban entre risas y sorpresa.
—¡Así se hace, gato! —exclamó Bingo, dándole una palmada en el hombro.
Solo Marco, el cuervo del medio, lo miró preocupado. Había algo en la forma en que el gato apretaba la botella, algo torcido, ajeno a la costumbre.

—¿Y qué haces aquí, si deberías estar con tu prometida? —preguntó Gorila Pelón con voz ronca, cruzando los brazos.
Gato Café lo miró, con los ojos enrojecidos por el alcohol y la ira contenida.
—Fui —dijo, con una sonrisa triste—. Fui a la casa del León.
Las palabras bastaron para que todos callaran.

Entre trago y trago, relató lo ocurrido: el salón gris, el Tigre Amarillo, la humillación, el anillo de su madre. Cada frase le pesaba más que la anterior. Cuando terminó, el silencio era absoluto.

El dueño del restaurante —el gato morado—, que había estado sirviendo en otra mesa, se acercó despacio.
—¿Entonces no volverás mañana, muchacho? —preguntó con una mezcla de preocupación y ternura.
Gato Café no respondió. Miraba el fondo de la botella como si buscara allí una salida.
—Tómate la semana si lo necesitas —dijo el gato, apoyándole una mano en el hombro—. Vuelve cuando te sientas listo.
El grupo soltó una carcajada, pensando que lo habían reprendido.
—¡Eso te pasa por andar cortejando a las gatas nobles! —gritó Mauro entre risas.

Pero Gorila Pelón no se rió.
Seguía con la mirada clavada en el gato, y su voz, cuando habló, era baja, dura.
—¿Entonces lo harás? —preguntó.
Todos callaron.
—¿Buscarás ese anillo?

Gato Café no dijo nada. Solo asintió.
Ese leve movimiento bastó. El aire cambió.

Bingo golpeó la mesa.
—¡Estás loco! ¡El barrio por fin está en paz, y tú quieres irte a morir quién sabe dónde!
—¡Sin ti, los rastreadores se vienen abajo! —gritó Aldo.
—¡Todo esto lo hicimos juntos! —añadió Gorila Pelón.
Las voces se mezclaron, un coro de frustración y miedo.
Solo Marco permanecía callado, con la cabeza gacha.

Gato Café apretó los puños.
Su voz, cuando estalló, fue un rugido que hizo vibrar las botellas en la mesa.
—¡Yo no pedí nada de esto! —gritó—. ¡No pedí fábricas, ni rastreadores, ni armas, ni glorias! ¡Yo solo quería cocinar!
El silencio se hizo de golpe.
—Quería vivir tranquilo… tener un hogar, un amor… —continuó, su voz quebrándose—. Pero ustedes, todos ustedes, me arrastraron a su mundo. A sus ambiciones, a su guerra.
Los ojos de Gato Café ardían.
—Ahora me miran como si los estuviera traicionando… pero lo único que hice fue ayudarlos.

Nadie se atrevió a responder.
El gato se volvió hacia ellos, con una amargura que dolía más que su furia.
—No es preocupación lo que sienten —dijo—. Es miedo a perder a su empleado favorito.

Tomó otra botella, esta vez llena, y se encaminó hacia la puerta.
—No se molesten en seguirme —añadió, sin volverse—. Ni siquiera ustedes saben lo que me piden.

La campanilla sonó de nuevo cuando salió. La lluvia lo recibió como a un hijo perdido.

Dentro del bar, el silencio pesaba.
Bingo lo miró irse con rabia contenida, los cuervos bajaron las cabezas, y Gorila Pelón permaneció quieto, con el ceño fruncido.
Solo Marco se levantó.
—Voy tras él —murmuró, y nadie lo detuvo.

El joven cuervo cruzó la puerta bajo el aguacero, siguiendo la sombra tambaleante del gato por las calles del barrio, donde las luces se reflejaban en los charcos como fragmentos rotos de luna.
Desde lejos, los ladridos, las risas y el rumor de la lluvia se fueron apagando.
Solo quedaban las huellas húmedas de dos figuras:
un gato que había perdido el rumbo,
y un amigo que no estaba dispuesto a dejarlo caer.



#27249 en Fantasía
#35311 en Otros
#5018 en Aventura

En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 11.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.