Crónicas de Illodia I : Al otro lado del Velo

Capítulo 7: Una ciudad sin alma

La llegada a Hjaldren no tuvo nada de gloriosa.

Ningún coro de niños. Ni mujeres deseosas de perfumes y remedios milagrosos. Ni hombres que, tímidamente, aguardan a que los demás se hubieran ido para solicitar ''ayuda urgente para un tema aún más urgente''

Nada de nada. Aquello parecía una ciudad sin alma.

- Agárrate los cascos, Risueña – susurró Chispa – No está el horno para bollos.

Chispa avanzaba a paso tranquilo, como si el mundo no le debiera nada, con las ruedas de su viejo carromato crujiendo con cada dura piedra con la que se cruzaba, guiando a Risueña por las riendas, mientras silbaba una melodía despreocupadamente. Ya estaba pensando en su siguiente canción.

La yegua, ajena a la paliza reciente, al robo descarado y a la profunda injusticia del universo, mascaba con calma lo poco verde que encontraba entre la escarcha.

El frío era atroz. El viento, implacable.

Así, la ciudad apareció ante él sin anuncio alguno, sin murallas dignas de mención ni torres que desafiaran al cielo. Hjaldren era...como las demás ciudades de los hummos. Más decadente, si cabía.
Calles anchas pero mal cuidadas, casas de piedra baja con tejados vencidos y contraventanas cerradas a deshoras.

Lo que más llamaba la atención era el silencio. Había un silencio inusitado, impropio para una ciudad de tamaño medio como aquella. ¿Dónde estaban los guardias, a todo esto? Nadie había ido a recibirlo. Ni siquiera el alguacil.

Miró a su alrededor.

Demasiadas puertas cerradas.

Demasiadas ventanas a medio entornar, con pálidas luces en su interior.

Chispa notó el escrutinio de muchas miradas indiscretas, ocultas en la oscuridad.

Un par de figuras se cruzaron con él en una bocacalle: un hombre con las manos encallecidas y una mujer envuelta en un abrigo de lana gris. La mujer llevaba una cesta medio vacía.

Ambos lo observaron con una mezcla de recelo y cansancio, como si cualquier rostro nuevo fuese más molestia que mera curiosidad.

La posada no tardó en aparecer: un edificio robusto, anodino, con un letrero torcido en el que apenas podía vislumbrarse una letra o dos.

No se oía música. Ni risas. Ni el habitual bullicio que solía brotar de lugares como aquellos incluso en los peores inviernos. Incluso en lugares como aquel. Era muy mala señal.

¿Qué tanto mal habían podido causar los bandidos que había conocido el día anterior?

Ató a Risueña con cuidado a un poste y llamó a un mozo que se hallaba cerca, cambiando el agua de unos cubos. Le dio las monedas que el bueno de Horbad le había dejado.

- Que no le falte de nada hasta que vuelva a por ella, por favor- le dijo.

Entonces se encaminó a la puerta.

El calor lo recibió primero. Luego el olor a cerveza rancia, cera de vela y un espeso miedo y recelo en el aire.

Dentro de la posada no habrían más de una decena de personas. Una camarera limpiaba vasos con gesto automático tras la barra. En una mesa cercana, el que debía ser el alcalde, a juzgar por el sombrero —un hombre de barba gris y hombros caídos— hablaba en voz baja con dos hombres.

Nadie cantaba. Nadie jugaba a los dados. Nadie discutía por tonterías, lo cual, para una posada, era casi tan antinatural como lo lista que era su Risueña.

Varias miradas se alzaron hacia él. No vieron nada en Chispa interesante. No se les podía culpar.

Sin embargo, el hombre que Chispa dedujo que era el alcalde lo miraba fijamente, como si quien hubiera entrado a la posada hubiese sido un dragón escupefuego, y no un quejoso anciano con aires de vagabundo.

Chispa levantó una mano en un saludo informal, quitándose el sombrero.

—Buenas tardes. Noches, casi – se corrigió. – Aquí en el norte cuesta distinguirlo.

No hubo risas, ni palabras amables. Tampoco las había esperado.

Pidió una jarra de cerveza, un poco de queso y pan para picar y se sentó sin prisa, dejándose ver.

Sabía cómo funcionaban estas cosas: cuanto antes te miran, antes dejan de hacerlo. Y, además, llevaba una ventaja bien calculada.

Las marcas de la paliza aún se le adivinaban en el rostro y en el modo cuidadoso en que se movía, como si le dolieran todos y cada uno de sus huesos. Eso ayudaba. La desgracia compartida siempre era una excelente carta de presentación.

No tardó mucho en escuchar los murmullos.

Muerte. Saqueo. Abuso.

Como de costumbre, no tuvo que forzar la conversación; la conversación lo encontró a él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.