Crónica Sensorial

Uno

Tres años atrás

El nuevo interno estaba nervioso. No tanto por exponer su inexperiencia en la morgue, sino por el aura de la médico forense a cargo.

Le habían asignado un turno bajo la supervisión de una de las médicas más reconocidas del país: la doctora Mariana Duarte Ramírez. La vida le había brindado una gran oportunidad.

Estaba ansioso por aprender todo lo que pudiera en esas pocas horas. Tenía una lista de preguntas en mente… y su boca eligió la más torpe.

—¿Cuántos cuerpos ha abierto usted?

Mariana, sin levantar la vista del informe, respondió:

—Más que relaciones estables.

El silencio que siguió fue incómodo entre todos los presentes, hasta que Mariana agregó:

—Es que los cadáveres no se quejan si me equivoco.

La explicación dejó más preguntas que respuestas, pero nadie se atrevió a decir nada.

En los pasillos del edificio de Medicina Legal hacía eco el nombre de Mariana. No se sabía si tenía amigos, si alguna vez había tenido pareja, si acaso tenía sentimientos. Todos tenían curiosidad sobre la vida personal de la doctora, pero seguía siendo privada, al extremo. Nadie sabía nada, solo rumores.

Mariana invitó al interno a ingresar a la sala de autopsias con un gesto simple de la mano izquierda. Pero él solo esperó a que ella cruzara la puerta primero, no por cordialidad, sino por miedo.

El aire de la sala estaba helado, no por el metal ni por la muerte, sino por la costumbre de mantener el cuerpo lejos de la descomposición. Mariana lo prefería así: el silencio del acero, el olor a cloroformo viejo mezclado con algo indefinido, tal vez adrenalina seca, formol y carne sin vida.

Ajustó los guantes de látex con precisión. El chasquido suave al encajarlos sobre los nudillos era una rutina tranquilizadora. Como contar cuatro, siete, ocho. Como alinear todos los frascos de reactivos en ángulo recto.

El cuerpo sobre la mesa era masculino, entre los treinta y los cuarenta. Piel grisácea, aún con marcas del forcejeo en los antebrazos. Las costillas parecían una prisión, una jaula sin animal. Mariana no pensaba en él como un “él”, sino como un cuerpo que contaba una historia, y esa historia debía descomponerse con más cuidado que los tejidos mismos.

Encendió la lámpara cenital. El haz de luz cayó como un interrogatorio sobre la superficie inerte.

—Incisión inicial. Línea media esternal.

Su voz, apenas audible, se mezcló con el zumbido suave de los ventiladores. Deslizó el bisturí con una firmeza,casi ceremoniosa. Sentía la vibración de la carne rompiéndose bajo la hoja como un eco remoto en sus dedos. Un sonido sordo, húmedo, íntimo. Algo entre abrir una fruta madura y pelar un secreto.

No le molestaba la sangre. Le molestaba el desorden. El caos de una muerte sin explicación. Las muertes limpias la reconfortaban. Las otras la irritaban profundamente.

Metió la mano con guante en la cavidad torácica y, por un momento, detuvo el gesto. El corazón aún conservaba calor. No literal, no físico. Una especie de memoria térmica. Eso era lo que le interesaba: lo que queda cuando todo ya no es.

Sacó el órgano con delicadeza, lo depositó en la bandeja inoxidable. El sonido fue un golpe sordo, redondo, que resonó más de lo que debía.

Mariana parpadeó lento. No porque sintiera algo —ya ni lo sabía—, sino porque el silencio parecía mirarla.

El interno intentaba no respirar por la boca.

Había leído sobre el olor dulce y penetrante de la putrefacción temprana, pero no estaba preparado para lo que impregnaba la morgue esa mañana. Sin embargo, lo que más lo inquietaba no era el cadáver. Era ella.

La doctora Mariana Duarte Ramírez trabajaba como si no hubiera nada más en el mundo.

No parecía afectada por el hedor, ni por la palidez del cuerpo sobre la mesa. Ni siquiera por la sangre espesa que emergía lenta bajo el bisturí.

De hecho, si uno observaba con atención —y él lo hacía—, casi podía jurar que disfrutaba el proceso.

Hubo un momento en que ladeó la cabeza apenas unos grados, como si escuchara mejor el sonido del corte al abrir la piel. Cerró los ojos un instante, y en su rostro apareció una expresión sutil… no era exactamente placer, pero tampoco era neutralidad.

¿Fascinación? ¿Satisfacción?

Fuera lo que fuera, el interno sintió cómo se le erizaban los brazos bajo la bata.

—¿Está... bien? —preguntó él, a media voz.

Mariana no respondió. Estaba midiendo el diámetro del hígado, murmurando cifras.

La muerte era su idioma. Y los vivos… apenas ruido de fondo.

El sonido del bisturí abriendo la piel era uno de sus favoritos. No por morbo ni por crueldad: era otra cosa. Un sonido en su lista de sonidos tranquilizadores.

La forma en que la hoja cortaba la dermis, la resistencia inicial y luego la rendición suave del tejido, tenía una cadencia específica, como arrancar una página de un cuaderno antiguo.

Sentir cómo cada capa cedía ante su precisión le producía un cosquilleo desde el cuello hasta el abdomen: una calma profunda, casi visceral.

Nada era más claro en su vida que ese momento: la mano firme, el ángulo perfecto, la línea roja que se abría con obediencia.

El olor no era desagradable. Solo era una variable más.

Podía distinguir el amoníaco suave del estómago, el tono ferroso de la sangre estancada, la dulzura enfermiza de la descomposición incipiente.

“Este cuerpo lleva treinta horas. Quizás treinta y dos.” En su mente, todo se ordenaba en patrones: colores, texturas, temperaturas.

Los órganos eran capítulos. El tórax, un prólogo. Y la sangre… una tinta silenciosa.

Escuchó cómo el interno tropezaba al fondo, pero no lo miró. Sabía que la estaba observando. Sabía lo que creía ver. Estaba acostumbrada a provocar ese efecto.

Pero la autopsia no era un acto frío para ella. Era lo más cercano a la intimidad que conocía.



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En el texto hay: terror psicolgico, forense, girlslove

Editado: 08.03.2026

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