Crónicas de Illodia I : Al otro lado del Velo

Capítulo 10: Sangre de comepiedras

El camino hacia las minas partía de Hjaldren como una vena muerta, como un camino olvidado.

Con el paso de los años ya no se podía decir que era exactamente un camino o sendero; más bien, el recuerdo de uno.

La vegetación había reclamado el terreno con una paciencia y un apetito implacables: zarzas que se entrelazaban como dedos ansiosos, raíces gruesas que rompían la tierra y hacían de trampas improvisadas a los menos observadores y piedras cubiertas de musgo resbaladizo.

Tal y como le había dicho el alcalde Honguen la noche anterior, no tenía pérdida.

Los responsables de aquella época se esforzaron mucho en dejar el lugar plagado de señales y de advertencias de peligro.

Aquí y allá, se encontraban postes bien clavados en la tierra con tablones con palabras apenas ya visibles y mal pintadas, con acertados e intrincados símbolos toscos que pretendían infundir miedo al que se atreviera a pasar por el lugar.

Un lugar maldito para ellos. Y no era para menos.

NO PASAR.
MINAS CERRADAS.
POR ORDEN DEL SAHEN RAHONIR.

Algunos estaban rotos, tirados en pedazos a un lado del camino. Otros, deliberadamente arrancados, como apartados.

Chispa no pudo evitar sonreír: Siempre había quien pensaba que una señal era una invitación.

El aire cambió conforme ascendía. Se volvió más frío y seco.

El accidentado ascenso duró casi toda la mañana. Estando ya cerca, Chispa notó, que había un olor. Apenas perceptible al principio, como una insinuación en el fondo de su garganta. Metálico. Dulzón.

Cuánto más cerca presentía que estaba, más intensa era la sensación.

Chispa se detuvo y aspiró con cuidado. Aquel era un olor que no podía haber olvidado ni en cien vidas, pero que sin embargo se había ilusionado con hacerlo, pues según Verüdiel, era ''todo lo que estaba mal en el mundo''.

Chispa deseó no haber sabido más. No saber nada más. Como si aquello fuera tan fácil.

Tan solo un viajero más con recados que hacer, que se ganaba la vida vendiendo artilugios y remedios, y de cuando en cuando, cantando canciones e historias.

Las minas de Hjaldren aparecieron al fin, encajadas en la roca como dos bocas abiertas a destiempo.

La entrada del primer túnel estaba clausurada de forma casi desesperada. Vigas gruesas cruzadas en ángulo, reforzadas con cadenas oxidadas y clavos torcidos, puestas con prisa y sin mucho esmero, pero eficaces para cumplir con su cometido sin florituras. Incluso alguien había intentado levantar un muro de piedra seca delante, pero el trabajo estaba hecho con prisas, como si cada golpe del martillo hubiera dolido. Picos y palas yacían en el suelo, algunos rotos y oxidados y salpicaban el terreno abandonados donde habían caído.

Chispa se tomó su tiempo para examinar el lugar. No había huellas recientes. Nada que le hiciera sospechar.

En cambio la segunda entrada era otra historia. Para encontrarla tuvo que rodear la base de la montaña.

No sintió extrañeza al ver las barreras estaban destrozadas. Maderas partidas, sogas cortadas limpiamente, piedras desplazadas sin cuidado. El túnel descendía con una inclinación suave hacia una oscuridad viva, respirando un aire turbio con un aroma inquietante, invasivo. Flotaba ante él un polvo tan fino que apenas era perceptible...

Chispa se acercó despacio, sin cruzar aún el umbral. Extendió la mano, dejó que el polvo se posara en la piel de sus dedos. Se frotó los dedos, lamió la punta, y se los acercó a su arrugada nariz.

—Ithenacita —dijo en voz baja, para sí mismo.

No se trataba de algo que se pudiera descubrir en el mundo, tal y como se encontraba ahora.

No era una metal como el hierro o el cobre. No era piedra de mármol o granito. No eran ni el oro ni la plata. Aquello era otra cosa, o mejor dicho, era la causa principal de otras cosas peores, e infinitamente más valioso que los metales preciosos de los que presumían los hummos.

Dicho de otro modo, aquel lugar rezumaba magia en estado primordial por los cuatro costados. Un poder inmenso en forma de polvo y roca. Un poder extremadamente peligroso.

Aunque se creía que la ithena, cuya proporción al otro lado del Velo era infinitamente superior, había desaparecido de la faz de la tierra para siempre, era una creencia harto errónea. Cada vez había más y más. Chispa podía sentirla bajo sus pies. Podía sentirla en el aire.

Recordó tiempos mejores, que se habían tornado peores con el paso de los años.

«Oh, Ellendor. ¿Pero qué has hecho?» Pensó amargamente, recitando la última estrofa de su versión del ''La tragedia del emperador'', la única versión verdadera, no esas canciones infantiles de los hummos.

Y tras tanto tiempo.

Allí estaba.

De nuevo.

Como el augurio de una fuerte tormenta de verano.

Con una extraña sensación en el pecho. Se acercó a la entrada saboteada del segundo acceso a la mina de Hjaldren, si cabe más abyecto, más oscuro y más peligroso. Algo le llamó poderosamente la atención. Agudizó los sentidos.

Le pareció oír....

«Kharrums, ¡Cavad hondo! ¡Perdeos en las montañas!» se dijo, irritado.

Dentro de la mina, a unos cuantos cientos de metros de profundidad, escuchaba el eco de unos golpes rítmicos. Metal contra piedra. Voces graves, profundas, guturales, que bien podían ahuyentar al hombre más aguerrido.

Pero no a Chispa.

Eran Karheim. Se trataba de, al menos, una compañía, extrayendo ithenacita de un lugar prohibido.

Se preguntó donde estaría su campamento. Aquella estrecha entrada, el ambiente cargado...Prefería esperarlos al aire libre, pero conocía la tozudez de los karheim, y su gusto tan bizarro por los lugares cerrados y ominosos, asique sacó su vara, que apareció como de costumbre a través de su raída capa de viaje. Con un suspiro de resignación, se adentró.




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