Crónicas de Illodia I : Al otro lado del Velo

Capítulo 2: Canciones, historias y baratijas varias

Si bien el reino de de Nornodia era notablemente extenso, sus tierras se encontraban relativamente poco habitadas.

A lo largo de su historia, Nornodia había sido un próspero reino oldari, pero aquello sucedió hacía tanto tiempo que el frío y la nieve terminaron por borrar casi todos sus recuerdos.

Así, el reino —ahora en manos de los hummos— constaba de cuatro grandes ciudades. Desgraciadamente, se trataba de una región castigada por la intemperie y la ira constante del viento glacial, lo que hacía difícil el comercio y frenaba cualquier atisbo de prosperidad. Aun así, las gentes de Nornodia eran duras y frías como el suelo que pisaban.

Subsistían. Que no era poca cosa.

De entre aquellas ciudades, Kardessen, la capital, y Nordren, con su puerto fluvial, eran las más prósperas. No por casualidad, ambas se encontraban más al sur, donde el clima resultaba algo más piadoso. Dressen, por su parte, servía más como lugar de paso que como verdadero centro urbano, un enclave necesario en el camino hacia Trajdessen, la antigua capital: una ciudad antaño magnífica, condenada por el pecado de alzarse en la frontera con Sukria... y por un frío espantoso.

Por último, se encontraban Hjaldren, al nordeste, con sus minas abandonadas y una ciudad que había conocido tiempos mejores, y Dörenssen, protegida al abrigo de grandes montañas, tan imponentes como inexploradas y peligrosas; las Montañas Innominadas. ¿Aquello ya constituía un nombre en sí? Aquello era discutible.

Tras aquellas montañas —cuyo nombre real se había perdido en el tiempo junto con los oldari— se ocultaba un oscuro secreto. Una maldad antigua. Un misterio que solo unos pocos en el mundo eran capaces de comprender.

Allí, la tierra se abría en una grieta colosal, como un cañón de profundidad inimaginable, cuyas entrañas albergaban horrores peores que las pesadillas... y lamentos que nunca terminaban de extinguirse.

Las tres calzadas principales atravesaban los principales núcleos de población del reino. Sin embargo, desviarse de ellas para alcanzar un pequeño asentamiento o tomar un simple atajo podía resultar tan peligroso como bailar en cueros durante la noche.

En uno de aquellos grandes caminos, embarrados durante el día y congelados durante la noche, a menos de una jornada de Hjaldren, avanzaba lenta y concienzudamente un pequeño carromato tirado por un famélico rocín. Resultaba casi digno de admiración, pues las ruedas, que crujían a cada traqueteo del camino, se encontraban en un estado lamentable.

En el asiento del carromato, envuelto en pieles y mantas, con un remendado sombrero aplanado, viajaba un sujeto barbudo, fumando de una pipa. Murmuraba palabras sin ton ni son y, de vez en cuando, se atrevía a cantar alguna canción, cuando la quejumbrosa tos que tanto le estaba costando dejar atrás se lo permitía.

¿Vinagre, tormenta, hierba o tocino —cantaba, algo desafinado, con una voz grave—, qué necesita mi bien hallado vecino?
Echa un vistazo al carro de Chispa,
pues algo siempre se encuentra,
algo siempre encuentras...

El viento glacial había cesado por fin y el anciano parecía encontrarse de buen humor. Carraspeó dos veces y aspiró el humo de su pipa.

—Esto de crear canciones no es lo mío, he de admitirlo —dijo mientras se arrebujaba en una manta marrón, raída y remendada en varios lugares—. ¿Tú qué opinas, Risueña, querida?

La yegua era más bien un saco de costillas con cuatro patas que parecía a punto de estirar la pata en cualquier momento, pareció entenderlo y meneó la cabeza de arriba abajo, lanzando un pequeño bufido que arrancó una gran voluta de vaho a su alrededor.

—Sí, sí, menuda ratona eres —repuso el viejo—. Dices eso para animarme...

Se quedó un instante en silencio, pensativo. Como la yegua no parecía tener nada más que añadir, prosiguió:

—¡Ah, claro, ya entiendo!

Tiró muy suavemente de las bridas, haciendo que el carromato se detuviera. Más ágil de lo que cabría imaginar en un hombre de tan avanzada edad, saltó del carro con una elegancia y un brío asombrosos. Al llegar al suelo, la desgastada suela de sus botas resbaló en un incipiente charco congelado entre los adoquines y el barro. Cayó pesadamente sobre sus posaderas.

—¡Ay! —exclamó, seguido de—. ¡Kharrums del infierno! ¡Cavad más hondo! ¡Perdeos en las montañas!

Se puso en pie y se acercó a la yegua, que comenzó a mover el rabo, expectante.

—Mi querida y bien hallada Risueña —dijo, tocándole la frente con una mano mientras llevaba la otra a la espalda.

Hizo un gesto de dolor un poco teatral y dejó escapar un leve quejido, pero con un ademán rápido sacó la mano hacia delante y, como por arte de magia, apareció en ella una manzana enorme, de un rojo brillante.

La vieja Risueña bufó y dio unos suaves brinquitos, haciendo sonar los cascos contra el empedrado camino.

El anciano dio una calada a la pipa y con la otra mano, le ofreció la manzana, que la yegua atrapó de un solo bocado, masticándola con parsimonia.

Croc, croc, croc.

—No voy a permitir que me chantajees con halagos inmerecidos, ¿eh, vieja resabiada? —le dijo con cariño—. La próxima vez necesitaré una crítica sincera. Debo sorprender a hombres y enamorar a las mujeres de esta humilde región. ¿No es así?

El anciano alzó la vista hacia el cielo despejado. Oscurecía con una rapidez inusitada en aquel lugar. Se encogió de hombros, encendió un candil sujeto a uno de los laterales del carro y volvió a dar una calada a su pipa de madera oscura.

Risueña, sin necesidad de ser azuzada, retomó la marcha, acompañada aún por los crujidos satisfechos de su manzana. Croc, croc, croc.

Las primeras luces del alba despuntaban por el oeste, mientras Risueña seguía el camino con una lentitud casi calculada. No en vano, el hombre mayor de la barba y la pipa había decidido recostarse en el interior del carromato, envuelto en mantas hasta los ojos, para descansar. Tal grado de confianza tenía en su maltrecha yegua que pudo dormir plácidamente unas cuantas preciosas horas. Debía llegar lúcido y en las mejores condiciones posibles a su destino. La primera impresión era la más importante.




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