Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

48.- Barco del desierto.

El mar de las arenas no perdonaba a los ingenuos. Gato Café lo comprendió al segundo día, cuando la lengua se le volvió áspera y las patas le dolían tanto que cada paso sonaba en su mente como un tambor hueco. Había creído que encontraría vida en aquel infierno dorado —alguna planta, algún insecto, alguna raíz escondida—, pero no había nada. Ni sombra, ni rastro, ni viento. Solo un silencio tan vasto que hasta sus pensamientos parecían ahogarse en él.

El sol no se movía. Daba la impresión de estar fijo sobre su cabeza, aplastando su cuerpo y su voluntad. En un principio intentó seguir las marcas de la pulsera, que jalaba su muñeca como si alguien invisible le tirara desde un punto del horizonte. Esa pequeña vibración era lo único que lo mantenía en movimiento. Había dejado atrás la mansión de la ninfa, la ternura y el dolor de aquella despedida, y con cada paso el recuerdo de sus ojos rosados se le volvía más difuso, como si el calor lo evaporara.

El aire sabía a cobre. Su sombra, cada vez más pequeña, lo acompañaba tambaleante sobre la arena que ardía. Gato Café comenzó a dudar de si realmente caminaba o si ya se había desplomado hacía horas, soñando su propia marcha. Una risa seca se le escapó del hocico.
—Qué estupidez —se dijo—. Partir sin agua, sin comida, confiando en que el mundo sería amable.

La pulsera dio otro tirón, esta vez tan fuerte que le hizo tropezar. Se levantó con esfuerzo. A lo lejos, algo se movía. Sombras en el horizonte, borrosas por el calor. Cinco figuras que se desplazaban con rapidez. Por un instante creyó que eran alucinaciones, espejismos. Pero esas sombras levantaban polvo.

Entrecerró los ojos. Cuatro perseguían a una.

El que huía era enorme, con una joroba imponente y la cara cubierta por una tela blanca que lo protegía del sol. Los cuatro que lo acosaban eran perros —perros de guerra, pensó—, con uniformes descoloridos, armas largas y rostros tensos. Corrían en cuatro patas, intentando mantener el equilibrio mientras apuntaban y disparaban con torpeza.

Gato Café sintió una punzada en el pecho. Cuatro contra uno. Injusto.
El rugido nació sin que lo pensara. Brotó de su interior como una grieta que se abre en la tierra. Fue un sonido ancestral, metálico, imposible de contener. Retumbó sobre las dunas y el viento pareció detenerse para escucharlo.

Los perros frenaron en seco. El perseguido giró la cabeza. El silencio duró apenas un parpadeo. Luego, el jorobado —ahora lo veía bien: un camello, alto, de mirada aguda— se alzó sobre dos patas y apuntó con un arma larga, una especie de fusil tallado en hueso y metal. Disparó tres veces. Los proyectiles silbaron con precisión, impactando en las armaduras de los perseguidores. Uno cayó rodando, otro gimió, los otros dos huyeron dejando una estela de polvo y miedo.

El camello permaneció quieto, respirando con calma. Entonces bajó su arma y caminó hacia Gato Café.
—¿Eres tú un espíritu de estas arenas? —preguntó con voz grave, en un tono tan pausado y educado que el felino no supo si debía responder o hacer una reverencia.

Intentó abrir la boca, pero el aire se volvió denso. El mundo giró. El sol se partió en mil fragmentos dorados. Cayó de rodillas, tragó arena. Lo último que vio fue al camello acercándose con paso sereno, su sombra cubriéndolo como un manto.

Cuando despertó, el calor era distinto. Un calor contenido, respirable. Estaba dentro de una tienda de tela gruesa, teñida de azul oscuro. El techo ondulaba suavemente con el viento y, en el centro, una lámpara de aceite arrojaba luz ámbar sobre alfombras gastadas. El aire olía a hierbas secas y a metal bruñido.

A su lado, un cuenco con agua. Gato Café bebió con ansiedad, casi ahogándose en el intento. Cuando se recostó, vio al camello frente a él, limpiando su fusil con movimientos metódicos. Llevaba una túnica color ocre y en su cuello colgaban varios amuletos con inscripciones que Gato no reconoció.

—Has dormido dos días enteros —dijo el camello sin mirarlo—. Las arenas te hubieran devorado si yo no pasaba por allí.

Gato Café intentó incorporarse. Su voz era un hilo seco.
—¿Dónde… estoy?

—En el corazón del mar de las arenas —respondió el camello—. Mi nombre es Barco del Desierto, hechicero de la nación de camellos.

El felino lo observó con incredulidad.
—¿Hechicero? —repitió, tosiendo.

El otro sonrió.
—Suena extraño, lo sé. No se de donde provengas, extraño ser, pero mi oficio existe en todas las razas: soy un hechicero que cura enfermedades.

Mientras hablaba, su voz parecía llenar la tienda como una melodía. Había en ella una gravedad serena, una paciencia que Gato Café no conocía.
—Te vi rugir —continuó Barco del Desierto—. Ese sonido no pertenece a este mundo. Las arenas lo escucharon, y se agitaron.

Gato Café bajó la mirada.
—Solo defendí a quien estaba en desventaja. No soy ningún espíritu.

—¿Y qué eres entonces? —preguntó el camello con interés sincero, -¿debo servirte ahora que me salvaste la vida?-

- ¿de que hablas?, tu me salvaste a mi -

Barco del Desierto lo observó con sus profundos ojos ambarinos.
- Entonces, te nombraré amigo y como amigo, responde: ¿que haces aquí?, ¿de donde vienes?.

El silencio volvió. Gato Café sintió que las palabras pesaban más que el aire. En ese instante, la pulsera de su muñeca vibró con un leve tirón, como si recordara su existencia. El camello la notó y frunció el ceño.

—Eso que llevas… —dijo con voz baja—. No es un adorno. Tiene el pulso de una magia vieja, de cuando el mundo aún respiraba bajo el mismo cielo.

Gato la ocultó instintivamente.
—Dicen que perteneció a mi padre.

El hechicero asintió lentamente.
—¿su busqueda te trae aquí?

El felino quiso responder, pero el cansancio lo venció. Antes de caer otra vez en el sueño, escuchó a Barco del Desierto entonar un canto grave, hecho de sílabas imposibles, y el viento respondió desde afuera con un gemido largo, como si el desierto entero lo acompañara.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 13.07.2026

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