Crónicas de Illodia I : Al otro lado del Velo

Capítulo 2: Lo que el bosque se llevó

Vaan se detuvo en seco.

Se trataba de un roce leve, apenas perceptible, como hojas agitadas por el viento.

A su derecha, entre el follaje, algo se movió. No un animal. No del todo. Era un desplazamiento lento, sinuoso, como si la oscuridad misma se hubiera desprendido del tronco de un árbol.

Un sudor frío le empapó la espalda.

Y entonces los vio.

Dos ojos brillantes se abrieron en la sombra, demasiado cerca del sendero. Demasiado cerca de él. Sus pupilas eran pequeñas, puntiformes, inhumanas. Y estaban fijas en sus ojos, siguiéndolo muy lentamente con la mirada.

Vaan quedó paralizado. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho y las piernas se negaban a obedecerle.

Al siguiente parpadeo, los ojos desaparecieron.

El silencio regresó, espeso y opresivo.

El viento sopló entre las ramas y trajo consigo un susurro apenas audible y fragmentado, como palabras ahogadas.

- Dánoslo...

Vaan negó con la cabeza, retrocediendo un paso.

—¿Quién anda ahí? —preguntó con la voz quebrada.

El susurro volvió, más cerca esta vez, mezclado con aquel horrible olor dulzón y corrupto. No formaba frases completas, sino una insistencia voraz, inquietante e insistente.

-Lo queremos...

- Oh, si...Lo necesitamos...

Algo se desplazó de nuevo entre las sombras. Vaan creyó distinguir una silueta, alta y difusa, como una figura envuelta en un manto de niebla oscura. Parpadeó, atenazado de puro terror. Cada vez que intentaba fijar la vista, aquello parecía deshacerse, como si se negara a tomar una forma completa y bien definida. Como si jugara con él.

Cerró los ojos con fuerza, apretando los puños, deseando que todo aquello no fuera más que un desvarío provocado por el cansancio. Que tan solo fuera una pesadilla.

Cuando volvió a abrirlos, el sendero estaba vacío.

El olor persistía, aunque menos intenso.

Un gorgoteo lejano, como una burbujeante risa, resonó entre los árboles.

Vaan dio un paso atrás, mareado, trastabilleó con una rama y cayó hacia atrás.

La oscuridad lo engulló.

Despertó unos minutos después, tendido sobre la fría tierra. Tras un breve instante de confusión, se envaró y aspiró el aire, ansioso.

El familiar fresco aroma del bosque y el barro. Se tranquilizó. Incluso se permitió reírse de su propia estupidez.

Estaba tendido en medio del sendero, espatarrado. Su sendero.

Meneando la cabeza, se puso en pie. El piar de las aves parecía señalarle el camino de vuelta.

Se limpió el barro, se colocó el cinturón, recogió los arcos y retomó la marcha, decidido a no pensar en aquel incidente.

<<Necesito esa cena urgentemente. Y una buena lectura frente al fuego.>>

Reanudó la marcha sin volver a mirar atrás.

No advirtió que los conejos que había cazado Emreas y que había llevado atados a la espalda hasta ese momento, ya no estaban.




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