El viento había amainado al caer la tarde, y el horizonte —partido en dos por una línea de fuego y polvo— se veía como un pergamino a punto de romperse. Los camellos habían levantado un campamento en torno a las ruinas humeantes del tanque. Las sombras se estiraban sobre la arena como si quisieran enterrar los cuerpos caídos, y entre ellas, Gato Café permanecía en silencio, el brazo vendado, observando el fulgor distante de las brasas que aún ardían en la carcasa metálica del enemigo.
Había pasado poco desde la victoria pírrica. Los patriarcas —Primero, Segundo y Último— habían ordenado atrincherarse, y sus voces roncas resonaban entre las tiendas improvisadas mientras los jóvenes camellos desmontaban piezas del tanque destruido. El metal se enfriaba con un silbido largo, como si el monstruo mecánico soltara su último suspiro.
Gato Café los observaba desde un montículo. Barco del Desierto estaba junto a él, apoyando su peso sobre su fusil, el felino, con la mirada clavada en el cielo, parecía buscar algo más allá de las nubes.
—Necesito hablar con ustedes —dijo finalmente, con un tono grave, casi quebrado.
Barco del Desierto asintió, sin preguntar más. En poco tiempo, los tres patriarcas se reunieron con ellos en una tienda amplia, iluminada por el parpadeo del fuego. Las sombras de sus jorobas se proyectaban en las telas como montañas que se movían con cada respiración.
Primero, el mayor, tenía los ojos cansados pero vivos, como brasas que se negaban a apagarse. Segundo mantenía una calma severa, un aire de estratega que medía cada palabra. Último, en cambio, era fervoroso, siempre con la mano sobre el pomo de su cuchillo, como si aún oliera el peligro.
Gato Café esperó que todos tomaran asiento. Su cola, vendada también, golpeaba el suelo con nerviosismo.
—No soy de aquí —empezó. Su voz era un rugido contenido—. Vengo de otro territorio, de un lugar más allá del mar de las arenas.
Los tres camellos se miraron en silencio. Solo el crepitar del fuego llenaba el aire.
—El anillo que cayó en el desierto... —continuó el gato, alzando la mano buena— pertenecía a mi madre. Es lo único que queda de ella. Lo necesito para saber mi nombre, para reclamar mi herencia.
Hizo una pausa. Respiró hondo, con los ojos entrecerrados.
—Cuando Estrella del Ocaso habla... cuando pronuncia cosas sobre mí... no es casualidad. Habla de hechos que viví, de heridas que aún cargo. Por eso necesito recuperarlo. No solo porque me pertenece, sino porque algo, o alguien, lo está usando para distorsionar lo que fue mi vida.
Los camellos se mantuvieron inmóviles, como estatuas esculpidas en la penumbra. Solo Barco del Desierto lo observaba con una mezcla de admiración y tristeza.
—Entonces —preguntó Segundo con voz grave— ¿nos ayudaras si te ayudamos?.
—Sí —respondió el gato sin titubear—. Si me ayudan a recuperarlo, usaré todo lo que sé, todo lo que soy, para devolverles lo que les fue arrebatado.
Hubo un largo silencio. El fuego se movía en espirales, reflejándose en los ojos de los presentes.
Barco del Desierto fue el primero en hablar.
—Yo le creo —dijo, bajando la cabeza—. Lo he visto pelear, lo he visto sangrar y volver a levantarse. No busca gloria ni poder. Busca sentido. Algo que pesa.
Primero entrecerró los ojos y soltó un resuello cansado.
—Mi hijo siempre tuvo mal ojo para juzgar aliados —dijo con una sonrisa torcida—, pero esta vez… lo veo distinto. Si él confía en ti, gato, yo también lo haré.
Segundo asintió lentamente, mientras Último soltaba una carcajada ronca.
—¿Tu hijo? —preguntó el gato, mirando sorprendido a Barco del Desierto.
—Sí —intervino Primero con un aire solemne—. Barco del Desierto es mi primogénito. Segundo es su tío, y Último... el menor de mis hermanos. Los tres somos la raíz de esta manada, aunque hace tiempo dejamos de parecernos en casi todo.
El felino observó a los cuatro camellos, uno a uno. Un silencio cálido los envolvió. Entonces rió por lo bajo.
—No lo había notado —dijo, alzando una ceja—. No se parecen en nada.
Último soltó otra carcajada.
—Lo decimos todo el tiempo —añadió—. La arena nos moldea distinto, pero el corazón es el mismo.
El ambiente se distendió apenas. Gato Café se permitió respirar más hondo.
Barco del Desierto dio un paso adelante, colocó una mano sobre el hombro del gato y habló con voz grave.
—Pero hay algo que debo decirte. Si ese anillo tiene una maldición, y todo apunta a que sí, es muy posible que tu madre no te le haya dejado. Es magia vieja, de la que corrompe y no avisa. Si lo recuperamos, no te atrevas a ponértelo. Ni siquiera por un instante.
El felino bajó la mirada. Las palabras le dolieron más de lo que quiso admitir. Sentía en el pecho una mezcla de ira y desconcierto.
—Entonces... ¿ella...?
—Quizás quiso protegerte —interrumpió Barco del Desierto con suavidad—. Pero eso es algo que aún no sabemos.
La tienda volvió a llenarse del murmullo del viento. El fuego crepitó. Nadie habló durante un largo rato.
Finalmente, Primero se levantó, usando su fusil como bastón.
—No tenemos opción —dijo, con solemnidad—. Si lo que dices es cierto, si ese anillo guarda poder y memoria, podría ser la llave para liberar nuestras tierras.
Segundo y Último asintieron al unísono.
—Entonces —dijo el mayor, alzando la voz—, por la arena que nos cubre y el sol que nos quema, aceptamos tu pacto, Gato Café. Ayudaremos a buscar tu anillo. Y tú, a cambio, nos ayudarás a devolvernos nuestra tierra.
El gato se incorporó, con esfuerzo, y asintió. Sus ojos, reflejando el fuego, parecían de oro líquido.
—Así será —dijo, con un hilo de voz firme—. Lo juro por madre luna.
Barco del Desierto sonrió, apenas. Primero extendió su mano callosa. El felino la tomó, y durante un instante, la llama tembló dentro de la tienda, proyectando sobre la tela sus sombras unidas.