Gato Café observó desde lo alto de una duna el campo ennegrecido que se extendía ante la fortaleza de la Media Luna. Había cuerpos por todas partes: camellos, mastines, algunos tan irreconocibles que parecían hechos del mismo polvo y hierro. La arena estaba teñida de aceite, sangre seca y humo.
El felino respiró hondo, sintiendo cómo la brisa del desierto arrastraba el olor del metal y del miedo. No podía distinguir si esa náusea era por el hedor o por la certeza que lo golpeaba: en ambos lados, la guerra era igual de cruel.
Veía a los mastines exhaustos, cubiertos de vendas sucias, con las patas temblando, algunos aún empuñando sus rifles oxidados más por costumbre que por convicción. No eran monstruos, eran animales rotos, como los suyos.
—Ya no queda nada que ganar —murmuró Gato Café, apretando los puños cubiertos de acero—. Solo ceniza.
Cuando Barco del Desierto lo alcanzó, traía tras de sí al ejército de camellos, disciplinado, cubierto por el brillo mate de los tanques y los uniformes remendados una y otra vez.
—¿Qué haces, Gato? Están esperándonos —dijo el camello, jadeante.
Gato no apartó la vista del horizonte.
—No quiero más muertes. Quiero hablar con ellos.
Barco del Desierto frunció el ceño, pero comprendió.
—Hablar… antes de pelear. —Sonrió con cansancio—. Pareces viejo, Gato.
—No lo sé —respondió el felino, con la voz quebrada—. Ya no creo que los golpes cambien al mundo.
Mandaron una bandera blanca improvisada: una tela de vendas anudadas a una lanza. Del otro lado, los mastines se agruparon, desconfiados. Nadie se movía. Entonces, un mastín delgado, con lentes torcidos y uniforme desaliñado, avanzó con pasos inseguros.
—Soy el sargento científico Hans Luef —dijo en voz alta, en el idioma de los camellos, aunque con un acento torpe.
Barco del Desierto asintió con respeto; había oído hablar de él en los informes de inteligencia.
—Queremos hablar. No más sangre.
Los dos bandos se encontraron en el centro del campo de batalla. El aire parecía pesado, como si el desierto mismo contuviera el aliento.
—Hemos visto demasiado —comenzó Gato Café—. Mastines, camellos… todos enterramos a los nuestros. No queremos sangre innecesaria.
Hans Luef lo observó en silencio. Sus gafas reflejaban las brasas de los vehículos destruidos.
—No sé si es valor o locura lo que te hace hablar así, felino. Pero tienes razón. Mi gente está cansada. Nos abandonaron hace meses… seguimos peleando solo por miedo a ella.
—¿Ella? —preguntó Barco del Desierto.
—Nuestra líder —respondió el mastín—. Aquella que dice ser la heredera de la Media Luna. Su poder proviene de un anillo maldito. No duerme, no come. Habla como demente.
Barco del Desierto miró a Gato Café, comprendiendo el vínculo.
—¿Y si os dejáramos marchar? —propuso el camello—. Conservad vuestro último pueblo, nosotros mantendremos los nuestro. Solo entregad a la líder y terminemos esto.
Hans Luef se quedó inmóvil unos segundos, procesando la oferta.
—Puedo transmitirlo. Pero dudo que acepte.
Se retiró a la fortaleza. La comunicación con sus superiores fue breve y tensa. Las voces que respondieron por los altavoces sonaban agotadas. Muchos oficiales, antaño orgullosos, estaban hartos. Uno de ellos dijo con voz quebrada:
—No tiene sentido seguir, Luef. Nos abandonó nuestra patria. Esta guerra es solo su locura.
—¿Y la líder? —preguntó Luef.
Hubo un silencio largo, luego un grito en los altavoces:
—¡Seguid peleando! ¡Sacrificaos por mí! ¡Por la heredera de la Media Luna!
El tono de la líder era inhumano, una mezcla de rugido y llanto. Los soldados se miraron unos a otros, y uno tras otro, soltaron sus armas.
—No más —dijo un capitán—. Ya no la seguiremos.
Luef salió nuevamente al campo. Los mastines avanzaban sin armas, con las patas alzadas, entre los gritos histéricos de su antigua líder que resonaban por los altavoces de la fortaleza.
—¡Traidores! ¡Cobardes! ¡Los fantasmas humanos los devoraran! ¡Soy su heredera! ¡Soy su voz!
Las palabras se descomponían en chirridos metálicos y estática.
Barco del Desierto ordenó bajar las armas. Los camellos y mastines se acercaron lentamente, confundidos, sin saber si abrazarse o retroceder. Gato Café caminó al frente, observando los rostros cubiertos de polvo, las miradas de cansancio compartido.
—Ya está —dijo el felino—. No necesitamos más fuego.
Entonces la tierra tembló.
Un rugido profundo recorrió el suelo, como si el desierto se abriera. Los soldados retrocedieron instintivamente. De entre los restos de la fortaleza comenzó a surgir algo imposible: una gigantesca estructura de metal y piedra, con patas articuladas que chorreaban aceite. Era un escorpión mecánico, del tamaño de un edificio, cubierto con el mismo emblema de la Media Luna que adornaba la fortaleza.
—¡Por la estrella del norte…! —susurró Barco del Desierto.
El monstruo rugió, lanzando un chorro de fuego que barrió el frente de la fortaleza y derribó a docenas de mastines.
Desde lo alto del escorpión, una figura femenina se alzó, envuelta en un resplandor oscuro: la líder mastín. Su rostro seguia pareciendo una mastín joven, pero sus ojos eran pozos vacíos.
—¡No hay paz! ¡No hay perdón! ¡El fuego purificará a los traidores y al demonio de desierto! —gritó, y el anillo en su pata resplandeció como un sol negro.
Gato Café sintió cómo algo dentro de él se partía. La furia, el cansancio, la tristeza… todo se mezcló en un solo impulso.
—Algunos seres —dijo, mientras se calzaba las garras de acero— solo entienden la violencia.
El felino se lanzó hacia el frente, esquivando el fuego del escorpión, mientras el resto del ejército se replegaba. Los cañones improvisados de los camellos abrieron fuego, pero apenas abollaban el caparazón de la máquina.
Barco del Desierto gritó su nombre, intentando detenerlo, pero Gato Café ya había saltado sobre una de las patas del monstruo.