La chimenea chisporroteó; la leña carbonizada crujiendo, lanzando volutas de ascuas y ceniza a su alrededor.
Vaan salió de su ensimismamiento. Tenía entre las manos un viejo libro sobre especies marítimas del Mar del Archipiélago que le había regalado la maestra Helene.
Tal y como había sospechado, era terriblemente aburrido, pero cualquier cosa que mantuviera su mente ocupada resultaba mejor que pensar en lo ocurrido días atrás, durante aquella funesta jornada de caza.
Recordaba bien el destello de decepción en los ojos de su padre. La rabia contenida, convertida casi de inmediato en un ademán indiferente por parte de Emreas, cuando comprendió que había perdido dos de sus presas.
Demonios, no.
No los había perdido.
Ni se los había comido crudos.
Ni los había tirado.
Se los habían quitado, robado.
Entonces el recuerdo regresó con una claridad incómoda: la presencia en el bosque. Aquellos ojos destellantes con las diminutas pupilas entre la maleza. Aquel olor empalagoso que había invadido el aire, espeso, casi dulce hasta resultar nauseabundo.
Se le erizó el vello de los brazos. Sintió frío, pese a estar frente al cálido fuego del hogar.
Había pensado mucho en ello y las preguntas sobre aquel incidente arrojaban respuestas inquietantes, fueran cuales fueran.
¿Había sido un mal sueño, fruto de un desfallecimiento en el camino? Improbable.
¿Había sido real aquella criatura que lo había acechado? ¿Solo a él? Tampoco encajaba.
¿Se lo había imaginado todo y estaba volviéndose loco? Dadas las circunstancias, era la más probable.
Aquel ser le había hablado, por lo que si es verdad que existía, era inteligente, al menos lo suficiente para articular palabras. Recordó el eco de las voces susurrantes.
¿Qué quería exactamente aquella criatura? ¿Qué es lo que necesitaba?
Vaan tragó saliva.
¿Y si simplemente estaba hambriento o hambrienta? ¿Y si aquella cosa le había robado los conejos por ese simple motivo?
Sacudió la cabeza con fuerza, intentando expulsar el recuerdo.
Habían pasado tres días desde entonces.
Aunque tenía claro que tarde o temprano, todos sabrían que el torpe y vago de Vaan casi había echado a perder todo un día de trabajo, la noticia se había expandido aquella misma noche.
Todo el mundo en Dressen adoraba a Emreas, y al bueno del joven le gustaban tres cosas, en orden de importancia; la caza, las mujeres y la bebida.
Vaan estaba seguro de que no lo hizo con mala fe, pero tras la primera noche en la que Emreas pisó la taberna, toda la ciudad supo que Vaan había vuelto una hora más tarde y con las manos vacías de manera totalmente incomprensible.
Las burlas y las feroces y crueles críticas no se hicieron esperar demasiado:
«Menos mal que no le dejaron el alce»
«No vale para absolutamente nada»
«La vergüenza de los Hjölnar»
«Si su abuelo levantara la cabeza...»
«Demasiado crédito le dan sus padres»
«Maldito niñato egoísta»
Aquello hundió la moral de Vaan un poco más.
Lo peor de todo era no poder culparlos. En primer lugar, porque era dolorosamente cierto que había perdido de manera misteriosa dos animales ya muertos, atados a su espalda. En segundo, porque Dressen era una población tremendamente aburrida.
No había más.
En mayor o menor medida, casi todos se conocían. No había mucho que hacer en aquel remoto y gélido lugar, salvo cumplir con una voluntad de hierro su sahendir hasta la extenuación, y esperar pacientemente la hora de acudir a la taberna para emborracharse y cotillear.
Aunque estaba acostumbrado a las miradas de desdén y antipatía y a que el mundo a su alrededor pensara que no valía un pimiento, lo cierto es que le afectó más de lo que se había atrevido a reconocer.
Se limitaba a ir de un lado a otro, con la mirada perdida y los hombros caídos. Ni siquiera sus hermanos gemelos, que eran los que más solían cebarse con él tras sus sonoros fracasos, se habían atrevido a soltarle algún comentario malicioso.
Vaan tenía la sospecha bien fundada de que sus padres tenían mucho que ver con eso.
Aquella tarde, mientras Vaan seguía pasando las finas y delicadas hojas de aquella infumable enciclopedia sobre especies marítimas nada interesantes, Vindaar, su hermano mayor, se acercó e él y se sentó frente al fuego. Dado que Vaan no tenía ni la menor intención de comenzar una conversación, el fornido muchacho carraspeó y, tras unos instantes de duda, le dijo:
- Hemos pensado en ir esta noche a La Dama y el Jabalí-
Vaan no apartó la mirada del libro.
- ¿Hemos?
- Los gemelos y yo.
- Pues qué bien.
- Hemos pensado que te vendría bien salir y despejarte un rato.
- Sabes que no me sienta bien la bebida, ¿verdad?
Vindaar se encogió de hombros.
- Ir a la taberna no implica necesariamente emborracharte como una cuba -
Vaan lo miró, entornando los ojos.
- ¿Ah, no?
Una ancha sonrisa se dibujó en el rostro cuadrado de su hermano.
- Siriena estará allí -
Vaan se ruborizó hasta que su cara le ardió y fijó sus ojos en el dibujo de una criatura parecida a un molusco viscoso.
Entones Vindaar, satisfecho, se dio una palmada en las piernas y se levantó ágilmente.
- Anda – le dijo - Ve a vestirte.
Se decía que Dressen había sido una vez una gran ciudad...o al menos eso contaban las piedras.
Se alzaba en una llanura fría y castigada, no muy lejos de Trajdressen, la antigua capital-fortaleza, cuyo perfil aún se adivinaba en días claros como una herida de piedra en el horizonte.
Así, en otros tiempos había sido un núcleo importante, levantado sobre las ruinas ciclópeas de una ciudad muchísimo más antigua, vestigio del olvidado Imperio illodiano y fundada, según se decía, por el mismísimo rey Ondarion. De aquella grandeza ya solo quedaban cimientos imposibles, bloques de piedra demasiado grandes para haber sido movidos por manos humanas y muros reaprovechados una y otra vez a lo largo de siglos.
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Editado: 28.01.2026