La humareda del volcán se había hecho más densa, cubriendo incluso la luminosidad en las fisuras hirvientes. La luz del crepúsculo apenas se filtraba en el horizonte, allá donde la neblina volcánica era solo jirones danzantes. Los artilleros precedían la marcha. Danilo se encontraba en un asiento entre Runfeld y yo. El silencio solo era perturbado por el andar de los corceles y el cascabeleo del carromato. Intermitentes rugidos lejanos me hacían preguntar si era la roca hirviente, o el dragón anticipándose a la batalla.
A la primera intersección, Nostradum se desvió. A pesar del aire corrupto, seguía dando caladas a su pipa.
—Salir en una pieza. No me apetece regresar con estas bestias a mi hogar, ni dar explicaciones al comandante —dijo, mientras frotaba sus párpados, manchados con hollín.
—Tampoco pienso dejar a Throk y Grun tanto tiempo a los cuidados de un viejo demente. La locura podría ser contagiosa —respondió Valdrik, con un bufido juguetón.
—Regresaremos —declaré —. El viento nos trajo hasta aquí.
—En las montañas estaba escrito —continuó mi compañero.
El herrero dejó escapar la bocanada de humo por los bordes de sus labios. La mueca endureció el semblante en gélida indiferencia; lo que se elevaba desde sus comisuras daba aspecto de colmillos ahumados.
—Déjense sus florituras norteñas para cuando hayan extinguido el fuego del dragón.
—No somos sureños —respondió Valdrik, volteando la vista hacia el volcán y mirando de reojo al anciano—. Jamás hablamos en vano.
Los hilillos humeantes comenzaban a dispersarse cuando, de una nueva exhalación Nostradum les devolvió la vida.
—Hablas con mucha confianza para alguien que está fuera de la protección de sus dioses. Tenía entendido que por eso los norteños no salen de sus feudos.
Runfeld carraspeó un poco la garganta. Volvió a mirar al herrero de soslayo.
—Las viejas costumbres son claras: allí donde el norte vive, el gran Fandor da su protección. Además, no estoy desprotegido —dijo, señalando un par de cuernos colgando de su costado.
—Olvidaba la importancia que le dan a esos amuletos —sentenció Nostradum, antes de iniciar su marcha.
Throk y Grun salieron disparados, haciendo saltar en cada zancada a su jinete. Podía adivinar que olfateaban alguna presa.
El andar continuó, con Danilo saltando entre cada estallido del volcán. Su vista vagaba por los alrededores, como si pensara que cada sombra lo acechaba. Noté el leve temblor de sus manos, frotándose una contra otra.
—Luriel Alvar, ¿en verdad enfrentasteis a ese dragón cara a cara? —atinó a preguntar el joven, con el tono bajando a cada palabra.
—Sí, lo hicimos cuando, al parecer, los cañones lo obligaron a descender. Y no necesitas ningún tipo de título conmigo, no soy un Luriel o como me hayas llamado.
El muchacho entornó sus ojos, manteniendo la mirada fija en mi rostro. Torció la boca de lado, como si hubiera mencionado algo que no alcanzaba a comprender.
—Excusadme, pero en estas tierras es lo propio hacia alguien mayor. Por cierto, debería afeitarse. Quizá en el norte sea elegante, pero aquí pasarían como vagabundos. Sin ofenderos.
Me froté la mano sobre el mentón; podía sujetar unos cuantos vellos con la punta de mis dedos y trenzarlos. Sonreí ante aquella revelación.
—No creo ser tan mayor para recibir ese tipo de trato. Debemos tener edades similares.
Danilo levantó las cejas, esbozando una media sonrisa.
—No pretendo contrariaros, pero su físico le delata. Los soldados requieren algunos años más, después de graduarse de la academia, para adquirir su físico.
Valdrik dio una pequeña risotada. Pero paladeó un poco ante las cenizas que le pintaron la lengua. La cercanía al volcán hacía el ambiente más viciado.
—Solo se necesita un buen mentor y práctica para adquirir los conocimientos necesarios. Esas academias solo retrasan la maduración de un hombre.
—Quizá en el norte, con sus bosques y nevadas no sea necesaria una formación formal. Pero en estos sitios más… civilizados, es un deber la educación apropiada.
—¿A qué edad terminó tu formación en la academia? —pregunté, intrigado ante esta revelación.
Con seguridad, mis ojos brillaron ante la posibilidad de más tomos similares al codex que había dejado en el fortín. Aunque sabía que Valdrik no lo valoraría. Danilo desvió la mirada, rascando su cabeza.
—Yo… de haber nacido en alguna casa importante lo completaría en dos años. Tendría entre veintidós o veintitrés, como la mayoría de cavaleiros cuando concretan su ingreso al ejército real.
—Lo lamento, no sabía… —balbuceé a modo de disculpa.
Él solo le restó importancia con un ademan de la mano.
—Existen otras maneras de convertirse en cavaleiro, como grandes hazañas, valentía y representar un actuar digno. Como las antiguas casas obtuvieron sus títulos en la edad de los héroes.
Una risotada cortó el aire. Delante de nosotros, Cid Rodan disminuía su paso para colocarse a la altura del carromato. Para entonces, la prenda bajo mi peto comenzaba a pegarse a la piel por el sudor. No evité dirigirle una mirada osca.
—No se han nombrado plebeyos cavaleiros desde el inicio de la edad de los imperios. ¡Casi 270 años desde la última vez! No ha sucedido en todo ese tiempo, y vos no seréis la excepción. Ni siquiera podéis hablar con propiedad; entremezcláis nuestra formalidad con vuestro tono mundano.
Danilo le evadió la mirada, encogiéndose como quien recibe una pedrada. Cid Doulmar le miró por sobre el hombro.
—¡Callad los dos! Estamos cerca.
Una construcción de ornamentos simples se alzaba ante nosotros, junto a una mina reforzada con tocones y vigas. Los escombros aún lucían en el camino, y podía vislumbrar un atisbo de ascuas entre los muebles calcinados.
Los artilleros avanzaron hacia la caverna. El caballo de Cid Doulmar comenzó a cocear. Lanzó dentelladas girando la cabeza a cada jalón de las bridas. El resto de las monturas comenzaron a imitarle. Los nuestros tiraron del carromato. Una rueda se elevó; Runfeld tuvo que tomar las riendas para evitar la volcadura.