Crónicas de Illodia I : Al otro lado del Velo

Capítulo 8: El cometido de un rey

—Pasaron hace tres días —dijo uno de los hombres, con la voz ronca—. Decían venir de Trajdessen.

Chispa arqueó una ceja, interesado. Mordisqueaba sin mucha ilusión un trocito de queso amarillento.

—¿Decían?

El alcalde carraspeó. Se llamaba Honguen.

—No eran quienes decían ser.

El relato salió a trompicones, como si las palabras pesaran más de lo debido.

- Aquellos hombres comieron, bebieron y exigieron todo sin pagar. Golpearon a quien protestó. Se llevaron lo que quisieron. Y al final... - El vecino calló y se llevó una mano a la cabeza.

El otro recogió y continuó el relato, con un tono entre la solemnidad y la rabia:

- Cuando el alguacil intentó imponer algo parecido al orden, lo mataron sin miramientos.

- Por el todopoderoso sahen – lamentó el otro vecino, un enjuto hombre con una cicatriz en el mentón – Gus era un buen hombre.

El silencio que siguió fue espeso.

—La guarnición de soldados... —continuó el alcalde— había quedado reducida a cuatro de los muchachos más jóvenes la tarde anterior.

- Es como si lo hubiesen sabido – añadió el vecino de la cicatriz.

Chispa apoyó los codos en la mesa.

- ¿La guarnición dices, eh? ¿Sabe donde se dirigían?-

El alcalde lo miró, ofendido.

- A Tarjdessen, ¿dónde si no? Recibimos un circular del mismo General Mormondir. Solicitaba refuerzos inmediatos -

Chispa pinchó con un palillo el último trozo de queso. Estaba bastante malo, pero peor era el hambre, ¿no?

- ¿A qué le teme el bueno de Mormondir?-

Ninguno contestó. Claro. Qué iban a saber de aquellos asuntos unos simples ciudadanos. La maldita costumbre del Sahen; servir sin rechistar. Servir sin preguntar. Qué absurdo.

Cambió de tema, irritado.

—¿Y los muchachos restantes? - preguntó, aún temiendo ya la respuesta.

Uno de los hombres tragó saliva, con gesto compungido.

—Tras asesinar al alguacil, tres de los muchachos intentaron arrestarlos. Antes de caer, dieron muerte a uno de esos cabrones -

La camarera dejó de limpiar el vaso. Nadie la miró.

—¿Y el otro? —preguntó Chispa con suavidad.

El alcalde Honguen dudó.

—Cuando llegó, ya era demasiado tarde. Intentó atacarlos a la desesperada – dijo - Se lo llevaron.

Chispa frunció ligeramente el ceño.

—¿Se lo llevaron?

—Lo obligaron, más bien—corrigió el alcalde—. Le pusieron un cuchillo en el cuello a la pobre Cenilia y le dieron a elegir. Tendría que irse con ellos o la matarían. Más tarde, uno de ellos, el diablo pelirrojo...

- La forzó esa noche – escupió uno de los vecinos – La escuchamos gritar durante horas. Pobre chica. Desde entonces apenas puedo pegar ojo.

El alcalde dio un golpetazo encima de la mesa.

- Hijos de puta...-

Chispa no dijo nada durante un instante.

—¿Cuál era su nombre?

- ¿El de quien? ¿El hijo puta pelirrojo?-

- A ese ya lo conozco – repuso Chispa – No, me refiero al otro, al joven restante.

—Vanderl —respondió el alcalde.

Oh, claro. El tal Vanderl. El de la mirada perdida con expresión de muerte en vida.

- Había llegado de Dressen, hacía no mucho —negó otro con la cabeza— Pobre chico...

Falsos soldados. Ladrones con la destreza suficiente como para matar sin el menor atisbo de escrúpulos a una patrulla y robarles los colores. Aquello no le gustaba en absoluto. ¿Tan mal estaba el norte?

—Interesante. —murmuró Chispa, más para sí mismo que para ellos.

El alcalde lo miró con una mezcla de cansancio y sorpresa.

— Puedo suponer que esto... – hizo un gesto con un dedo señalándose su propio rostro. - Se lo hicieron ellos.

Chispa sonrió ladeado. Le dolió. Apenas veía por un ojo. Tenía la nariz hinchada como un pimiento groseramente grande y al masticar sentía el sabor de la sangre.

- Dados los acontecimientos...- dijo mirando a su alrededor – Puedo considerarme afortunado.

Bebieron unas cuantas copas de anís, para aguar las penas. Al poco tiempo, todos excepto el alcalde Honguer se fueron a sus hogares.

- Dígame una cosa, señor Chispa – preguntó el alcalde, cuando quedaron a solas, sentados uno frente a otro. La posada había quedado con una tenue luz. El fuego de la chimenea arrojaba sombras como trazos sin rumbo sobre las paredes.

Chispa no respondió. Se encendió su pipa, soltando volutas de humo.

- ¿Quién es usted?

- A qué se refiere?

- A quien es. En realidad, quiero decir – lo miró con una intensa mirada – Hay algo sobrenatural en usted. Es...extraño, en cierto modo.

Chispa sonrió y le sostuvo la mirada, aunque en seguida torció el gesto al dolerle un diente. Asique el alcalde era un hombre avispado, a fin de cuentas. No existía en muchos kilómetros a la redonda, alguien que pudiera ver a través de Chispa.

El alcalde Honguen carraspeó, mirándose las manos. Pareció avergonzado, de repente, como si le hubiera soltado una palabra malsonante a su padre.

- No me malinterprete. No voy a juzgarlo – dijo – Sólo sé que... No es como esos malnacidos. Pero tampoco como nosotros.

Pero no podía ver más allá de la superficie. Tuvo en buena estima a aquel hombre, y sintió verdadera pena por su gente. En seguida se sintió más cómodo y relajó su postura. Hizo rodar sus hombros.

- Vengo muy del sur – contestó Chispa, exhalando un sinuoso aro de humo – Partí de Relvast hace una semana.

El alcalde asintió, pensativo.

- No puedo sino deducir que no está recorriendo Nornodia por gusto, ¿verdad?

- Deduce bien.

- ¿Puedo preguntar cuál es su destino, pues?

- Tarjdessen. Tengo un mensaje para el General Mormondir – dijo – Pero me interesaría echarle un vistazo a las minas de Hjaldren, antes de continuar hacia al norte.

El alcalde alzó unas pobladas cejas, sorprendido. En seguida, se recompuso y asintió.

- ¿Qué quiere saber?




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