Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

46.- Destino.

El amanecer llegó con un silencio limpio, como si la mansión hubiera decidido dormir por primera vez en siglos.
Gato Café despertó en una habitación seca, recostado sobre un lecho improvisado junto al fuego. El duende lo observaba desde un rincón, con su expresión habitual de cansancio y escepticismo.

—La casa obedece a su dueña —le explicó mientras le alcanzaba una taza con infusión amarga—. Si ella duerme, la casa sueña. Si tiene miedo… la casa ataca. Lo de anoche fue su voluntad, aunque no lo recuerde.

El felino no respondió.
Miró sus patas vendadas, el reflejo del fuego en las paredes húmedas, y comprendió que aquella mansión era más que piedra o magia: era una extensión viva de la ninfa.

El duende continuó:
—Yo no duermo aquí. Por eso no pude ayudarte. La casa no me acepta cuando la dueña descansa.
—Y sin embargo sigues aquí —replicó el gato con calma.
—Porque tengo un juramento —respondió el duende con dureza—. Y porque alguien debe recordarle quién es.

Los días pasaron con la quietud engañosa de un refugio.
Gato Café comenzó a entrenar en los bosques que rodeaban la mansión: practicaba con ramas, con piedras, con el peso del aire. A veces, bajo el sol del mediodía, la ninfa lo observaba desde el balcón, sus ojos cambiando de color según la emoción que la atravesaba.

El duende, a su lado, guardaba silencio.
Hasta que una tarde, mientras el horizonte del mar de sal ardía con reflejos anaranjados, habló:

—Sabe que debe irse.
La ninfa no apartó la mirada del felino.

El duende respiró hondo.
—Si es el héroe de bronce, su destino está lejos de aquí. Las leyendas dicen que deberá sufrir muchas pérdidas antes de merecer su manto.
—¿Y no te parece cruel? —preguntó ella, con voz tenue—. ¿Acaso el destino se gana solo con dolor?

El duende la miró con severidad.
—Eso no nos incumbe.

Entonces lo notó: los ojos de la ninfa, antes cambiantes, se habían vuelto de un rosa tenue.
El duende apartó la vista, furioso. Comprendió lo que significaba ese color.

Abajo, Gato Café había dejado de entrenar. Con un salto ágil, subió al balcón donde ellos estaban. El viento traía el olor del mar de sal y el murmullo del bosque.
— ¿que hay de comer? —dijo el felino, sin rodeos.

La ninfa respiró hondo, conteniendo algo que ni ella misma entendía.
—Han pasado varios meses, Gato Café. Te obligué a quedarte… ahora te ordeno que te vayas.

El duende parpadeó, sorprendido.
Ella avanzó un paso y le tendió un pequeño cofre de madera. Dentro, envueltas en un paño de seda verde, brillaban las garras de acero.
—Son tuyas. Las mereces.

El gato las tomó con respeto, aún sin entender el peso del pasado y del destino.
—Gracias —dijo simplemente.

—Prométeme algo —pidió ella, evitando mirarlo directamente—.
—¿Qué cosa?
—Que, cuando regreses, volverás a visitarme.

Gato Café la observó un instante.
—No. —Su respuesta fue seca.

El silencio cayó como un golpe.
Pero al verla bajar la cabeza, el felino sonrió.
—Es broma, claro que si. —añadió con una chispa traviesa en los ojos—. Aunque… deberían aprender a atender mejor a sus visitas.

La ninfa lo miró, y por primera vez, su risa fue humana, limpia, sin magia.
Gato Café le devolvió la sonrisa, se ajustó las garras al cinturón y, con un salto ágil, desapareció entre los árboles, rumbo al oeste.

El duende lo siguió con la mirada hasta que la figura del gato se perdió en la bruma.
—No lo merece —murmuró, apretando los puños—. No merece sus lágrimas ni sus ojos rosas.

La ninfa no respondió. Caminó hasta una puerta al final del corredor y la abrió. La mansión entera suspiró con ella.

El duende quedó solo en el balcón, mirando el mar de sal.
Sabía que la ninfa sufriría por aquel felino imprudente, la niña que el amaba como a una hija.
Y, aunque jamás lo admitiría, deseó en silencio que el mar de las arenas lo tragara entero… para que ella olvidara cómo amarlo.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 22.06.2026

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