Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

41.- El duende.

El sol duele cuando uno no ha dormido.
Le quema a uno la piel, los ojos, las tripas. Gato Café avanzó tambaleante por la arena húmeda, con el sabor agrio del alcohol aún pegado en la lengua. La noche se había disuelto sin aviso, y con ella la neblina de la resaca le hundía los pensamientos en una especie de sopor salado. Caminaba porque la pulsera tiraba de su muñeca como una criatura viva; una pequeña serpiente que lo guiaba con terquedad hacia el oeste. No sabía por qué la seguía, pero sentía que si se detenía, moriría.

El mar de sal se extendía a su izquierda como un espejo roto, y el viento seco le mordía los bigotes. No llevaba agua ni comida, sólo unas monedas y las garras de acero colgando del cinturón. Desde que las había encontrado en la selva de azabache, lo acompañaban, más fieles que cualquier amigo, dentro de ellas, guardaba la carta que encontrara junto a las garras.

Después de horas de caminar sin rumbo, divisó a lo lejos una mansión de madera blanca. Resplandecía bajo el sol de la mañana, con las ventanas abiertas y un jardín descuidado que parecía dormir. La visión le pareció casi un espejismo, pero el hambre y la sed lo empujaron hacia allá. Quizá pudiera conseguir un vaso de agua. Un trozo de pan. Un respiro.

—Eso no es tuyo.

La voz vino desde abajo.
Gato se detuvo y miró hacia el suelo. Entre los matorrales, un hombrecillo verde, no mayor que una alimaña, lo observaba con los brazos cruzados. Sus ojos brillaban con malicia húmeda.

—¿Qué cosa? —preguntó Gato, confundido.

El ser señaló las garras de acero que colgaban de su cintura.

—Eso. No te pertenece.

—Las encontré —gruñó Gato, cansado—. Y eres nadie para que me reproches nada.

El hombrecillo rió, y en un parpadeo su cuerpo comenzó a hincharse. Los huesos crujieron como ramas secas. En cuestión de segundos, el ser verde se elevó sobre él, alcanzando los ocho metros de altura. Su piel exudaba un brillo aceitoso, y su aliento olía a tierra podrida.

—No deberías llevar lo que no comprendes —rugió la criatura, y con una sola mano golpeó a Gato, lanzándolo por los aires.

Gato cayó en la playa, revolcándose entre la arena y el dolor. Por un instante quiso quedarse ahí, rendido. Pero una sonrisa se le escapó. Hacía tiempo que no tenía un buen motivo para pelear.

Se colocó las garras con un chasquido metálico.
El mundo se le aclaró.

Corrió hacia el gigante, veloz, casi invisible. El aire se encendió con el roce de las hojas y el rugido del mar. Cada movimiento era una llamarada. Golpeó, cortó, esquivó. El ser verde reía y cambiaba de tamaño: ahora un niño, luego un monstruo. Era como pelear contra un sueño.

El jardín de la mansión se convirtió en un campo de batalla. Las flores ardían, las estatuas se quebraban, y la madera blanca del porche se tiñó de sangre y savia. Gato Café se movía con furia sagrada, impulsado por una mezcla de resaca y fuego antiguo.

Pero el duende —porque eso era— aprovechó un tropiezo.
Su uña creció hasta volverse una lanza que atravesó el hombro del felino.
Gato gritó, no de dolor, sino de furia.

El duende arrancó las garras de sus manos y, creciendo hasta los doce metros, lo arrojó nuevamente a la playa.

—No eres digno —dijo la criatura, con voz que hizo temblar el aire—. No eres nadie.

El mar rugió detrás de ellos. Gato, tendido, jadeaba. Podía oler su propia sangre, sentir el sabor metálico subirle a la boca. Pero había algo más: una chispa, una vieja sombra que no le pertenecía. La sentía moverse bajo su piel, el fuego que había tratado de olvidar.

Cuando abrió los ojos, la arena tembló.

Se levantó tambaleante, con la mirada encendida, y corrió hacia el monstruo. Una llamarada salió de su pecho, otra de sus manos. El aire se dobló, el tiempo pareció fracturarse. El duende gritó, intentando hacerse diminuto, pero el fuego lo perseguía incluso entre los granos de arena. Gato rugió, furioso, y en un último salto se preparó para matarlo.

Y entonces, el mundo se volvió agua.

Una burbuja lo envolvió de pronto, transparente y sólida. Intentó romperla con las garras, pero era inútil. El aire dentro comenzó a llenarse de agua. Tragó una bocanada y sintió cómo sus pulmones ardían.

Frente a él apareció una silueta.
Una joven, no mayor de dieciocho años, con el cabello negro y los ojos completamente oscuros. No había blanco, ni brillo, sólo vacío.

—Si no respondes mis preguntas —dijo con voz tranquila—, te mataré.

Gato intentó asentir, pero ya casi no podía respirar. Ella movió la mano, y la burbuja estalló. El felino cayó de rodillas, tosiendo, escupiendo agua salada.

La joven lo observó en silencio.
A su lado, el duende volvía a su tamaño pequeño, con las orejas caídas y el rostro cubierto de rasguños.

—Repara el jardín —dijo ella, sin mirarlo—. Los dos.

—Sí, señorita… —respondió el duende, cabizbajo.

Gato la miró alejarse hacia la casa. No supo si era humana, diosa o demonio. Había algo en su voz que le recordó a la bruja serpiente, pero más joven, más peligrosa.
El felino se quedó allí, empapado, mirando el horizonte que hervía de luz. La pulsera seguía tirando, suave, como si le dijera: aún no terminas.

Gato Café sintió miedo.
No del duende, ni de la muchacha, sino de sí mismo.
De lo que había dejado salir.

El duende, sin levantar la vista, comenzó a recoger las flores rotas.
—La señorita te matará —murmuró—. Maldito ladrón.

Gato no respondió. Sus manos temblaban, aún calientes. Pensó en la casa de la Gata Blanca, en Marco, en el acantilado. Pensó en todo lo que había dejado atrás, y en lo que acababa de despertar.

El viento sopló con olor a madera mojada.
El mar se agitó como una criatura viva.

Y en el fondo, bajo el ruido de las olas, juraría haber oído una voz femenina, suave, susurrando su nombre.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 01.06.2026

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