Despertó con la sensación de que alguien lo observaba. No era una mirada hostil, sino una presencia densa, cargada de curiosidad y juicio. Abrió los ojos. Frente a él, tres camellos lo observaban en silencio. Detrás, la luz filtrada por la tela azul de la tienda proyectaba sombras largas, como si el amanecer se arrastrara lentamente sobre la arena.
El primero, de pelaje gris y mirada severa, tenía una barba trenzada con hilos de cobre. A su lado, otro más joven, pero con un aire solemne, sostenía un báculo de madera negra. El tercero, el más viejo de los tres, respiraba con esfuerzo, pero sus ojos brillaban con un fuego que no parecía propio de un cuerpo tan cansado.
—Despierta, forastero —dijo el del centro—. Soy Primero, patriarca del pueblo de los camellos. Ellos son Segundo y Último, mis hermanos.
Gato Café se incorporó despacio. Barco del Desierto estaba a un costado, observando en silencio, su expresión imperturbable.
—Barco dice que te encontró caminando solo en medio del mar de las arenas —continuó Primero—. Que rugiste como los antiguos reyes de las selvas antes de perder el sentido. Ningún espíritu ruge así, y ningún guerrero de carne sobrevive sin agua más de un día en esta tierra.
—Tu presencia no es casual —añadió Segundo, con un tono que no admitía réplica—. Dinos, ¿vienes a ayudarnos o a destruirnos?
Gato Café los miró desconcertado.
—No vengo de parte de nadie —dijo—.
Último, el anciano, soltó una risa breve y seca.
—Eso dicen todos los que el desierto escoge —murmuró.
Primero intercambió una mirada con sus compañeros y asintió.
—Entonces debes conocer lo que ocurre, viajero. Hace seis años, Barco del Desierto y mi hija, Estrella del Ocaso, partieron a las dunas del norte. Ella era una joven hechicera, nacida con el don de escuchar la voz del mar de las arenas. Él debía enseñarle a interpretar esas voces, pues solo los de su linaje comprenden los susurros de la tierra.
Barco del Desierto, hasta entonces callado, cerró los ojos un instante. Parecía recordar un peso que no quería tocar.
Primero continuó:
—Era el tiempo del cambio de estaciones, cuando el sol sangra en el horizonte. Me contaron que, mientras el cielo se volvía rojo, vieron una luz cruzar sobre sus cabezas: una estrella blanca que cayó a poca distancia. Corrieron hacia ella y encontraron un anillo… blanco como la plata.
El camello más joven, Segundo, bajó la cabeza.
—Un anillo imposible —añadió—. No hecho en estás tierras.
Barco del Desierto habló entonces:
—Sentí en él dos magias enfrentadas. Una que mata. Otra que protege. El equilibrio era tan perfecto que cualquier toque podía romperlo. Le advertí a Estrella del Ocaso que no lo tocara. Pero ella… —suspiró—. No me escuchó.
Gato Café sintió un escalofrío recorrerle la columna, era el anillo de su madre, sintío el jalón de la pulsera de su padre hacía el sur.
—¿Qué pasó cuando lo tomó?
Barco alzó la vista, y sus ojos reflejaron la llama del candil.
—Empezó a hablar en lenguas que ninguno conocía. Decía que veía mares de agua, ciudades de piedra, criaturas con plumas y acero, gatos que caminaban erguidos y seres llamados humanos. Durante días repitió nombres y canciones sin sentido. La tribu pensó que la locura la había tocado.
Primero intervino, con voz apagada.
—Hasta que un amanecer desapareció. Nadie supo cómo. Pasaron lunas y lunas, y cuando volvió, no era la misma.
El silencio cayó sobre la tienda. El viento golpeó la tela como si quisiera entrar.
—Volvió —prosiguió Segundo— con un ejército de mastines del sur. Guerreros que antes servían a las ciudades de hierro. Bajo su mando, atacaron uno por uno los siete poblados de los camellos. Nos derrotaron en seis. Solo este resiste.
Gato Café apretó los puños.
—¿Por qué ella los lidera? ¿Qué quiere?
Barco respondió sin titubear:
—Dice que es la heredera de estás tierras que nos hará pagar lo mucho que la lastimamos.
El felino se levantó. La pulsera en su muñeca tembló, como si reaccionara al nombre del anillo.
—¿Y ese anillo…? —preguntó con la voz baja—. ¿Dónde está ahora?
—En su pata derecha —dijo Primero—. Brilla incluso bajo la sombra. Muchos lo han visto antes de morir.
En ese instante, un estruendo sacudió el aire. Las telas de la tienda vibraron, y la arena del suelo se levantó como humo. Gritos y disparos resonaron en el exterior.
Barco del Desierto se irguió, tomó su fusil y asomó por la entrada.
—Ya están aquí —dijo con calma—. Los mastines.
Los tres patriarcas se pusieron de pie. Primero ordenó a Segundo evacuar a los jóvenes hacia las cavernas del sur. Último comenzó a recitar palabras en un idioma antiguo, trazando runas en el aire con el bastón. La luz en el interior de la tienda cambió de color, volviéndose verde.
Barco giró hacia Gato Café y le lanzó un fusil de cañón corto.
—Toma —ordenó—. Si sabes rugir, también puedes disparar.
El felino lo atrapó, lo sostuvo un instante y luego lo dejó caer al suelo.
—No necesito esto.
El camello lo miró, incrédulo.
—¿Vas a enfrentarte a un ejército con las manos vacías?
Gato Café sonrió apenas, y de su morral sacó las garras de acero que la ninfa le había dado.
—No con las manos vacías —dijo mientras se las colocaba—. Solo con las correctas.
El aire se llenó de polvo y gritos. Afuera, el horizonte ardía. Los mastines, enormes y vestidos con armaduras negras, avanzaban seguros. Sus fusiles lanzaban relámpagos de fuego. Las dunas temblaban bajo sus pasos.
Barco del Desierto corrió hacia la salida.
—¡Sígueme, felino sin nombre! —gritó.
Gato Café lo hizo. Al salir, la luz del mediodía lo cegó. Los camellos formaban líneas de defensa improvisadas con restos de carretas y piedras. Los más jóvenes disparaban; otros llevaban balas y curaban heridos.