Han pasado cuatro horas desde que crucé la última palabra con Arthur Doyle. Cuatro horas desde que vi cómo el mundo que creía entender se volvía polvo entre mis dedos. Cuatro horas desde que escuché por primera vez el nombre real del horror: Proyecto Astarté.
Astarté…
Un nombre antiguo, casi místico, manchado por la sangre de niños que nunca supieron lo que era jugar sin miedo. Un nombre que sonaba a templo, pero que era, en realidad, una tumba compartida entre la mafia irlandesa, la griega y la rusa. Un nombre detrás del cual se ocultaba un mercado de carne infantil, de esclavos de guerra, de soldados moldeados desde la cuna como armas vivas.
Arthur me lo mostró todo. Todo comenzó hace más de dos décadas, en un orfanato en Atenas.
Leónidas había sido un estratega brillante, pero podrido hasta el tuétano. Su obsesión era crear un ejército invisible: niños soldados adoctrinados desde que aprendían a caminar, entrenados como perros de caza, programados para matar sin dudar.
Cuando salí de la mansión de Arthur, el cielo irlandés estaba teñido de gris. La brisa olía a sal, pero también a muerte. Caminé en silencio por la avenida de piedra hasta perder de vista los muros. Nadie me siguió. Nadie me detuvo.
Fui directo al aeropuerto. No pensé en nada. No miré a nadie.
Cambié de identidad en el baño, como tantas veces antes: cabello hacia atrás, lentes oscuros, documentos falsos. Compré el primer vuelo directo a Moscú. Sale en treinta y cinco minutos.
Ya no hay espacio para el miedo. Esta será la última noche de Semión Moguilévich. Voy a entrar por su puerta como su hijo. Voy a salir por esa misma puerta como su verdugo. No por venganza. No por poder. Sino porque solo con su muerte… Vera podrá vivir a mi lado.
Y porque sé que, si no lo hago ahora, nunca saldré de su sombra. Nunca dejaré de ser ese niño encadenado por la promesa de un monstruo.
El nombre Astarté aún arde en mis oídos. Semión es el último eslabón de esa cadena. Y yo, Adrik Moguilévich, soy la bala que la romperá.
Para Vera. Para todos los que murieron antes de tener una infancia. Y para mí.
Moscú me recibió con la frialdad habitual de sus amaneceres de agosto. Nada había cambiado. Ni el aire denso cargado de metal y amenaza, ni el concreto grisáceo que se elevaba como lápidas mal disimuladas, ni las miradas furtivas de los hombres en los callejones que sabían más de lo que decían. A veces pienso que esta ciudad respira como un monstruo dormido: lenta, sucia, peligrosa… y que cualquier paso en falso puede despertarla con hambre.
Bajé del avión con el alma encendida, pero el rostro de piedra. No había espacio para titubeos ni para preguntas. Solo tenía un objetivo y una ventana muy estrecha para alcanzarlo. Mi respiración era controlada, casi medida como si cada inhalación fuera un disparo que debía ocultar en la oscuridad.
La mansión Moguilévich emergía a lo lejos como una aberración barroca: columnas doradas, esculturas grotescas en el jardín, fuentes de agua teñida por el musgo, ventanas opacas como si ocultaran siglos de pecado. Aquello no era un hogar, era una trampa. La misma trampa de la que una vez intenté huir, cuando aún creía que podía ser libre si corría lo suficiente. Hoy volvía a entrar… con la llave y el fósforo en el bolsillo.
El portón se abrió como el rugido de una garganta vieja. En cuanto puse un pie dentro, supe que me estaban esperando. Dos hombres armados me guiaron hasta el despacho de Semión sin decir palabra. No era necesario. Las reglas de esta casa nunca se habían escrito, pero estaban grabadas a fuego en la carne de todos los que cruzaban su umbral: aquí no se habla sin permiso, aquí no se cuestiona al león, aquí no se sobrevive desarmado.
Semión me recibió sentado tras su escritorio imperial, vestido con un traje negro a la medida y una copa de coñac en la mano. Sus ojos, esos ojos pálidos como hielo sucio, me inspeccionaron como si pudiera oler cualquier atisbo de traición desde donde estaba. Sonrió. Esa sonrisa que siempre había odiado. La de un hombre que cree haber ganado desde antes de comenzar el juego.
—Adrik —dijo con voz grave, arrastrando las sílabas como si paladeara cada una— Llegas justo a tiempo. El jet está esperando. A las ocho en punto despegas hacia Dublín. En veinticuatro horas, serás un hombre casado. Y yo, un hombre tranquilo.
Tragué saliva. No hablé aún. Solo asentí con la cabeza, como solía hacerlo de niño, como si aún fuera ese muchacho tembloroso con los nudillos ensangrentados y el alma en ruinas. Me acerqué sin titubear, sintiendo en la espalda los ojos de sus hombres, los rifles escondidos tras las chaquetas, las sospechas colgando del techo como lámparas mal apagadas.
Semión se levantó, se acercó a mí, y me colocó ambas manos en los hombros con un gesto casi paternal. El peso de sus dedos era el de una sentencia.
—Muriel es la puerta, Adrik. Su padre es un imbécil ambicioso, sí… pero con poder. O’Connor cayó, Irlanda se está pudriendo, y nosotros la vamos a recoger pedazo a pedazo. No me falles. O lo lamentarás más de lo que lamentaste nacer.
No respondí. Solo respiré.
Entonces, su voz se volvió un susurro venenoso junto a mi oído.
—Y si en algún rincón de esa cabecita tuya estás soñando con traiciones… recuerda que no estás hecho para ser un líder. Tú eres un arma. Y las armas no piensan. Se usan… y se desechan.
#303 en Detective
#271 en Novela negra
#131 en Joven Adulto
ficcion psicologica oscura, drama infantil extremo, thriler emocional y violento
Editado: 12.02.2026