Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

40.- Huida.

Marco alcanzó a Gato Café bajo el aguacero.
El felino caminaba sin rumbo fijo, la botella colgando de su mano, los ojos encendidos como brasas.
El cuervo corrió hasta ponerse a su lado.
—Gato… —dijo, con voz baja—. Espera.
El felino ni siquiera lo miró.
—No hay nada que esperar, Marco —respondió—. Ya tomé mi decisión.

El agua corría por sus mejillas, disimulando si eran lágrimas o lluvia.
El barrio dormía entre relámpagos lejanos. Las farolas titilaban, proyectando sombras largas sobre los adoquines.

—Le dirás a Gorila Pelón que los rastreadores quedan en tus manos —continuó Gato Café, con tono seco—. Que él no necesita preocuparse por mí. Dile también que me disculpe… que no supe ser el líder que quería.
Marco lo observó en silencio, empapado hasta las plumas.
—No puedo aceptar eso —susurró.
—Entonces no me sigas —replicó el gato—. Pero si me tienes aprecio, haz lo que te pido.

El cuervo bajó la cabeza. Sabía que discutir con él era inútil.
Así que lo acompañó, sin decir palabra, mientras el gato avanzaba tambaleante hacia la mansión de Gata Blanca.

La lluvia arreciaba cuando llegaron. La mansión se erguía entre sombras, sus columnas grises como huesos. El portón de hierro estaba cerrado, y tras él, las luces aún encendidas.
Antes de que pudieran tocar, una figura los esperaba bajo el umbral: la Bruja Serpiente.

Su presencia partía el aire. La capa negra, adherida al cuerpo por la humedad, brillaba bajo la tormenta.
—¿Ya decidiste, Gato Café? —preguntó con una voz que parecía surgir de todas partes.

Marco dio un paso adelante.
—No es momento para preguntarle eso —dijo con firmeza—. Está ebrio y confundido.
La bruja lo miró, y el cuervo sintió que el corazón se le helaba. Sus ojos, verdes y fríos como los de una criatura marina, lo atravesaron.
—Tú no decides cuándo es momento —susurró ella.

Gato Café respiró hondo.
—No te preocupes, Marco —dijo, sin apartar la mirada de la bruja—. Yo puedo responderle.

Su voz era serena, pero rota.
—Voy a pedirle a Gata Blanca que venga conmigo. Que me acompañe a recuperar el anillo de mi madre.

La Bruja Serpiente inclinó la cabeza, y una sonrisa deformada se dibujó en su rostro. Luego estalló en una carcajada que se confundió con el estruendo del trueno.
—¿Llevarla contigo? —dijo entre risas—. ¿A dónde, gato? ¿A las ruinas del mundo? ¿A morir en la selva o en el mar de las arenas?
Gato Café no respondió.
—¿Y luego qué? —prosiguió ella, acercándose—. ¿Harás que los gatos la repudien? ¿Que su padre la desherede? ¿Que sus hijos sean condenados a vivir entre el fango y el desprecio?
Cada palabra caía como un golpe.

Marco dio un paso al frente.
—Eso no te corresponde —dijo con valentía—. Esa decisión es de ellos, no tuya.

La bruja lo miró con un destello de respeto, pero no cedió.
El viento aulló entre las columnas. Gato Café cerró los ojos. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un murmullo.
—No, Marco… ella tiene razón.

La bruja sonrió con un gesto ambiguo, mitad tristeza, mitad triunfo.
—Por fin entiendes, Gato.

El gato se dio media vuelta.
—Dile que la amo —murmuró—. Pero no puedo arrastrarla a mi condena.
Comenzó a caminar, tambaleante, alejándose de la mansión. Marco corrió tras él.
—¡Gato, espera! —gritó—. ¡No puedes irte así!, ¡esto no es valeroso, estás huyendo!

Gato Café no se detuvo.
—Ocupense de los rastreadores. Ayuda a Gorila Pelón. Cuida del barrio —dijo, sin mirar atrás—. Y dile a Gata Blanca… que voy a volver.

El camino los llevó hasta el borde del acantilado del Mar de Sal.
La tormenta era brutal. El cielo parecía partirse con cada relámpago. Abajo, el oleaje rompía contra las rocas, levantando espuma que se confundía con la lluvia.

La bruja los alcanzó en silencio.
El gato se detuvo justo en el límite, donde la tierra se deshacía en fango.
La pulsera que había sido de su padre le dio un fuerte jalon hacia el oeste, la bruja solo asintió cuando gato la volteó a ver.

Se giró hacia ellos.
Marco lo miraba con los ojos llenos de impotencia.
—Gato, todos te veran como un cobarde —dijo.
—Nunca me ha importado eso y tampoco debería importarte a ti, bruja -dijo quitandose el sombrero-, daselo a gorila pelón.

Y sin decir más, comenzó a caminar.
Sus pasos se hundían en el barro. La lluvia lo envolvía como una manta oscura.
Marco intentó seguirlo, pero la bruja lo detuvo con un gesto.
—¿crees sobrevivir a lo que se va a enfrentar? —dijo—.

Gato Café avanzó hasta que su figura se volvió apenas una sombra entre la niebla.
El viento arrastró su silueta hacia el oeste, y luego, nada.

Solo quedaron el cuervo y la bruja, bajo la tormenta, observando el vacío.
—¿Crees que volverá? —preguntó Marco.
La bruja, mirando al horizonte, no respondió, se dio la vuelta dejando a Marco solo, quien se seguia preguntando si gato volveria.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 11.05.2026

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