Tenía treinta y cinco años cuando decidí montar mi empresa.
Estaba casado. Tenía dos hijos pequeños. Venía de una familia humilde donde nunca sobró nada, pero tampoco faltó lo esencial. No heredé dinero, ni contactos, ni una empresa familiar. Lo único que tenía era experiencia técnica, ganas de trabajar y una cierta rebeldía silenciosa.
Nunca me gustó tener jefes.
No porque no respetara la autoridad, sino porque siempre pensé que las decisiones podían tomarse desde la cercanía y no desde la imposición. Creía en las personas, no en las jerarquías.
La oportunidad apareció en el momento adecuado. El sector crecía. Había clientes que confiaban en mí. Dos jóvenes sin experiencia, pero con energía y ambición, estaban dispuestos a acompañarme. No teníamos plan de negocio brillante. Teníamos ilusión.
Dinero, poco.
Mi hermana me prestó lo necesario para empezar. Ese gesto lo asumí como una responsabilidad enorme. La empresa no podía fallar. No solo por mí, sino por quienes habían confiado.
No fundé la empresa para hacerme rico.
La fundé para no depender de nadie.
Para demostrarme que podía construir algo propio.
Con el tiempo entendí que saber trabajar no es lo mismo que saber dirigir. Yo sabía resolver problemas técnicos. Sabía tratar bien a los clientes. Pero no tenía formación en gestión, ni en negociación dura, ni en liderazgo de equipos.
Aprendí sobre la marcha.
Y cometí errores sobre la marcha.
Siempre fui generoso, quizá demasiado. En las comidas solía pagar yo. En los conflictos asumía la culpa antes de repartirla. Si había que aguantar, aguantaba. Si había que cubrir un fallo, lo cubría.
No sabía imponerme.
No sabía desconfiar.
No sabía pensar primero en mí o en mi familia si eso suponía recortar a la empresa.
Reinvertía todo. Cotizaba lo mínimo para no cargar gastos innecesarios. Siempre pensé que ya habría tiempo para asegurar mi futuro.
Ese tiempo nunca llegó.
Durante años creí que el esfuerzo constante compensaba cualquier carencia estratégica. Que tratar bien a las personas, darles libertad, generaría lealtad automática. Que la honestidad era una ventaja competitiva.
El mercado no funciona así.
Yo no era un empresario brillante.
Era un hombre trabajador con un proyecto propio.
Y durante mucho tiempo confundí ese proyecto con mi identidad.
Esta no es solo la historia de una empresa que terminó mal.
Es la historia de cómo yo mismo fui construyendo algo sin darme cuenta de que, si aquello caía, yo también caería con ello.
Ahora lo veo con claridad. Entonces, no.
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Editado: 23.02.2026