El interno se lavaba las manos por tercera vez. No por higiene, sino por inquietud. Las manos seguían temblándole un poco.
—¿Y? ¿Cómo fue tu primer turno con la doctora Duarte? —preguntó Laura, que llevaba un tiempo haciendo su práctica profesional en el instituto, mientras se recogía el cabello en una cola perfecta.
Él dudó antes de responder.
—Es… distinta.
—¿Distinta cómo? ¿Como “genio excéntrico” o como “persona de la que tal vez deberíamos alejarnos lentamente”? —bromeó Arturo, un toxicólogo que andaba cortejando a Laura.
—No sé —dijo el interno, aún con el agua corriendo—. Tiene una forma de estar ahí… pero como si no estuviera. No reacciona como el resto. No muestra nada.
—¿Nada? —dijeron al unísono.
—Ni asco, ni lástima, ni interés por nosotros. Pero cuando abre un cuerpo, es como si entrara en un trance.
—Eso se llama ser buena en su trabajo —opinó Laura, encogiéndose de hombros.
—No, no lo digo por eso. Es otra cosa. Cierra los ojos cuando corta. No por impresión, sino como si disfrutara el sonido. Como si le gustara de verdad.
—¿Qué, el sonido de la piel abierta?
—Sí.
Silencio.
—Yo escuché un rumor —dijo Arturo en voz baja—. Que una vez se rió en medio de una autopsia. Estaba sola con el cadáver de una niña atropellada, y uno de los técnicos la escuchó reír. Como si le contaran un chiste privado.
—No inventes —recriminó Laura.
—Te digo lo que me contaron.
Laura cruzó los brazos.
—Puede tener rasgos psicopáticos. No todos los psicópatas son asesinos —aclaró el toxicólogo—. Hay funcionales. Altamente inteligentes, profesionales.
—Y muchos terminan en medicina —agregó el interno, más convencido de lo que proponía Arturo—. En cirugía… O forense.
El interno se secó las manos, pero no dijo más. Porque, en el fondo, también lo había sentido. Esa calma rara, ese placer inquietante, ese silencio alrededor de Mariana que no era profesionalismo.
Era algo más…