Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

50.- La bestia de la guerra.

El viento del mar de las arenas cambió de dirección aquella madrugada.
Barco del Desierto lo advirtió primero: el aire traía un olor metálico, mezcla de pólvora y miedo. Gato Café, aún cojeando de la pierna rota, sintió que ese olor lo despertaba más que el dolor o el hambre. Había algo en esa fragancia que le recordaba su infancia: los días en que debía pelear por su comida o correr para no ser devorado por los más fuertes.
Solo que ahora no huía. Ahora lo seguían.

La batalla anterior, aunque pequeña, había marcado a todos los camellos. Los jóvenes se movían de un lado a otro, excitados por la victoria. Algunos mostraban orgullosos las armas arrebatadas a los mastines, otros improvisaban cantos de guerra.
“¡El espíritu del desierto está con nosostros!”, gritaban.
Y aunque Gato Café fruncía el ceño al escucharlo, no podía negar el brillo que había en sus ojos: el brillo de los que creen, aunque sea por un instante, que el mundo puede ser suyo.

Barco del Desierto se acercó a él con un cuenco de agua y un vendaje improvisado.
—Deberías descansar —le dijo con voz serena—. La victoria no es excusa para seguir sangrando.
—No hay victoria si no sabemos mantenerla —replicó Gato, tomando el vendaje y apretándolo él mismo.
El camello hechicero lo observó en silencio. Había en el felino algo que no entendía del todo: un fuego que no provenía del odio ni del orgullo, sino de una obstinación casi animal por seguir con vida.

Esa noche, mientras los camellos celebraban en torno al fuego, Gato Café se alejó hacia una duna. Desde allí, podía ver el mar seco extendiéndose hasta donde la vista no alcanzaba, iluminado por un cielo sin luna. Pensó en la ninfa. En su voz suave y en sus ojos que parecían contener un océano. Pensó también en la gata blanca, en el barrio de la Media Luna, en la promesa no cumplida de volver.
El viento arrastró arena sobre sus patas, recordándole que el desierto no guarda huellas por mucho tiempo.
—¿Cuántas veces más voy a empezar de nuevo? —susurró.

El amanecer lo encontró aún allí, observando el horizonte. No tardó en oír los pasos pesados de los tres patriarcas que se acercaban: Primero, Segundo y Último.
—Hemos decidido avanzar —dijo Primero con solemnidad—. Los mastines retroceden. Es el momento de tomar el siguiente poblado.
Gato lo miró sin girarse completamente.
—¿Avanzar? Apenas pueden sostener sus armas.
—Somos más de lo que fuimos ayer —intervino Segundo—. Y tenemos tu fuerza, espiritu del desierto.
El felino apretó los dientes.
—No soy un espíritu. Soy solo alguien que puede morir.

Pero no hubo manera de detenerlos. La victoria los había embriagado más que el agua o el vino.
Y así, dos días después, el ejército improvisado de camellos marchó sobre el segundo poblado.

El combate fue brutal. Los mastines, aunque menos numerosos, estaban atrincherados. Los disparos resonaron entre las dunas como truenos secos. Gato Café luchó en primera línea, sus garras de acero rasgando el aire y las armas enemigas. Su pierna rota lo hacía tambalear, pero el rugido que salía de su pecho era más fuerte que el dolor.
Cuando por fin los camellos entraron en el poblado, no quedaba casi nadie para celebrar. La arena estaba teñida de rojo y los cuerpos de los jóvenes que habían creído en la gloria reposaban junto a los de sus enemigos.

Gato cayó de rodillas, agotado.
—Idiotas… —murmuró entre dientes—. Les dije que no era el fin.
Barco del Desierto lo alcanzó y se arrodilló junto a él, con manos temblorosas.
—Estás herido otra vez.
—Haz lo que tengas que hacer —respondió el felino con voz ronca.
El camello presionó los huesos de su pierna, reacomodándolos con precisión y magia. Un chasquido seco llenó el aire. Gato apenas gruñó, sin apartar la vista de los cadáveres.
Barco lo observó con respeto. “Este gato”, pensó, “ha conocido más pérdidas que todos nosotros juntos”.

Los tres patriarcas se reunieron en la plaza central. Sus rostros, cubiertos de polvo, mostraban una mezcla de orgullo y desesperanza.
—No hay tiempo para lamentos —dijo Último—. Los mastines volverán.
—Debemos fortificar el lugar —añadió Segundo.
Gato, apoyándose en una lanza rota, interrumpió:
—No tenemos suficientes armas ni agua. Si nos quedamos, moriremos aquí. Si huimos, moriremos cansados. Lo único que podemos hacer es prepararnos.
Los patriarcas lo miraron en silencio.
—Entonces qué propones, extranjero —preguntó Primero.
—Busquen las armas de los mastines. No disparen sin entender cómo funcionan. Aprendan. Repitan. Enséñenlo. —Su tono era seco, militar.
Los jóvenes obedecieron sin dudar. Había en su voz algo que imponía disciplina, un eco antiguo que recordaba a los líderes que ya nadie veía en esas tierras.

Durante el día, los camellos exploraron los almacenes del poblado conquistado. Encontraron armas largas, pesadas, y cajas con proyectiles que creían ser ofrendas o piedras encantadas. Primero y Segundo estudiaron el mecanismo con curiosidad infantil, mientras Último recitaba plegarias por los caídos.
Cuando al fin uno de los artefactos rugió con una explosión, provocando una nube de fuego y metralla, todos comprendieron su poder.
Los ancianos, rejuvenecidos por la emoción, comenzaron a entrenar a los jóvenes con el fervor de quienes se sienten útiles otra vez.

Esa noche, el silencio fue distinto.
Gato Café y Barco del Desierto estaban sentados junto a una hoguera baja, revisando mapas improvisados en la arena.
—Si atacan de nuevo —dijo el felino—, vendrán con más fuerza. No les gusta perder.
—Los mastines no conocen la derrota —respondió el camello—. Cuando son humillados, regresan con sus máquinas.
—¿Máquinas?
Barco lo miró con gravedad.
—Bestias de hierro que escupen fuego. He visto una una vez. No dejan nada vivo.

El rugido llegó poco después, profundo, metálico, inhumano.
Los camellos se levantaron alarmados. Desde el horizonte, una columna de polvo se acercaba. Los disparos comenzaron antes de que pudieran organizarse.
Barco del Desierto alzó su fusil, pero Gato Café lo apartó con un gesto.
—Yo me encargo. —Sus ojos, brillando como brasas, reflejaban las llamas del poblado.
Y mientras el rugido de la bestia de la guerra se mezclaba con el viento del desierto, Gato Café avanzó cojeando, garras de acero en alto, sabiendo que aquella noche no habría héroes, solo supervivientes.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 03.08.2026

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