Crónicas de Illodia I : Al otro lado del Velo

Capítulo 6: Como un reflejo de luz sobre nieve intacta

La Dama y el Jabalí rugía aquella noche.

Literalmente. Rugía de risas, de canciones mal entonadas, de jarras chocando unas con otras y de botas golpeando el suelo de piedra al ritmo de soeces melodías.

El aire estaba cargado de un batiburrillo de humo de chimenea, de pipa, sudor y espesa cerveza, y lejos de ser desagradable, resultaba acogedor a su manera, casi reconfortante, como si aquel lugar fuera el único rincón de Dressen donde el frío no se atrevía a extender sus garras.

Durante el día, los habitantes de la ciudad eran gente dura, parca en palabras, entregada a su sahendir con una seriedad casi religiosa. Allí se permitían olvidarlo.

Tanto hombres como mujeres bailaban torpemente, cantaban a voz en grito y reían y bebían hasta derrumbarse.

Las mesas de roble, largas y gastadas, estaban abarrotadas. Algunas tenían muescas profundas, recuerdo de discusiones que se habían calentado más de la cuenta. Otras estaban cubiertas de restos de comida, huesos roídos y charcos de cerveza.

Entre ellas se movía con sorprendente agilidad Harold Barrigacero, el tabernero: un hombre bajo, ancho como un tonel, completamente calvo y con un delantal imposible de limpiar, tan manchado que parecía haber vivido más batallas que el mismísimo General Mormondir.

El hombre daba resoplaba, sudaba y sonreía mientras iba de un lado a otro cargando jarras con la facilidad de quien llevaba toda una vida practicando su sahendir, día tras día, noche tras noche, de manera infatigable. A Vaan siempre le había parecido un buen tipo.

—¡Si se os cae otra jarra, os la cobro doble! —bramó en dirección a una mesa que ya iba por la cuarta ronda—. ¡Y no me miréis así! ¡No soy yo el que parece que tiene las manos untadas en mantequilla esta noche! ¡Por los siete kharrums!

Vaan estaba sentado en una de aquellas mesas, junto sus hermanos y Emreas, que se había unido a ellos al verlos.

Charlaban animadamente mientras Vaan la buscaba entre la multitud. Algún rastro, una silueta, un destello de su cabello, una risa conocida.

Nada.

Simplemente, Siriena no estaba.

Se sentó algo más encogido de lo habitual, intentando que no se le notara demasiado la decepción.

Vindaar pidió unas jarras a grito pelado para hacerse oír entre el ruido ensordecedor, haciendo un número con los dedos de una mano que a Vaan no le cuadró.

En cuanto Harold las apoyó con un golpetazo encima de la mesa, le empujó una a Vaan con una sonrisa ladeada.

Vaan protestó.

—¡Oh vamos! No pongas esa cara. Vendrá. – dijo e insistió, girando la jarra con el asa de cristal hacia su dirección - Ten. Hidrátate. Te vendrá bien.

Emreas asintió solemnemente y chocó su jarra con la de Vaan, derramando un líquido espumoso y dorado sobre la mesa.

- Hazle caso. Tiene información privilegiada - le dijo el joven cazador, y le guiñó un ojo.

Poco a poco, todos se fueron animando. Incluso se atrevieron a bailar y a cantar. Todos menos Vaan, claro. Pero hasta él mismo se descubrió siguiendo el ritmo con torpes palmadas.

El ambiente ayudaba, y el esfuerzo de los demás era evidente, casi deliberado en hacer al muchacho partícipe de todo aquello. A olvidarse del frio y los malos momentos al menos aquella noche.

Desde una mesa cercana, alguien soltó una carcajada desagradable.

—¡Que me aspen si ese no es el chico de los Hjölnar! —dijo la voz pastosa de un gordo borrachuzo, mientras alzaba un pesado brazo y señalaba a Vaan con un regordete dedo que se asemejaba más a una salchicha.

— Agarra bien esa jarra muchacho, no vaya a desaparecerte entre los dedos- Y, como si hubiera contado el chiste más gracioso del mundo, se partió de risa.

Se hizo un breve silencio. Incluso el más ebrio de todos sabía a quien iba dirigida la burla. Los condenados conejos.

Entonces Vindaar se puso de pie, cuan largo era. Tenía una mirada furibunda y ell taburete en el que había estado sentado cayó hacia atrás con estrépito.

El estruendo disminuyó aún más y las canciones cesaron un instante. Las risas se apagaron.

—Vuelve a decir algo de mi hermano —dijo, señalando al hombre con un dedo tal y como había hecho él con Vaan— y te tragas los dientes, Pendur.

El tal Pendur, que podría hacerse pasar por Harold Barrigacero sin mucho esfuerzo, trató de componer una estúpida sonrisa. Miró a Vindaar, luego a Emreas, y luego a los Hjörndal restantes.

—Vindaar muchacho- dijo, alzando unas rechonchas y enrojecidas manos – Tan solo era una broma sin importancia...Yo...

—Pues ríete tú solo – le cortó bruscamente Vindaar, dirigiéndole una fiera mirada - No permitiré ni una mirada malintencionada, ni una burla, ni una mísera broma respecto a mi hermano. ¿Comprendido? Eso se acabó.

Lo cierto es que Vindaar era más conocido por el número de peleas de las que había salido victorioso a lo largo de los años (la primera cuando apenas cumplió los quince), que por ser el miembro de una de las familias más antiguas y respetadas de la región.

El hombre, Pendur, pareció avergonzado y se sentó de nuevo sin decir nada más.

Y entonces, como si se hubiera disipado el hechizo, la taberna volvió a rugir, obviando por completo lo que había ocurrido.

Vaan casi sintió pena por el pobre diablo, pero a su vez sintió cómo algo se aflojaba dentro de él, en su pecho.

Se permitió sonreír de verdad por primera vez en días y dio un largo trago a su jarra. La cerveza era amarga y fuerte...y le gustó.

- Esto...Gracias, Vindaar - Le dijo, mirando a su hermano mayor, mientras le agarraba el brazo. Lo miró señalándole el taburete para que se sentara de nuevo.

Vindaar se encogió de hombros. Finalmente relajó la expresión y se sentó, con una expresión de satisfacción en su rostro.

La noche continuó como otra cualquiera: Las canciones cesaron. Algunas mesas se vaciaron y otras se llenaron de nuevo. Las risas y los aplausos dieron paso a un murmurar de voces y múltiples conversaciones ininteligibles.




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