El agua tenía un sabor extraño, como a flores marchitas.
Gato Café bebía despacio, observando cada movimiento del duende que, con una sonrisa torcida, le servía pan duro y un cuenco de sopa tibia. Había intentado escapar varias veces desde el amanecer: una vez por el jardín, otra hacia la playa, incluso trepando la valla que rodeaba la mansión. En todos los intentos había chocado contra una barrera invisible, suave al tacto pero imposible de atravesar. Era la misma textura fría y densa que había sentido cuando la burbuja lo ahogaba.
Ya no se engañaba. No podía irse.
Y aunque pudiera, no lo haría sin recuperar las garras de acero.
El duende se sentó frente a él, masticando algo que parecía una hoja.
—Deberías agradecer que no te haya matado —dijo con aire de superioridad—. A otros los habría disuelto en el agua como sal.
Gato Café no respondió. Masticaba en silencio, los ojos fijos en el cuenco, fingiendo que escuchaba el murmullo del viento. El duende continuó:
—Eres un animal curioso… no humano, no bestia, te robaste las garras del héroe de bronce.
El felino levantó la mirada, con los ojos entrecerrados.
—Hablas mucho.
—Y tú muy poco —replicó el duende, divertido—. No te culpo. A veces, cuando la muerte nos roza, nos deja mudos un rato.
Gato sintió cómo se le tensaban los músculos. No atacó, aunque las garras ausentes le pesaban en la memoria. Si aquel ser lo provocaba era porque buscaba eso: otro estallido, otro pretexto para castigarlo. Así que siguió comiendo, rumiando la furia junto con el pan.
El aire cambió.
Un silencio denso cayó sobre el jardín, y el duende se enderezó. La joven salía de la mansión, descalza, con una túnica de lino que parecía moverse por cuenta propia. Llevaba en la mano un papel húmedo, amarillento, que Gato reconoció al instante. La carta.
—¿Dónde la encontraste? —preguntó ella, sin preámbulo.
Su voz era baja, pero cargada de electricidad.
Gato no respondió; el duende bajó la cabeza, como si supiera lo que venía.
—Te hice una pregunta —dijo la joven, acercándose—. ¿Dónde encontraste esto?
—En la selva de Azabache —respondió Gato al fin—. Dentro de una forja.
—¿Y los que la escribieron?
Gato respiró hondo.
—Estaban muertos. Los enterré frente a su casa.
Los ojos de la muchacha se abrieron, cambiando de color: primero gris, luego verde, luego dorado. Un arcoíris líquido se agitó en sus pupilas hasta que se detuvieron en un tono morado profundo. Su rostro se contrajo de rabia.
El aire se volvió pesado, y antes de que Gato pudiera moverse, el agua lo envolvió.
Otra burbuja. Otra prisión.
Dentro de ella, el sonido del mundo se volvió un zumbido lejano.
Podía verlos, pero no oírlos, salvo cuando la joven hablaba.
—No mientas —ordenó.
Gato intentó responder, pero su voz no salía.
Ella movió la mano, y de pronto el agua vibró.
—Habla sólo cuando yo te lo permita. ¿Los mataste tú?
—No —dijo, con dificultad.
—¿Los viste morir?
—Ya estaban muertos cuando llegué.
—¡Mientes! —gritó ella, y la esfera se contrajo un poco, aplastándole las costillas.
El agua se filtraba por su nariz, su boca, sus oídos. Le ardían los ojos.
Podía ver cómo el duende observaba desde el borde del jardín, inquieto, sin intervenir.
—No miento —logró decir—. Los enterré. Eso es todo.
La joven lo miró con una mezcla de furia y dolor. Las gotas suspendidas a su alrededor temblaban, como si compartieran su rabia.
—Eran mis padres —susurró al fin—.
Gato sintió un nudo en el pecho, no por la presión del agua, sino por el peso de aquellas palabras. La esfera volvió a hacerse más pequeña.
—Nadie tiene derecho —continuó ella, al borde del llanto—. Nadie tiene derecho a quitarle sus padres a otro.
El felino apretó los dientes, jadeando bajo el agua.
—Yo… nunca conocí a los míos —respondió, con voz rota—. Ni siquiera tengo nombre.
Hubo un silencio largo.
El agua dejó de moverse.
La joven lo observó, con el rostro desencajado. Los colores de sus ojos se apagaron hasta quedar negros otra vez.
El duende se adelantó, levantando la mano.
—Señorita… parece decir la verdad. —Su tono era suave, calculado—. Si lo mata, sólo ensuciará su memoria, no la limpiará.
Ella respiró hondo.
El agua comenzó a desvanecerse, hasta que Gato cayó de rodillas, tosiendo y escupiendo. La arena del jardín se mezclaba con el agua de su pelaje. No podía moverse.
—No te irás de aquí —dijo ella al fin, con una calma helada—. No hasta que demuestres que eres digno de confianza.
—No quiero tu confianza —susurró él.
—Entonces nunca volverás a ver el sol más allá de este jardín.
Gato levantó la vista.
La ninfa se había dado media vuelta. Su sombra se alargaba como una raíz líquida sobre el césped.
—¿Quién eres? —alcanzó a preguntar.
Ella se detuvo un instante antes de entrar a la casa.
—Soy la ninfa de la tortuga de jade.
El duende bajó la cabeza, murmurando algo en una lengua que Gato no entendió. La puerta se cerró detrás de ella con un sonido leve, y el jardín quedó sumido en un silencio irreal.
El felino se arrastró hasta una roca y se dejó caer, respirando con dificultad.
El duende lo observaba, curioso, con una mezcla de desprecio y compasión.
—Eres terco —dijo al fin—. Pero eso podría salvarte. O condenarte.
Gato no respondió. Aún sentía el peso del agua en los pulmones.
El cielo se oscureció, y el sonido del mar pareció venir de muy lejos.
Gato Café cerró los ojos.
El sabor a sal no se iba, y la pulsera en su muñeca seguía tirando, débilmente, como si aún insistiera en mostrarle un camino.
Pero el único camino que veía ahora estaba dentro de esa mansión