El rugido del tanque era más profundo que el trueno.
No era un sonido que perteneciera a los seres vivos, sino a algo más antiguo, más frío: el eco del metal contra la voluntad.
Gato Café lo sintió vibrar en el pecho cuando la mole de acero se detuvo frente a él, cubierta por un velo de polvo rojizo. Detrás, los mastines formaban una línea irregular, confiados en su monstruo mecánico.
El felino apretó las garras de acero, que aún tenían el olor del aceite y la sangre seca de la batalla pasada.
—Retrocede —gritó Barco del Desierto desde las trincheras improvisadas—. ¡Esa cosa no es un enemigo que puedas golpear!
Pero Gato no escuchó.
O, más bien, no quiso escuchar.
Caminó hacia el tanque, cojeando, la pierna rota mal soldada, el cuerpo cubierto de heridas mal curadas. Cada paso levantaba un pequeño torbellino de arena que desaparecía al instante.
Los mastines lo observaron con una mezcla de asombro y desprecio. Uno de ellos murmuró algo en su idioma, quizás una oración o una maldición.
Gato Café no hablaba su lengua, pero entendió el tono: lo tomaban por un loco.
El primer disparo del tanque no fue una bala, sino una ráfaga de aire ardiente que lo empujó hacia atrás. Se tambaleó, rugió, y avanzó de nuevo.
Golpeó el costado de la bestia metálica con todas sus fuerzas, dejando una abolladura apenas visible.
El impacto resonó en su brazo como si hubiera golpeado una montaña.
El tanque se movió, lentamente, como si el golpe hubiera despertado su furia.
El cañón giró hacia él.
Barco del Desierto apareció corriendo, fusil en mano, gritando órdenes a los camellos.
Los jóvenes, armados con rifles oxidados, comenzaron a disparar. Las balas rebotaban sin daño visible en el blindaje, pero al menos desviaban la atención de los mastines.
Gato Café volvió a atacar, golpeando la oruga lateral del tanque.
El metal se deformó un poco; el monstruo se ralentizó.
Pero los mastines aprovecharon para dispararle.
Uno, dos, tres impactos le atravesaron el hombro y el costado.
Nada mortal. Pero el dolor era insoportable.
Retrocedió tambaleante, con el pelaje cubierto de sangre y arena.
Barco del Desierto corrió hacia él, empuñando su rifle.
—¡No puedes hacerlo todo tú solo, gato! —le gritó—. ¡Somos muchos! ¡Déjanos luchar contigo!
Gato lo miró con los ojos entrecerrados, jadeando.
—Si no lo intento, nadie lo hará.
—Si mueres, no le serviras a nadie —replicó el camello con rabia.
El tanque comenzó a girar su cañón lentamente.
El sonido del mecanismo era como un rugido de hierro masticando piedra.
Barco del Desierto abrió los ojos de par en par.
—Va a escupir fuego —dijo, con la voz quebrada—. ¡Corre!
Gato Café se quedó quieto.
“Escupir fuego…”
La frase resonó en su mente como un eco lejano.
Recordó su propio rugido, el calor que había sentido en su garganta cuando enfrentó a las armaduras vivientes de la mansión de la Ninfa.
Recordó el instante en que el aire tembló ante su voz.
“Si el fuego es como el mío —pensó—, puedo devolverlo.”
El tanque disparó.
La ojiva salió envuelta en una llamarada blanca, surcando el aire con un rugido insoportable.
Gato Café saltó, su cuerpo impulsado más por instinto que por pensamiento.
Golpeó la bala con su garra derecha, justo en el instante en que el fuego la rodeaba.
El impacto fue tan violento que el suelo tembló.
Por unos segundos, el tiempo se detuvo.
Los camellos, los mastines, incluso el tanque, parecían observar la escena como si fuera un milagro.
El felino resistía, con el brazo extendido, conteniendo la ojiva a centímetros de su rostro.
El metal ardía. Su piel también.
Con un rugido que partió el aire, desvió el proyectil hacia el cielo.
Una luz cegadora envolvió el campo.
El proyectil explotó lejos, como un sol efímero.
El impulso lanzó a Gato Café por los aires, haciéndolo rodar entre la arena y los cuerpos.
Su brazo derecho colgaba, roto en varios puntos. Las garras de acero chispeaban, una de ellas parecia deformada por el calor, pero recupero su forma enseguida.
—¡Gato! —gritó Barco del Desierto, corriendo hacia él.
El felino trató de incorporarse.
—No… no terminó.
El tanque se preparaba para disparar otra vez. El cañón vibraba, acumulando energía.
Barco del Desierto cerró los ojos y murmuró algo. Pero antes de que pudiera terminar, un sonido distinto cortó el aire: un zumbido agudo, como un enjambre de abejas luminosas.
Desde la retaguardia de los camellos, tres luces fugaces surcaron el cielo.
Eran proyectiles, pero no como los de los mastines.
Eran más rápidos, más certeros.
Gato Café levantó la vista justo a tiempo para verlos impactar contra el tanque.
El monstruo metálico estalló en una flor de fuego y humo negro.
El calor lo envolvió todo.
Cuando el polvo se disipó, Gato vio avanzar entre las llamas a los tres patriarcas: Primero, Segundo y Último, con las armas humeantes en las manos.
Sus rostros eran una mezcla de furia y júbilo, como si hubieran robado la voz de los dioses.
El tanque ardía tras ellos, convertido en un esqueleto incandescente.
Los mastines sobrevivientes huyeron, dejando tras de sí las armas y los cascos.
Los camellos gritaron, celebrando la victoria, pero sus voces eran débiles, quebradas.
Demasiados cuerpos yacían entre las dunas.
Barco del Desierto se arrodilló junto a Gato Café y le sostuvo el brazo roto.
—Te advertí que no podrías solo.
—Lo sé —dijo Gato, jadeando—. Me equivoqué.
El camello presionó los huesos, y un crujido terrible llenó el aire.
El felino cerró los ojos, sin gritar.
Barco del Desierto asintió en silencio, casi con respeto.
—Algún día, gato, aprenderás que incluso los espiritus necesitan ayuda.