Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

56.- Amigo.

El rugido del escorpión de metal retumbó como un trueno sobre el desierto. Las dunas temblaban, las piedras vibraban, y hasta el aire parecía deshacerse en ondas de calor. Gato Café se plantó frente a la bestia, los ojos encendidos, el cuerpo cubierto de polvo y heridas, el brazo aún maltrecho.

El monstruo alzó sus patas, lanzando llamaradas por las junturas oxidadas, y detrás de sus fauces metálicas brillaba el rostro de la líder mastín, deformado por el resplandor del anillo.
—¡No eres nadie, felino sin nombre! —rugió su voz amplificada—. ¡Nadie desafía a la heredera de la Media Luna!

El felino no respondió. Corrió. Saltó entre las explosiones, esquivando el aguijón que golpeaba como un relámpago, y alcanzó una de las patas del escorpión. Golpeó con todas sus fuerzas; el metal se abolló, pero no cedió.
El calor era insoportable. Cada respiración dolía como tragar fuego.

Entonces, algo cambió en el horizonte. Los camellos se reorganizaban, sus tanques avanzaban entre columnas de humo, y junto a ellos… mastines.
Por primera vez, los dos ejércitos —enemigos por años— cargaban juntos.

Hans Luef corría al frente de los mastines, con un rifle improvisado.
—¡Por el desierto y por la vida! —gritó, y los camellos respondieron con un bramido que sacudió las dunas.

Las explosiones llenaron el aire. Proyectiles caseros y misiles de fabricación mastín estallaban contra el caparazón del escorpión. El monstruo retrocedió un paso, rugiendo, mientras la líder aumentaba la potencia de fuego.
Llamaradas cayeron sobre todos por igual, incinerando tanto mastines como camellos. El suelo se volvió un campo de chispas y gritos.

—¡No le importamos! —rugió Barco del Desierto, montando un tanque medio destruido—. ¡Matando a su propio pueblo! ¡Es un demonio!

El felino saltó nuevamente, intentando abrir una compuerta en el costado del escorpión. Cada golpe le rompía la piel de las garras de acero, cada choque resonaba hasta los huesos.
De pronto, una pinza del monstruo descendió y lo atrapó por el torso.
—¡Te mostraré lo que es la obediencia! —gritó la líder, haciendo presión.

El metal crujió. Gato Café sintió cómo las costillas se le partían.
Barco del Desierto, viendo aquello, tomó un lanzacohetes y se acercó lo más que pudo.
—¡Suéltalo, maldita! —vociferó, y disparó.

El cohete impactó contra el costado del escorpión, abriendo una grieta de fuego y metralla. Por un instante, Gato Café quedó libre.
Pero la venganza fue inmediata.
El aguijón del escorpión descendió como un relámpago y atravesó el abdomen de Barco del Desierto, levantándolo del suelo.

El silencio se tragó los gritos.
Gato Café cayó de rodillas, viendo cómo el camello soltaba el lanzacohetes y caía al suelo, bañado en su propia sangre.

—No… no otra vez… —susurró el felino, sintiendo cómo el desierto giraba a su alrededor.

La voz volvió, áspera y profunda, emergiendo desde lo más hondo de su mente:
“Los leones no se rinden.”

El felino cerró los ojos, apretó los dientes.
Por primera vez, respondió.
—Me importa una mierda lo que hagan los leones… yo no me rindo.

Con un rugido que no parecía de este mundo, abrió la pinza del escorpión como si fuera de papel. El metal chirrió, los remaches saltaron por los aires. El felino saltó directamente hacia la cabina, donde la líder trataba de atacar de nuevo.

—¡Basta! —gritó Gato, estrellando su puño contra el cristal.

La cabina explotó en una lluvia de chispas. Ambos cuerpos salieron despedidos, cayendo entre remolinos de arena ardiente.
Gato Café rodó, se incorporó tambaleante y vio a la líder inconsciente a pocos metros. Por un instante pensó en rematarla. Pero no lo hizo.
Corrió.

Barco del Desierto yacía de lado, respirando con dificultad.
—No… no te muevas —dijo Gato, presionando la herida.
—Es tarde, hermano. —El camello sonrió débilmente—. No me arrepiento. Fue un honor pelear contigo.

—¡Calla! —gruñó el felino, con la voz quebrada—. ¡Alguien que ayude! ¡Un hechicero! ¡Rápido!

De entre el caos, llegó Primero, caminando con el rostro empapado de polvo y lágrimas. Al ver la herida, bajó la cabeza.
—Hijo mío… no hay nada que hacer.

Barco del Desierto lo miró con ternura, luego volvió la vista a Gato Café.
—No llores, felino. Si alguna vez me recuerdas, hazlo riendo… o peleando. Que el espíritu del desierto te guíe.
Su voz se quebró.
—Fue un honor… llamarte amigo.

Entonces alzó la mirada al cielo y gritó con sus últimas fuerzas una loa antigua, una plegaria perdida para los vientos del desierto. Las palabras se diluyeron entre la arena, como si el mismo sol las absorbiera.

El silencio fue absoluto.

Gato Café permaneció arrodillado junto al cuerpo. Su respiración era un sollozo que no salía. Luego, algo en él se quebró. Se levantó, con la mirada vacía, y caminó hacia el escorpión.

Sin decir una palabra, comenzó a destrozarlo.
Golpe tras golpe, arrancó placas, aplastó engranajes, trituró el metal fundido con las garras. Cada impacto era un rugido, un estallido de ira y dolor.
Los mastines y los camellos lo observaron desde la distancia, comprendiendo que estaban presenciando algo más que una batalla: era el final de una era.

El escorpión terminó reducido a un amasijo de hierro humeante. Nadie se atrevio a tocar el anillo aún en la mano de la lider.

Los soldados, camellos y mastines, comenzaron a retirarse en silencio, llevando consigo a la líder inconsciente y a sus heridos. Nadie celebró la victoria.

Gato Café, cubierto de sangre y polvo, miró el cuerpo de Barco del Desierto una última vez.
—No me rindo… —susurró, con voz rota—. Por ti, amigo… no me rindo.

Primero, se observó a gato un momento, luego se quito su tunica, tomo el cuerpo de su hijo y lo arropó como a un niño, hecho a andar hacia el mar de las arenas, mientras, gato cafe lo veía alejarse, sin fuerzas para detenerlo.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 14.09.2026

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