Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

44.- Agua.

Gato Café despertó en medio de un silencio tibio. A su alrededor, la mansión dormía bajo una penumbra azulada, como si el aire estuviera lleno de agua y los muros respiraran. No supo cuánto tiempo había dormido, pero el cuerpo le pesaba como si hubiera pasado años tendido sobre aquel lecho de seda fría.

Fue entonces cuando escuchó la voz.
No venía de ningún lugar concreto: brotaba del aire, del suelo, de las paredes mismas. Una voz femenina, suave y profunda como el fondo del mar, que lo envolvía con ternura y dolor.

—Hubo una vez una isla de jade —susurró la voz—, en medio del mar de sal. Allí vivían las ninfas y los elfos, artistas y soñadores, tejedores de música y luz. No conocían la guerra ni la codicia. Solo el arte, la familia y el amor eran su ley.

El felino se incorporó, con la vista fija en el techo translúcido que ahora ondulaba como una superficie líquida. Las lámparas flotaban, como medusas lentas.

—Pero un día —continuó la voz—, desde el horizonte llegó la oscuridad. No una sombra física, sino un veneno del alma: la avaricia. El deseo de poseer lo que no podía compartirse. Los corazones se ennegrecieron, los artistas se volvieron verdugos, y la isla de jade se quebró en pedazos.

El aire se volvió más pesado. En las paredes comenzaron a formarse imágenes: figuras de ninfas doradas que se arrancaban los ojos entre sí; elfos que incendiaban los bosques de cristal donde antes habían danzado.

—Los pocos que resistieron la enfermedad construyeron un barco con lo que quedaba de su mundo —dijo la voz—. Entre ellos, los padres de la ninfa de la tortuga de jade. Navegaron hacia el norte, siguiendo las estrellas que lloraban por ellos.

Gato Café sintió la humedad subir por sus patas. El suelo se volvía líquido, y con cada palabra el agua le llegaba más arriba.

—Llegaron a las costas de las Fronteras —siguió la voz—. Allí erigieron una mansión con la madera del barco, para recordar su isla perdida. Pero el tiempo y la soledad corroen incluso a los corazones más puros. Los que habían sobrevivido a la oscuridad comenzaron a desaparecer: unos se internaron en la selva, otros se mezclaron con los hombres y las bestias… y algunos simplemente se disolvieron en el aire.

Gato Café ya no respiraba con calma. El agua le alcanzaba el pecho, y la voz se volvió más cercana, más dolida.

—Los padres de la ninfa fueron los últimos. Cuando notaron que la enfermedad regresaba, partieron hacia el barrio de la media luna… buscando al héroe de bronce que las profecías anunciaban.

Las paredes de la habitación se abrieron en un movimiento líquido, mostrando una escena que no parecía un sueño, sino una memoria viva. Una niña de ojos negros, la ninfa, abrazaba a sus padres frente a la puerta de la mansión. El duende, más joven, la tomaba de la mano. Ella lloraba, pero no emitía sonido alguno.

—Ellos nunca volvieron —dijo la voz, quebrándose—. Y ella aprendió a esperar… mientras su mirada se llenaba de noche.

De pronto, el felino comprendió. La voz no venía de la ninfa.
Venía de la casa.

El barco convertido en hogar le hablaba. La madera de la antigua isla de jade conservaba memoria, conciencia… y dolor.

Gato Café intentó moverse, pero su cuerpo se hundía en la materia líquida del sueño. Sentía el peso del agua invadiendo sus pulmones, la presión del silencio. Quiso pedir ayuda, pero solo burbujas salieron de su boca.

Antes de perder la conciencia, una última imagen se grabó en su mente: los ojos de la niña-ninfa, tornándose completamente negros mientras el mar la devoraba por dentro.

Despertó ahogándose.
El aire se había vuelto espeso, y el cuarto entero ondulaba como un océano contenido.
La habitación era agua.
Todo era agua.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 22.06.2026

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