—Vaan —susurró una voz grave, casi imperceptible—. Por aquí.
Vaan, que había cumplido los quince hacía apenas tres días, se hizo un lío con la cuerda del arco, demasiado grande para él.
Su padre sonrió, reflejando un breve destello de la blancura de su sonrisa en la creciente oscuridad.
Con paso grácil y la gracilidad de una criatura del bosque, saltó entre un matorral en completo silencio y se encaramó al ancho tronco de un viejo roble.
Vaan y Vindicar, su padre, llevaban varias horas rastreando a su presa, un alce enorme del que, con seguridad, sacarían una buena suma de dinero.
Y eso era bueno. Muy bueno, de hecho. Estaba siendo un invierno duro. Atípicamente duro, incluso para los habitantes de Dressen.
Vaan intentó sin éxito igualar la destreza de su padre para moverse entre los naturales obstáculos del bosque. Una ramita crujió bajo uno de sus pies. Lo que debería haber sido un ruido sin importancia, resonó en su mente como si un gigante intentara abrirse paso entre aquellos árboles milenarios, tan altos como las torres de Illodia.
Al llegar al lado de su padre, lo miró a los ojos, entre avergonzado y culpable. Éste le dio un suave golpecito con el codo. Luego le guiñó un ojo y sonrió.
Esperaron escondidos entre la espesura.
De pronto, se escuchó un ruido cercano, parecido al que había provocado Vaan. Vindicar se llevó el dedo índice a los labios. El animal no debía andar muy lejos.
Continuaron moviéndose durante largo tiempo en completo silencio, agazapados, lidiando con matorrales y zarzas de espinas afiladas como espadas. Piedras malintencionadas se ocultaban bajo la dura tierra y el musgo, obligándolos a medir cada paso. Los robustos y agrietados troncos de robles y abetos les servían como cobertura improvisada.
No podían permitirse dar un solo paso en falso o jamás lo alcanzarían.
De cuando en cuando, su padre le señalaba el apenas visible trazo de una huella en la tierra, pequeñas matas de pelo enredadas en las zarzas o gotas de orín que salpicaban las hojas. Todo parecía sencillo cuando Vindicar —considerado el mejor cazador de Dressen y, seguramente, de la región— se lo mostraba.
Era ya la tercera semana acompañando a su padre y a su compañero, el joven Emreas, en sus largas jornadas de caza.
Su madre y en especial, su abuela albergaban la esperanza de que, al fin, se interesara y mostrara ser hábil en alguna disciplina. Sus hermanos, con la irreverente crueldad de los jóvenes, se reían entre dientes.
Pues Vaan era el único de su familia que había llegado a la friolera de quince años sin haber hallado aún su sahendir, su senda en la vida.
Era un chico de complexión delgada, no muy alto, de pelo rebelde y enmarañado color marrón oscuro y unos vivaces ojos marrones con toques dorados como al miel. Su familia lo consideraba torpe y debilucho, lo cual no era del todo falso, pero lo compensaba con creces con una inteligencia y una intuición muy superiores a la media.
Su secreto era su intensa motivación por aprender. Siempre había sido curioso y un poco más espabilado que los chicos de su edad, o eso decía su madre, orgullosa. Quizá en Illodia hubiese tenido un futuro prometedor como académico, bibliotecario o incluso mago o hechicero, quien sabía.
Pero aquellas eran las tierras gélidas del reino de Nornodia, la región más alejada de la civilización, rodeada de inmensos bosques y escarpadas montañas congeladas.
Los habitantes de Dressen eran duros como la piedra y, aunque no por ello intrínsecamente idiotas, Vaan se sentía fuera de lugar entre ellos.
Tan solo sus padres, Vindicar y Sonya, parecían comprenderlo.
Vaan estaba tan absorto en medir sus pasos e imitar a su padre que el repiqueteo de una piedra lo sobresaltó.
Una fiera sonrisa se dibujó en el rostro de Vindicar.
—¿Ves aquel claro? —le susurró mientras asomaba la cabeza desde la improvisada cobertura. -Entre aquellos dos árboles de corteza gris, con las ramas entrelazadas.
Vaan lo imitó. Tal como le había indicado su padre, distinguió un claro unos cincuenta metros más adelante, difícil de distinguir entre la espesura que cada vez se hacía más densa a medida que se internaban en las profundidades del bosque. Unas aves revolotearon entre las copas de los árboles.
De haber tenido el oído entrenado durante décadas de su padre, habría percibido el suave arrullo del agua entre las piedras.
—Si mal no recuerdo, el río Lunáldena fluye unos cuantos kilómetros al este —dijo Vindicar, olisqueando el aire—. Debe de haber una charca o un manantial cerca.
Avanzaron furtivamente durante unos minutos más hasta vislumbrar el claro. Y tal como había predicho Vindicar, allí se encontraba un pequeño manantial de agua cristalina. De él bebía despreocupadamente el alce al que llevaban casi el día entero siguiendo la pista. Era enorme y su cabeza de pelaje marrón oscuro estaba coronada con una cornamenta magnífica salpicada de barro, hierba y hojas como adornos. Era un animal verdaderamente precioso.
La emoción recorrió a Vaan de la cabeza a los pies y el corazón comenzó a latirle con fuerza.
Su padre le apoyó una mano en el hombro, en señal tranquilizadora. Aún permanecían ocultos bajo una espesa mezcla de matojos y arbustos.
—Esta será tu primera pieza, hijo —dijo muy serio, sin alzar la voz, clavando unos ojos intensos en los del chico.
Vaan volvió a asomar la cabeza para observar al animal que, en ese instante, al igual que él, mantenía las orejas alzadas y los ojos oscuros bien abiertos, atento a cualquier señal de peligro.
La voz le salió débil.
—¿No es muy grande?
Vindicar sonrió con calma.
—No es el más grande que he visto —respondió—, pero es un ejemplar más que digno.
Vaan tragó saliva.
Recordó las largas horas practicando con el arco junto a sus hermanos. Al principio se mofaban de la poca fuerza de sus disparos, que se clavaban en los muñecos de paja casi por milagro. Con el tiempo, sin embargo, había logrado disparar como cualquiera de ellos.
#1230 en Fantasía
#670 en Personajes sobrenaturales
fantasía drama romance acción misterio, fantasia epica aventura, batalla humor reinos razas aventura
Editado: 13.01.2026