Había pasado una semana desde la batalla.
Gato Café no había contado los días; los medía por la cantidad de sol que su piel soportaba antes de quemarse y por la noche en que el cansancio, al fin, lo tumbaba sobre la arena.
Nadie se lo pidió, pero él empezó a limpiar las ruinas del antiguo pueblo de los camellos. Lo hacía en silencio, moviendo piedras, amontonando maderas partidas, retirando los huesos que el viento dejaba al descubierto.
Era un trabajo automático, casi ritual.
A veces lo sorprendía el amanecer con los ojos fijos en el horizonte, donde Primero había desaparecido con los restos de su hijo. No lloraba. No podía. Era como si dentro de él ya no quedara espacio para otra lágrima.
Una tarde, mientras amontonaba tablones quemados, llegaron Segundo y Hans Luef.
El primero, con su andar cansado de viejo sabio; el segundo, vestido con ropas de camello, tan distinto del mastín de antes que se resistia al desierto.
Hans habló primero, con voz respetuosa pero firme:
—Debes decidir qué haremos con ella.
—¿Con quién? —preguntó Gato, sin levantar la vista.
—Con la antigua líder de los mastines —respondió Segundo—. Además de que nadie puede quitarle el anillo, ya empezó a embaucar a algunos jóvenes. Les habla de su linaje, de una herencia celestial... y la escuchan.
Gato Café dejó caer el trozo de madera que tenía entre las manos.
El sonido hueco contra la arena pareció un tambor de guerra.
—¿Por qué me lo piden a mí? —preguntó.
—Porque —dijo Segundo— eres el único que reconocen ambos pueblos. Los mastines te siguen porque los salvaste, y los camellos te respetan porque Barco del Desierto confió en ti.
Gato lo miró entonces. En su rostro se mezclaban la duda y la fatiga.
Después de un largo silencio, se volvió hacia Hans Luef.
—¿Qué harías tú?
El perro del sur bajó la mirada, pensativo.
—Un juicio —dijo al fin—. Todo nuevo régimen necesita justicia si quiere empezar con legitimidad. Sin ella, todo vuelve a ser arena.
“Justicia.”
La palabra sonó extraña en la boca del gato.
Nunca la había necesitado. En su vida, sólo conocía venganza o silencio.
—Bien —dijo al fin—, haremos eso… un juicio. Pero no tengo idea de lo que significa.
Hans le explicó con paciencia: juez, fiscal, defensor, jurado, testigos.
Gato Café escuchó, rascándose la barba.
—Entonces —le dijo a Hans Luef— tu la defenderas.
Los dos animales lo miraron, sorprendidos.
—¿yo? —preguntó Hans.
—Si alguien debe escucharla, seras tu. Y tú, Segundo, serás el juez.
El viejo asintió lentamente, comprendiendo algo que ni el propio Gato entendía: no era una decisión política, sino espiritual.
—¿Y el fiscal? —preguntó Hans.
Gato Café pensó unos segundos y dijo:
—Último. Su pasión hará que todo sea más justo.
Nadie discutió.
El juicio se celebró tres días después, cuando el sol estaba en su punto más alto.
No había techo, ni sombra.
Los camellos formaban un semicírculo a un lado; los mastines, al otro. En medio, sobre un terreno limpio, habían levantado un pequeño círculo de piedras.
Allí, Segundo se sentó como juez; Gato cafe, como escriba; Último se plantó frente a todos con los ojos encendidos; y Hans Luef, aguardó en silencio.
Trajeron a la prisionera.
Seguía pareciendo un mastín, aunque su piel comenzaba a perder el brillo metálico que el anillo le había dado. Aun así, sus ojos ardían con una fe oscura.
—Soy la heredera de la Luna —dijo apenas la colocaron frente a ellos—. Su poder me pertenece. He sufrido más que cualquiera aquí. ¡Merezco mi herencia!
Hubo murmullos, gritos ahogados.
Último dio un paso al frente.
—¡Mentira! —tronó—. Usaste el dolor de tu gente para someterla. No buscabas justicia, sino dominio.
—¿Y tú qué sabes del sufrimiento, camello? —respondió ella con una sonrisa torcida—. Tu raza se esconde en la arena, esperando que alguien los salve. Yo construí algo. Yo tuve el valor de gobernar.
Gato Café escuchaba en silencio.
Cada palabra lo hundía más en un torbellino de recuerdos: la batalla, el fuego, el cuerpo de Barco del Desierto atravesado, la promesa que no pudo cumplir.
Cuando la mujer extendió la mano para señalarlo, el brillo del anillo le quemó los ojos.
El gato se levantó. Caminó hacia ella despacio.
—Ya basta —dijo.
Ella sonrió, creyendo que se rendía.
Pero antes de que pudiera hablar, Gato Café golpeó su mano con el dorso de la suya.
El sonido metálico resonó como un trueno.
El anillo salió volando y cayó en la arena, rodando hasta detenerse frente a todos.
Un silencio absoluto se extendió sobre el juicio.
Allí, frente a ellos, donde antes estaba una figura altiva y terrible, se alzaba ahora una camella delgada, con la piel reseca, las ojeras hundidas y los ojos vacíos.
Miró a su alrededor con desconcierto.
—¿Dónde… dónde estoy? —preguntó—. ¿Qué estoy haciendo aquí?
Los mastines rugieron, furiosos.
Los camellos respondieron con insultos.
Unos gritaban que era una bruja fingiendo demencia; otros, que era una burla a su pueblo.
Segundo se levantó, alzando la voz:
—¡Silencio! —pero nadie lo escuchó.
Gato Café la observó.
No había mentira en su mirada.
Ella realmente no recordaba.
Y en su mano, el anillo —el de su madre— latía como un corazón viejo y cansado, sin intentar escapar por primera vez en casi diez años.
Hans Luef se acercó y murmuró:
—Debes imponer el orden. Si no lo haces tú, nadie podrá hacerlo.
Gato Café respiró hondo.
El aire del desierto era denso, casi sólido.
Entonces rugió.
Un rugido que pareció salir de las entrañas del mundo, un eco ancestral que hizo callar hasta al viento.
Los dos pueblos se arrodillaron instintivamente.
Con manos temblorosas, el gato recogió el anillo y lo engarzó en la pulsera de su padre.
—Barco del Desierto dijo que no debía usarlo hasta que su maldición fuera rota —susurró—.