Cuando Gato Café cruzó el umbral de la mansión, el aire cambió.
No era simplemente más frío; era más antiguo, como si dentro de esas paredes la edad tuviera un peso y una textura.
El duende lo esperaba al otro lado, sosteniendo una lámpara de aceite.
—Bienvenido al interior de la casa de la tortuga de jade —dijo con su tono cantarín y cínico—. Soy su mayordomo, aunque hace siglos que nadie me llama por mi nombre.
El pasillo parecía interminable. Las paredes, cubiertas de retratos cuyos ojos seguían cada movimiento, olían a cera y humedad. El suelo estaba pulido, pero había un eco sordo en cada paso, como si el sonido se perdiera en otra dimensión.
Gato avanzó con calma. Había estado en mansiones encantadas antes, y reconocía el hechizo: más grande por dentro que por fuera, una ilusión espacial común en fronteras, donde la realidad se retorcía sobre sí misma.
Aun así, el tamaño lo inquietó.
Las escaleras se bifurcaban como ramas, y los techos se perdían entre columnas con relieves de animales muertos.
El duende caminaba delante, con un paso breve y ligero.
—Las armaduras fueron de los guardianes de la tortuga de jade —explicó al notar la mirada del felino—. Cada una fue usada por un guerrero que cayó defendiendo a los señores de la Tortuga de Jade.
El salón estaba lleno de esas figuras: armaduras negras, vacías, erguidas como centinelas. Algunas tenían marcas de óxido, otras parecían recién forjadas. Gato las observó con una mezcla de respeto y recelo.
—Parece que murieron muchos —murmuró.
—Murieron todos o se fueron —respondió el duende, sin girarse.
Llegaron al comedor principal. Era una sala vasta, llena de cuadros con colores gastados: retratos de criaturas híbridas, hombres sin rostro, mujeres con alas rotas. En el centro, una mesa alargada y brillante sostenía una hilera de platos cubiertos por campanas de plata. En la cabecera, la ninfa estaba sentada, inmóvil, con los ojos fijos en el gato.
Gato se detuvo a dos pasos de la mesa. Ella no dijo nada al principio.
El duende corrió una silla con un gesto burlón.
—Siéntate, huésped. A nuestra señora no le gusta cenar sola.
Gato obedeció sin quitar la vista de la ninfa. Los colores de sus ojos cambiaban lentamente, como si un cielo se reflejara dentro de ellos: azul, verde, violeta, ámbar… Cada tono parecía acompañar un pensamiento.
—Las garras que llevas —dijo por fin la ninfa, en voz baja— no te pertenecen.
Gato se encogió de hombros.
—Las encontré. Nadie las reclamó.
—Fueron forjadas por mis padres —continuó ella, ignorando su tono—. Eran artesanos de las antiguas aguas. Las hicieron para el Héroe de Bronce, aquel que las profecías de mi familia han esperado durante siglos.
Gato arqueó una ceja.
—Pues el héroe tardó mucho en venir. Y si las quiere, puede quedárselas. Ya he matado monstruos con mis propias manos.
El duende contuvo una carcajada, pero se cubrió la boca.
La ninfa no respondió de inmediato. Sus ojos se tornaron ámbar, un color cálido pero inquietante.
Fue entonces cuando la pulsera del padre de Gato se iluminó débilmente, jalándole la muñeca hacia el oeste, con la misma fuerza inquieta que había sentido antes. La ninfa lo notó.
Extendió la mano y tomó su muñeca, sin pedir permiso.
—Esto… —murmuró— no es obra de las brujas de tu tiempo. Es magia muy antigua.
Gato intentó retirar la mano, pero la presión de la ninfa era firme, casi maternal.
Ella cerró los ojos un instante, como escuchando algo. Luego los abrió: un resplandor dorado los cruzó fugazmente.
—Hay un nombre escondido en este hilo —dijo en voz baja—. pero... no creo que debas conocerlo ahora.
El duende entró en ese momento con una bandeja.
—La cena está servida.
—No cenaré esta noche —respondió la ninfa, apartándose de la mesa.
Sus movimientos eran lentos, casi líquidos. Antes de irse, señaló al duende con un gesto.
—Hazle hablar. Quiero saber qué clase de criatura arrastra esa magia en el cuerpo.
Sin decir más, desapareció entre las columnas del pasillo.
El sonido de sus pasos se apagó como si la casa los tragara.
El duende soltó un suspiro exagerado y se subió a una silla frente al gato.
—Pues ya lo oíste, forastero. Cuéntame tu historia. Y no intentes mentirme: los muros escuchan.
Gato comenzó a comer. No por cortesía, sino porque el hambre le arañaba el estómago. La comida estaba fría, pero era abundante: carne, pan, vino oscuro.
El duende lo observaba con atención, haciendo preguntas entre sorbos de vino.
—¿De dónde vienes? ¿Por qué caminas solo? ¿Qué hiciste para ganarte esas cicatrices?
Gato respondió sin adornos. Le habló del Barrio de la Media Luna, de Gorila Pelón, de Bingo, de los Rastreadores, de la Fábrica del Vertedero. Le habló del mar de sal, del anillo perdido, de su deseo de casarse con Gata Blanca. El duende se reía al principio, creyendo que exageraba. Pero a medida que Gato hablaba, su sonrisa se desdibujó.
—¿Y todo eso es cierto? —preguntó al final, incrédulo.
—Sí —dijo el gato, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. No tengo razones para inventar nada.
El duende entrecerró los ojos, apoyando la barbilla en una mano.
—Entonces dime algo, viajero… —dijo con voz lenta—. ¿Cuándo escuchan los habitantes de ese barrio a Madre Luna?
Gato se detuvo, confundido.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Responde.
—Pues… todos los días.
—¿Todos?
—Sí. —Gato lo miró, extrañado—. Ella me hablaba cada noche. A veces en sueños, a veces cuando el mar está quieto. Yo la escuchaba diario, me respondía siempre. ¿Acaso eso no es normal?