El primer pueblo conquistado por los mastines se alzaba sobre las dunas como una herida abierta.
De lo que alguna vez fue un mercado de arena y telares, quedaban muros ennegrecidos, pozos secos y columnas torcidas por los bombardeos. A la distancia, una fortaleza dominaba el horizonte: un coloso de piedra y metal, reforzado con torres de artillería, cables eléctricos y estandartes raídos que mostraban el emblema de la Media Luna —símbolo que los mastines veneraban como su victoria sobre el pueblo de las arenas.
El aire olía a hierro quemado y a desinfectante. Cada calle que conducía al bastión estaba patrullada por soldados cubiertos con exoesqueletos herrumbrosos. Algunos transportaban prisioneros camellos, encadenados y harapientos, otros limpiaban las armas con la rutina fría de quienes ya no esperan el fin.
Entre ellos avanzaba Hans Luef.
Delgado, con un paso medido y una libreta apretada contra el pecho, era una rareza entre los suyos: un mastín de laboratorio, no de batalla. Sus gafas redondas reflejaban el polvo del desierto y los reflejos eléctricos del bastión. Había aprendido, con esfuerzo, a mirar el horror sin pestañear, pero no a acostumbrarse a él.
Mientras cruzaba el patio principal, observó los retratos de los antiguos generales clavados en los muros. Sus ojos parecían seguirlo, juzgando su falta de cicatrices.
En su cabeza, la orden resonaba con la precisión de un tambor: Presentarse ante la líder. Entregar el informe sobre el enemigo. No mirar más de lo necesario.
El pasillo que conducía al salón del trono era largo, revestido de mármol ennegrecido y alfombras con símbolos geométricos. En las paredes, las lámparas ardían con un resplandor azul, alimentadas por la energía robada de los pozos de los camellos.
La guerra había cambiado todo.
Incluso la luz parecía ahora ajena, artificial, domesticada.
Cuando las puertas del salón se abrieron, un silencio tenso se extendió.
En el centro, sobre un estrado de hierro fundido, la líder de los mastines estaba de pie. Era alta, de pelaje gris perla, el rostro joven y bello, pero sus ojos tenían el brillo antiguo de alguien que había visto demasiadas cosas. A su alrededor, soldados y oficiales permanecían inmóviles, mientras un prisionero —un soldado mastín de rango menor— era arrastrado frente a ella.
—¿Comida fría? —dijo la líder, su voz cortante como una hoja—. ¿Crees que puedo gobernar sobre esta guerra con alimentos fríos?
El prisionero temblaba.
Intentó hablar, pero los guardias lo sujetaron con fuerza.
—Mi señora, el suministro… los hornos fueron dañados… no tuve intención de ofenderla…
—No me ofendes a mí —replicó ella, con un brillo helado en la mirada—, ofendes al orden.
Chasqueó los dedos. Dos soldados se llevaron al prisionero. El eco de sus botas resonó por el salón, seguido de los gritos que se perdieron en un pasillo lateral.
Hans Luef tragó saliva. No sabía si debía avanzar o esperar. La líder giró lentamente su mirada hacia él.
—Acércate —ordenó.
Su tono no admitía vacilación.
Hans Luef obedeció, inclinando el cuerpo en una reverencia imperfecta.
—Sargento científico Hans Luef, a sus órdenes, mi señora.
Ella ladeó la cabeza, como quien observa un insecto interesante.
—¿El estudioso del pueblo de las arenas, cierto? —preguntó, casi con desdén—. El que pierde tiempo leyendo sus dialectos muertos y sus rezos a la lluvia.
—Sí, mi señora —respondió con cautela—. Mi deber es comprender sus sistemas hidráulicos, sus runas y…
—No necesito tus justificaciones —interrumpió la líder. Se volvió hacia un espejo tallado en piedra que ocupaba media pared. Durante un segundo, Hans Luef creyó ver en el reflejo algo imposible: una figura distinta, más alta, de piel dorada y mirada melancólica. Una camella. Sentada en el trono.
Parpadeó, desconcertado. Cuando volvió a mirar, solo estaba la líder, con su figura esbelta y sus ojos helados.
“Debo estar cansado”, pensó, mientras el sudor le corría por el cuello.
La líder alzó una mano, exigiendo su informe. Hans Luef extendió un cuaderno sellado con cera.
—Traigo un recado de mi superior. Los exploradores han confirmado que el pueblo de Dunha, cercano a nuestro último baluarte, ha caído. Los camellos lo han tomado.
El murmullo de los oficiales llenó el salón. La líder lo silenció con una mirada.
—¿Y? —preguntó—. ¿Debo preocuparme por bestias que no saben ni fabricar pólvora?
—Hay… algo más, mi señora —continuó el sargento, bajando la voz—. Los informes hablan de una criatura, un demonio del desierto. Dicen que puede desviar proyectiles de cañón con los puños. Los soldados lo describen como un felino con garras de acero.
La líder permaneció inmóvil. Ni un parpadeo.
Luego soltó una risa breve, seca.
—Leyendas. —Caminó hacia él, lenta, con los pies descalzos sobre el mármol—. Los camellos inventan mitos para justificar sus derrotas. No hay demonios, solo animales que no saben cuándo rendirse.
Su voz se quebró un instante, y el brillo del anillo que llevaba en la mano derecha resplandeció con un fulgor antinatural. Hans Luef bajó la mirada, pero el resplandor se filtró bajo sus párpados como una aguja. Por un instante, volvió a ver aquella silueta dorada: una camella de mirada altiva, hablando con una voz que no era la de la líder.
“¿Quién… eres tú?”, pensó el sargento, pero no se atrevió a preguntar.
La líder alzó el rostro hacia el techo, donde una claraboya dejaba entrar el resplandor del atardecer.
—No entiendes, Luef. Yo soy la heredera de la Media Luna. He soportado el dolor de dos ciudades: la gris y la roja. He visto morir amigos y enemigos bajo el mismo sol. —Su voz subió de tono, vibrante, casi histérica—. He caminado junto a golems, he escuchado los murmullos de los fantasmas humanos y no he temblado. Nadie me arrebatará lo que me pertenece.