Regresamos a la gran ruta comercial del oeste, para encontrar nuestro camino al reino Egrilhos. La mayor parte del tiempo fuimos acompañados por lluvias cálidas. Nostradum prefería resguardarse bajo una manta de piel, que extendía en la parte trasera de la carreta. En cuanto a Runfeld y a mí, no nos molestaba ser refrescados por el suave tacto del agua.
—No durarías más de un día en el norte, anciano —sentenció Valdrik en una ocasión—. Allá, solo encontramos agua caliente en los brunthar.
—Conozco sus aguas termales, jovencito. Ya he estado allí —el anciano asomó su cabeza por entre su refugio, con una sonrisa satisfecha al vislumbrar a mi compañero desencajando la boca—. Además, fui un comerciante. Conozco varios de sus términos. Tendrás que hacer algo mejor si buscas confundirme.
Las orejas de mi compañero se enrojecieron. El sonido de las gotas tamborileando en la manta llenó el silencio, junto al chapoteo de Throk y Grun frente a nosotros.
—Mis intenciones jamás son deshonestas como las tuyas, anciano —respondió—. Solo… no conozco sus términos sureños. Mi vida, mi clan y mi familia siempre estuvieron en el norte.
No pude evitar levantar mis cejas y mirarlo con los ojos abiertos.
—No sabía que tenías familia —comenté.
Él continuaba su mirada atenta al camino. Removió sus hombros, con los ojos entornados.
—Es porque jamás lo preguntaste. Tuve una familia, como cualquier buen hombre debe hacer.
No pude evitar que el aroma a bosque mojado y la conversación me hicieran sentir pleno el corazón. Threda acudió a mi mente. La calidez recorrió mi interior al imaginarme con ella, de regreso a Andaberg.
—Seguro te dejaron por tu peculiar genio —agregó el herrero.
La cabeza del viejo cazador giró tan rápido que pensé que se desencajaría. El fuego en su mirada era tal que por instinto estiré mi mano hacia Nostradum.
—¡Las mujeres norteñas no hacen tales bajezas! Ella solo… —su mirada rehuyó hacia la arboleda —. Ellos me esperan en los grandes salones de Fandor, junto a mi clan.
La mueca juguetona de Nostradum se borró de forma inmediata.
—No era mi intención… —declaró, escondiendo el rostro de regreso a su refugio.
La orgullosa postura de mi compañero pasó a ser encorvada.
—Lamento eso —agregué.
Los sonidos del ambiente fueron la única respuesta. Dejé que la lluvia lavara cualquier pena nacida de aquella conversación.
La siguiente luna nos llevó a lo que parecía un puesto fronterizo. Conforme avanzábamos hacia la construcción con coloridas torres y cúpulas, observé varias atalayas por ambos lados. Las separaba una profunda zanja. Un par de guardias se adelantaron a recibirnos. El águila bastarda se alzaba en su sobrevesta. El pico que adornaba su yelmo les daba un aire fiero.
—Bienaventurados seáis bajo la luz —declaró uno de ellos.
—El viento ha guiado mis pasos. Valdrik Runfeld, hijo de Domvald Runfeld, viene en paz.
—Conque sois Norteños. No tenemos muchos como vosotros por aquí. ¿Qué os trae a las tierras de vuestra majestad Arturoz Egrilhos?
El otro guardia comenzó a rodear la carreta. Con su alabarda removía el contenido.
—Un viaje de descubrimientos —intervino Nostradum—. Mis compañeros son cazadores, respetables. Yo soy un herrero del Gremio Mercante. Aquí pueden admirar algunas de mis obras —dijo, señalando nuestras armas y lanzando una daga enfundada a un guardia.
Él volvió con su compañero, observando la obra en su mano. La luz arrancaba destellos en el oro y las joyas incrustadas. Throk casi le hace tropezar con su hocico. Ambos le observaron entrecerrando sus ojos.
—Esas viles bestias no son del norte.
Sus músculos se tensaron mientras cerraba sus puños. Más soldados se adelantaron unos cuantos pasos. En la torre algunos artilleros prepararon sus cañones de mano.
—Excúsenos por ellos. Fueron un regalo que no pudimos rechazar. Además, a este grandulón le emocionan las criaturas peligrosas. Gajes de su oficio —señaló el herrero.
Los vultcarones bufaron. Runfeld descendió de un salto para darles un par de palmadas en el lomo. Yo solo apreté mis manos contra mi asiento.
—Saben lo traicioneros que pueden ser los imperiales. No me quise arriesgar a despertar su furia.
—Fuimos testigos de su crueldad —agregué, sintiendo cómo mi labio temblaba ante el recuerdo —. En Bravélis presenciamos un altercado entre imperiales y hombres de su rey. Cuando abandonamos la ciudad encontramos los cuerpos con el blasón en su pecho fuera del camino.
El que tenía la daga dio un golpe con su arma al suelo. El otro endureció su semblante y maldijo:
—Maldito imperio ponzoñoso. Solo recorren su vía da serpente vazia para continuar esparciendo la muerte.
Nuestros animales detuvieron sus amenazas. Lo único que interrumpía el silencio eran las palmadas de Valdrik en sus lomos. Los dos guardias se miraron por un momento. Uno de ellos levantó la mano y los artilleros bajaron sus armas con un gesto mecánico.
—Debo suponer que vuestra intención surcando Trilho dos altos céus es volar hasta los mismos cielos.
Valdrik y yo nos miramos con la cabeza ladeada, frunciendo un lado de la nariz.
—Así es, buscamos riqueza ofreciendo mis servicios a la nobleza de su reino —respondió Nostradum.
—El que alza la vista al cielo puede volar a pesar del polvo, no lo olvidéis. Espero que vuestras alas no se partan.
Dicho esto, ambos se apartaron para abrirnos paso, quedándose con la daga.
Durante las siguientes lunas deambulamos por algunos poblados rodeados de sembradíos. A pesar del mapa, detuvimos a un granjero con un pañuelo de un amarillo descolorido en las afueras. La ruta comercial se había convertido en un laberinto de bifurcaciones.
—Bienaventurados sean bajo la luz —respondió, pero sus ojos se desorbitaron al mirar a nuestras criaturas.
Sin mediar más palabras se alejó, rehuyéndonos la mirada. Esta reacción se repitió con cualquier persona a quien intentábamos pedir indicaciones. Los caminos nos regresaban a pocos pasos de pueblos que ya habíamos visitado. También llevaban a pasajes sin salida o senderos que se perdían en la espesura. Fue hasta que otra suntuosa arma del cofre de Nostradum nos consiguió la indicación correcta de un par de soldados.