Nunca pensé que tendría que contar esta historia.
Cuando monté mi empresa, no lo hice para hacerme rico. Lo hice para ser libre. Para construir algo propio. Para demostrarme que podía. Tenía treinta y cinco años, una familia, ilusión y una oportunidad que parecía clara. Como tantos otros, creí que el esfuerzo sería suficiente.
Durante casi tres décadas trabajé más horas de las que puedo recordar. Hubo años buenos. Momentos de crecimiento. Nuevos empleados. Nuevos clientes. También hubo señales que preferí no interpretar como advertencias: demasiada dependencia de ciertos proveedores, créditos asumidos con optimismo, conflictos internos que pensé que se resolverían solos.
Nada parecía grave. Todo parecía temporal.
Hasta que dejó de serlo.
Las empresas no quiebran de un día para otro. Se van debilitando poco a poco. Se sostienen con préstamos, con sacrificios personales, con decisiones que en ese momento parecen necesarias. Yo puse dinero que no tenía. Bajé mi propia cotización. Me convencí de que el siguiente año sería mejor.
No lo fue.
Cuando cerré la empresa no solo perdí un negocio. Perdí una parte de mí. Perdí estabilidad, orgullo, tranquilidad. Perdí la imagen que los demás tenían de mí. Y durante mucho tiempo, también perdí la capacidad de hablar de ello sin sentir vergüenza.
Esta no es solo la historia de una quiebra.
Es la historia de cómo un empresario puede quedarse solo en medio del ruido de bancos, empleados, proveedores y silencios familiares.
Es la historia de decisiones que, vistas ahora, parecían anunciar el final.
Si algo aprendí es que el fracaso empresarial no es solo económico. Es emocional. Es identitario. Es silencioso.
Esta es mi crónica. La crónica de una quiebra anunciada.
Inspirado en hechos reales.
#1835 en Otros
#36 en No ficción
#353 en Relatos cortos
quiebra empresarial, historia real de empresario, depresión por problemas económicos
Editado: 23.02.2026