Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

47.- El umbral del mar de las arenas.

Gato Café caminaba sin mirar atrás. No quería pensar en lo que había dejado, pero no pensar en algo, lo sabía bien, era una forma más de seguir pensándolo. El barrio de la Media Luna, la promesa rota a Gata Blanca, las palabras de la Ninfa y el Duende hablando del “héroe de bronce”… todo eso latía detrás de sus ojos, como una melodía persistente que no sabía callar.

«No soy un héroe», se decía. «Apenas sé quién soy».

El viento del norte arrastraba granos finos de arena que golpeaban su pelaje con el mismo ritmo con que su corazón vacilaba entre la rabia y el miedo. Durante el camino, evitó recordar los días en la mansión, el brillo de los ojos rosados de la Ninfa, o el modo en que su rugido había derrumbado las armaduras negras. Todo eso parecía ahora un sueño imposible, algo que le hubiera ocurrido a otro.

En más de una ocasión, pensó en dar la vuelta. En regresar con su maestro Danyel, sentarse junto al fuego y escuchar su voz serena, que siempre encontraba un modo de convertir las dudas en lecciones. Pero sabía cuál sería el consejo del maestro: que volviera, que dejara de buscar, que cosntruyera su propio destino.

Se convenció de que todo lo que hacía —cruzar desiertos, luchar, sobrevivir— era para cumplir los deseos ajenos. ¿Qué importaba tener un nombre, si ese nombre solo servía para que otros lo llamaran cuando necesitaban algo?

Cerró los ojos. Por un momento imaginó a Gata Blanca. La vio sonriendo, esperándolo como siempre, paciente, confiada. “Mientras esté conmigo —se dijo—, no importa dónde viva”. Pero incluso esa certeza se sintió vacía.

Intentó distraerse pensando en cosas simples: su edad, sus cumpleaños nunca celebrados, los inviernos en que no tuvo a nadie que lo abrigara. Veinte años… y ni una vela, ni una voz que le dijera “feliz vida”. Solo ahora comprendía cuánto deseaba haber pertenecido a alguien, no como un deber, sino como un derecho.

Entonces escuchó una voz dentro de su cabeza. No era la ronca e instintiva que lo había hecho rugir en la mansión, sino otra, más vieja, más cansada:
—Solo buscas el anillo porque eso esperan de ti —le dijo aquella voz—. Pero cuando lo tengas, ¿qué harás?

-no lo sé- respondió, -pero, merezco saber, quiero saber, si por lo menos ellos, mis padres, me amaron.

Siguió caminando hasta que el horizonte se abrió como una grieta dorada ante sus ojos. Frente a él, el mar de las arenas se extendía hasta donde el cielo se deshacía en calor y espejismos.

El aire vibraba con una música profunda, como si las montañas mismas respiraran. Entre sus pliegues, el paso de la Bestia de Metal dormía, esperando a quien se atreviera a cruzar.

El felino exhaló despacio. No había vuelta atrás. Dio un paso adelante y sintió la arena ceder bajo sus patas, tibia, viva, como si el mundo lo tragara con suavidad.

Aquel primer paso fue su decisión. No hacia un destino, sino hacia sí mismo.

Y el desierto, al recibirlo, pareció abrir un silencio nuevo.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 13.07.2026

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