El aire se volvió pesado, imposible de respirar. Gato Café despertó entre remolinos de agua que giraban dentro de la habitación como si un océano entero hubiera nacido allí.
Tosiendo, luchando por no hundirse, nadó con torpeza hacia la ventana más cercana. La presión le cortaba los músculos, pero logró golpear el vidrio con una de sus patas. El cristal estalló en mil fragmentos.
El agua, sin embargo, no salió.
Solo un remolino luminoso se abrió paso, girando sobre sí mismo, como si la mansión misma contuviera su propio mar.
Gato Café, jadeante, pasó entre los vidrios rotos. Se hirió los brazos y los flancos, pero nada que la furia no pudiera sostener. Cuando emergió al otro lado, descubrió que la ventana ahora miraba hacia arriba, como si el mundo se hubiera volteado.
La mansión cambiaba ante sus ojos: las paredes se curvaban, el suelo se disolvía y el cielo se inclinaba, todo líquido, todo vivo.
Corrió.
Corrió sin rumbo, siguiendo la única ventana que brillaba con luz firme: la única parte del edificio que parecía solida.
El felino se lanzó hacia ella y, con un salto desesperado, la atravesó. Cayó dentro de una habitación que no era de agua, parecia hecha de sombras.
Allí, la ninfa de la tortuga de jade flotaba suspendida en el aire, atrapada dentro de una esfera negra y líquida, de la que solo se veían sus ojos completamente blancos. Los gritos que llenaban el cuarto no venían de su boca, sino de las paredes, clamando entre sollozos:
“¿Por qué nos dejaste? ¿Por qué no volviste?”
Gato Café no pensó.
Corrió hacia ella, hundiendo los brazos en aquella prisión de sombra. El contacto fue helado, como tocar un río congelado. Con esfuerzo, la sacó y la cargó sobre la espalda. Ella, aún inconsciente, se aferró a su cuello con un gesto instintivo, casi infantil.
El gato salió de la habitación y corrió por la escalera de caracol, que parecía hecha de agua solidificada.
A mitad del trayecto, el líquido se endureció bajo sus patas y la escalera se volvió piedra, como si el mundo quisiera retenerlos.
Entonces escuchó los pasos.
Golpes metálicos, acompasados, antiguos.
Desde la parte superior comenzaron a descender las armaduras negras del salón, moviéndose por su cuenta, armadas con lanzas, espadas, mazas. Los cascos vacíos reflejaban la luz de los relámpagos que cruzaban la mansión, y aunque no tenían rostro, Gato Café sintió que lo miraban con odio.
El primer golpe casi le abre el pecho. Saltó hacia atrás, esquivando una lanza, arrancando un casco de un zarpazo.
Pero no tenía sus garras de acero.
Peleaba con las patas desnudas, recibiendo cortes, sangrando.
Una tras otra, las armaduras caían y se recomponían, reanimadas por una fuerza invisible.
Cada vez que una caía, otra nacía de los fragmentos.
Cada vez que retrocedía, la herida en su hombro ardía más.
El felino jadeaba.
Entonces, entre el ruido del metal y la respiración rota, escuchó una voz dentro de su cabeza:
—Los leones no se rinden.
Esa voz ronca, antigua, lo atravesó como un trueno.
Cayó de rodillas, con la ninfa aún dormida sobre su espalda. Las armaduras se acercaban. Una lanza brilló frente a sus ojos.
Y entonces rugió.
No un maullido.
No un grito.
Un rugido de león.
El sonido sacudió toda la mansión. Las paredes vibraron, el aire se abrió como una ola. Las armaduras se desarmaron al instante, hechas polvo y eco, cayendo por la escalera como un río de metal roto.
El silencio que siguió fue absoluto.
La ninfa despertó, con los ojos aún pálidos, mirando al gato semiinconsciente tendido en el rincón de la escalera. Lo tomó del brazo, arrastrándolo hasta un recoveco donde la piedra aún se mantenía firme.
Se inclinó sobre él.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó, su voz temblando entre la furia y el desconcierto—. Pude haberte matado mil veces… y tú…
Gato Café, con una media sonrisa, cerró los ojos.
—Porque es lo correcto —susurró—. Todos necesitamos ayuda de vez en cuando.
Déjame quedarme en ese sueño donde puedo rugir como león, ninfa.
Déjame descansar en mi pequeño rincón del mundo.
Ella lo miró largo rato, sintiendo el calor del cuerpo del felino, el olor a hierro y sal.
Y, sin decir nada, lo abrazó.
Porque comprendió que ese rincón del mundo…
también le pertenecía a ella.