Un solo corte o puñalada parecía haber sido suficiente para acabar con la vida de aquellas personas. Algunos tenían la garganta rajada, y otros tenían una gran mancha de sangre allí donde la espada les había atravesado.
—Deberíamos dar aviso en la ciudad —mencioné.
—Quizá sea media noche. Será más rápido hacerlo en el siguiente poblado —respondió mi compañero.
—¿Crees que deberíamos hacer algo con los cuerpos?
—No conozco sus rituales. Dejemos que los guardias recuperen los cuerpos y los lleven de regreso a sus tierras.
Me mostré de acuerdo y dejamos el sitio. Esta vez ninguno de los dos quiso seguir descansando. No era común para nosotros presenciar ese tipo de actos. Los había, claro, pero solo después de una enemistad prolongada, quizá de generaciones. Me di cuenta de que en verdad ya no nos encontrábamos en el norte.
—Ese fue un acto vil —comentó Runfeld. —Había escuchado de la crueldad de los imperiales. Pero matar por una riña.
Sus labios se fruncieron y apretó las riendas, la frase quedó en el aire. Creía saber lo que sentía en ese momento. Yo solo asentí, un hueco en mi estómago me impedía hablar. Me imaginé llegando a un desacuerdo con aquel tipo de personas, para terminar mi viaje en una zanja. Mi travesía terminaría por el cuchillo de un cobarde, en lugar de en las garras de una bestia.
Cuando reportamos el hecho a unos guardias que recorrían el camino, esperé un exhaustivo interrogatorio que no llegó. Después de escuchar sobre la trifulca, solo movieron las cabezas a modo confirmación y partieron.
—¿Buscarán a los asesinos? —preguntó Runfeld.
Pero los guardias solo miraron al camino antes de responder.
—No nos entrometemos en los conflictos externos al gremio. Si les pillamos cometiendo otro asesinato, tenga por seguro que lo haremos. Pero en este caso, solo intentaremos entregar los cuerpos a las familias si alguien puede identificarlos en Bravélis.
Y a pesar de las enérgicas protestas de mi compañero, solo atinaron a partir.
El amanecer nos recibió tomando un desvío, fuera del camino principal. Una señalización en lengua común nos indicaba el camino; ya con el nombre desgastado y la madera abierta y astillada. Distinguí el nombre “Brumial”.
Las ruedas golpeteaban en el camino irregular, y el sonido se colaba entre el cantar de las aves. Un leve aroma a carbón quemándose llegó a mi nariz. Mientras me preguntaba de dónde vendría el aroma, un grito de auxilio llegó a nuestros oídos. No pude evitar pensar en algún inocente siendo víctima de una cobardía. Tomé las riendas y con un golpe hice a nuestras bestias dirigirse a toda velocidad al sitio.
—¡Qué crees que haces! —protestó Valdrik, pero no tenía tiempo para eso.
Rebotábamos en nuestro asiento al salir del camino. La carreta golpeó con un par de troncos al dar una vuelta cerrada. Sentí una de las ruedas mantenerse en el aire, amenazando con que volcáramos. El llamado se escuchó cada vez más cerca. Era un hombre, podía asegurarlo. Noté cómo mi compañero comenzaba a escrutar los árboles, quizá buscando a quien pedía socorro. Un resoplido sonoro se distinguió en el ambiente; varias aves huyeron de sus ramas por el bullicio.
Alcanzamos un pequeño claro, donde algo similar a un cerdo perseguía a lo que pensé era un niño. Throk y Grun tiraban las riendas de forma agresiva. Bajé y las solté, propiciando que nuestros escamosos guerreros se abalanzaran contra la criatura. Yo tomé el hueso con el que solía entrenar. Lo recargué en mi hombro: por fin pondría a prueba lo aprendido.
Los reptiles derribaron a su objetivo. Este giró sobre su lomo y les encaró. Una amplia y alargada boca, con cuatro enormes colmillos y afilados dientes, les amenazó. Bufaba con aire bronco, sin avanzar. Sus atacantes también amenazaban, en su sitio. Emergí entre mis compañeros, listo para la batalla.
Noté que la bestia era más alta que yo a la cruz, quizá por uno o dos palmos. Mi arma se elevó, con la fuerza íntegra de cada parte de mi cuerpo. Descendió a una velocidad que resultó sorprendente, incluso para mí. Sin embargo, mi oponente lo esquivó, lanzando a continuación un mordisco. Pude ver las fauces aproximarse a mi rostro.
Utilicé el hueso como eje, rodeándolo y colocándome al costado de mi atacante. El impulso del movimiento me dio la posición adecuada para otro golpe. Cada fibra de mi cuerpo se tensó para realizar un barrido lateral. Asesté de lleno en un flanco. Sentí como el arma levantó unos instantes a mi oponente; este se dobló y cayó sobre el lomo.
Un chillido agudo inundó el aire mientras mi oponente se debatía en el suelo. Los vultcarones no perdieron oportunidad: atacaron con mordiscos en patas y lomo. La bestia intentó desde el suelo atacar con los colmillos, moviendo la cabeza de arriba a abajo, pero ellos se apartaron.
Volví a colocar el hueso sobre mi hombro, en aquella improvisada posición de ataque que había ideado. Pero el animal dio un bufido, pateando el suelo, aunque con las orejas plegadas y los ojos entrecerrando. Yo vociferé un rugido de guerra, por enseñanza de mi señor padre para intimidar, áspero y ronco.
El animal movía su cabeza, como si evaluara mis intenciones. Ante la ausencia de mi avance, comenzó a retroceder. Di un giro para arremeter el suelo con mi arma. Un nuevo bramido surgió de mi ser, haciendo vibrar mi garganta en un tono casi gutural. Nuestro oponente dio unos últimos pisotones antes de perderse entre la vegetación.
Throk y Grun sisearon mientras las pisadas y bufidos se alejaban. Entonces un movimiento en unos arbustos pareció llamar su atención. Se acercaron, tanteando con las lenguas hasta meter los hocicos, rebuscando. Un destello surgió de entre las hojas, dando un golpe rápido en sus hocicos. Uno de ellos retrocedió, rascándose con la garra donde le atizaron. El otro sacudió la cabeza, para después meterse en la maleza con un gruñido. Estuve por saltar para sujetarlos, pero me sorprendió una figura pequeña que saltó por sobre nosotros.