Vaan se despertó ese día antes que nadie. Apenas había podido dormir aquella noche.
Antes de que el pálido sol del norte se mostrara por encima de los picos de las montañas, él ya estaba preparado.
Lo movía una determinación insana. Una locura.
¿Por qué estaba tan decidido? ¿Por qué estaba tan seguro de lo que estaba haciendo? Nunca había sentido tal determinación.
Lo cierto es que adentrarse sólo en el bosque no era lo más inteligente que se le había ocurrido. Sólo. Con la intención de encontrar...¿qué?
¿Qué esperaba encontrar? Un monstruo salido de un polvoriento libro olvidado? ¿Una criatura a la que enfrentar por haberle robado? ¿Por haberle causado tanta frustración, tanta vergüenza, hasta el punto de dudar de su propia lucidez?
Cogió su arco y su carcaj, repleto de flechas. Antes de salir dejó una nota escrita.
‘’Padre.
He decidido pasar el día practicando lo que me enseñaste.
Si de paso, puedo hacerme con unos cuántos conejos, mejor.
Así estaré en paz con Emreas.
Volveré antes del anochecer.
Llevo comida.
No hagas caso a la abuela.
No me ocurrirá nada.
Vaan’’
Sabía que su padre lo entendería. Debía comprenderlo. Había notado como, desde el suceso de los conejos desaparecidos, aunque su actitud hacia él no había cambiado, no había vuelto a animarlo a acompañarlos.
Y eso, en cierta manera, le dolía.
No por su padre por supuesto.
Por él mismo.
Estaba cansado.
Demostraría su valía.
Y si lo que sea que fuera aquella cosa constituía un peligro para los demás, acabaría con ella.
O lo intentaría al menos.
Su determinación fue menguando, tuvo que admitirlo, cuando comenzó a adentrarse en la espesura.
Pero no había marcha atrás.
Iba a descubrir la verdad.
Les haría tragar las risas, las miradas, las burlas a todos. Les demostraría de lo que era capaz.
El bosque estaba en silencio, como esperando al sol para volver a su actividad.
Vaan se movía tal como le había enseñado su padre, cuidado sus pisadas, atento a cada movimiento.
Acertó a cazar un conejo de pelaje blanco. Pensaba que ya que estaba allí, podría aprovechar para ver sus resultados con la práctica del arco de la última semana.
Hizo como su padre le enseñó. Retiró la flecha con cuidado, sacó una cuerda y ató ambas patas del conejo juntas, para, por último, echárselo a la espalda.
El sol ya se filtraba entre las copas, pálido y débil, dibujando sombras alargadas sobre el suelo húmedo. Vaan avanzaba con el arco preparado, una flecha encajada pero sin tensar, respirando despacio para no delatarse.
Estaba muy cerca del lugar. El corazón comenzó a latirle más deprisa, asique se tomó unos instantes para beber agua y se obligó a calmarse.
Continuó la marcha, agazapado, calculando cada zancada.
Tras un buen rato, el silencio se hizo tan espeso que le comenzaron a zumbar los oídos.
Se detuvo junto a un tronco caído, cubierto de líquenes blanquecinos, y apoyó la mano en la corteza para estabilizarse.
Ahora el bosque parecía contener la respiración. Como si algo, en algún lugar, estuviera escuchando atentamente.
Entonces el recuerdo del olor volvió a él sin pedir permiso.
Ese aroma dulzón, metálico, imposible de describir con palabras. El mismo que había impregnado el aire aquella mañana maldita. El mismo que ahora creía percibir de nuevo, muy débil, casi como una sugestión.
«Debo estar cerca» se dijo Vaan, sin poder contener la emoción
Avanzó un poco más, tardando en decidir cada movimiento. Aquella criatura podría estar en cualquier lugar.
El terreno empezó a cambiar de forma sutil. Las raíces sobresalían con mayor frecuencia, retorcidas, formando nudos en la tierra.
Comenzó a ver las señales. Algo había estado arrastrándose, a juzgar por los surcos que se adivinaba en la tierra, en las hojas aplastadas. Algunos árboles estaban marcados con profundas hendiduras en la corteza, como si algo hubiera pasado entre ellos, haciendo de los troncos su apoyo.
En uno de aquellos troncos, observó una mancha oscura.
Se acercó.
Era un líquido, algo viscoso, de un olor acre. Le picó la nariz.
Vaan tragó saliva. Sus piernas se movían sin su consentimiento, obligándolo a seguir caminando.
Fue entonces cuando vio la primera telaraña.
No era una telaraña común. No de las que uno aparta con la mano al caminar distraído. Aquella era gruesa, lechosa, casi fibrosa, extendida entre dos robles formando una tensa membrana.
Al sol, brillaba con un reflejo aceitoso.
Se quedó inmóvil.
El bosque seguía en silencio. Ominoso. Opresivo.
Rodeó la telaraña con cuidado, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba. Observó los gruesos troncos, las ramas entrecruzadas por encima de su cabeza. Más telarañas.
Parecían estar situadas estratégicamente...como trampas.
Un paso más.
El suelo crujió bajo su bota.
El sonido fue seco. Demasiado fuerte.
Maldijo por lo bajo.
Algo se movió.
No lo vio al principio, más bien lo sintió: Una vibración sorda que recorrió el suelo y le subió por las piernas. Luego otra. Como si algo pesado se desplazara entre las raíces, justo fuera de su campo de visión, sin hacer ni el más mínimo sonido.
Sus propias pisadas se volvieron pesadas. Comprobó con nerviosismo que estaba pisando restos de telarañas, que se quedaban adheridas a las suelas.
Vaan tensó el arco por primera vez.
El olor se hizo más intenso, invadiéndole la garganta. Profundamente desagradable.
El sudor le bañaba la cara.
—¿Donde estás? —susurró con un hilo de voz.
El bosque respondió.
Un chasquido húmedo, seguido de un sonido viscoso, como de algo despegándose con esfuerzo fue la respuesta. Entre los árboles, a su izquierda, unas sombras parecieron moverse contra toda lógica. Escuchó una respiración agitada, quejosa.
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Editado: 28.01.2026