No lo mató.
Eso fue lo primero que Vaan comprendió .
Tras unos instantes se obligó a recuperar el aliento, como si hubiera tenido tan claro que debía estar muerto que su cuerpo así lo había asimilado.
La criatura permanecía allí, a pocos metros, observándolo con sus cuatro ojos fijos, brillantes, expectantes.
No habría tenido ninguna oportunidad. Dudaba si quiera si Emreas y su padre la hubieran tenido.
Si hubiera querido atacarlo, ya estaría muerto. Lo sabía con una certeza absoluta, casi humillante. Las peludas patas de la criatura terminaban en una especie de garras que parecían cuchillas.
Pasaron unos segundos que a Vaan le parecieron eternos.
Entonces la criatura emitió un sonido extraño. Como un chasquido.
Una especie de risa.
No fue un estallido, ni siquiera un gesto burlón o alegre.
Fue un jadeo irregular, ahogado, que terminó en un leve chasquido húmedo.
El torso superior se inclinó un poco hacia delante, como si le costara mucho esfuerzo sostenerse erguida.
—Ah…Curioso —dijo entonces, con una extraña voz que emitía a través de sus mandíbulas—. Así que… así es como tiemblan los pequeños héroes cuando dejan de soñar.
Vaan tragó la poca saliva que le quedaba.
La flecha seguía encajada en el arco. Hizo el amago de tensar el arco de nuevo, para prepararse a disparar. Lo hizo más por instinto que por otra cosa.
—No te...acerques. —dijo, aunque su voz sonó patética, como un sollozo. De hecho, notaba sus propios ojos bañados en lágrimas que amenazaban con derramarse de un momento a otro.
La criatura ladeó la cabeza.
—¿Acercarme? —repitió, chasqueando las mandíbulas— ¿Por qué habrías de temerme, pequeño?
Hizo una pausa y emitió un graznido húmedo. Pareció respirar hondo y, al hacerlo, el aire vibró levemente.
Vaan dudó antes de contestar.
- Yo...¿es evidente, no? - dijo con voz queda, mirando como una de sus patas fijaba su agarre en el tronco de un árbol atravesándolo como si fuera mantequilla.
—Oh, ya entiendo... —repuso— Digamos que no sabes...lo que soy, ¿verdad?
Vaan negó con la cabeza.
La criatura entornó los cuatro ojos.
—Que yo sepa, muchacho —dijo ella, despacio— De los dos, el único que va armado eres...tú. Anda, baja ese arco, ¿quieres? No querrás que te obligue a hacerlo, ¿verdad?
El abdomen se le contrajo de forma antinatural.
Un temblor recorrió su cuerpo.
La criatura soltó un siseo involuntario y apoyó varias patas en el suelo y en otro árbol contiguo, como si el peso amenazara con vencerla.
Vaan, pese a la advertencia, no lo bajó. Era su último recurso. Una pedazo de mierda de último recurso.
La criatura pareció molesta. Chasqueó las mandíbulas en el aire. Alzó una pata, con gesto amenazador, y en seguida una especie de convulsión lo sacudió.
Entonces su tórax se contrajo violentamente con una tos húmeda, y escupió algo entre las zarzas, a un lado.
Vaan vio entonces la herida.
Un enorme desgarrón abierto, negro, corrupto, del que un líquido oscuro y viscoso caía gota a gota.
—Estás… herida — consiguió decir.
—Herido —respondió él, con ironía cansada—. Eres muy observador. Eso explica cómo sigues vivo.
La burla no ocultó el esfuerzo. Cada palabra parecía costarle un mundo.
Vaan dudó. El arco tembló un instante más… y luego lo bajó lentamente. La flecha quedó apuntando al suelo.
La criatura lo observó con atención.
—Bien —dijo—. Así es mejor. Más...civilizado.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
- Pero qué maleducado por mi parte – dijo, entonces – No me he presentado.
Por un momento, Vaan tuvo que recordarse que estaba allí, de pie, frente a una bestia que bien podría ocupar las pesadillas de los hombres más valientes, y no sólo seguía de una pieza; estaba comunicándose con ella.
Al ver que el muchacho no contestaba, la criatura prosiguió.
- Ya que hemos superado la fase inicial de confusión y sorpresa...- dijo, comenzando a moverse – Voy a ponerme en una postura más...cómoda, ¿te parece?
Vaan asintió.
La especie de araña movió sus patas ágilmente pese a la terrible herida y cambiando aquella especie de posición defensiva, se envolvió entre sus patas, haciéndose una especie de ovillo, recostándose en la tierra, protegiéndose la espalda con los árboles y los matojos a su alrededor.
Aquel parecía haber sido su escondrijo.
- Mi nombre es Thael’Rhyss An-Kevara, aunque me llaman Rhyss – dijo, en un tono sorprendentemente solemne. A Vaan incluso le pareció que hizo un gesto con una pata, a modo de reverencia. – Y soy príncipe del reino de las hadarañas. Aunque por poco tiempo, me temo.
Vaan quedó boquiabierto.
¿Príncipe, aquella cosa? ¿Hadarañas?
¿De verdad no estaba imaginándose todo aquello?
Y sin embargo, se apresuró a contestar.
- Yo soy Vaan Hjölnar...y bueno, no soy príncipe de nada.
Una burbujeante risa surgió de aquellas mandíbulas chasqueantes.
- Bien dicho, pequeño – dijo, divertido – No todos pueden ser príncipes, ¿no?
Vaan no supo que contestar.
- Bien, bien...- dijo Rhyss - ¿En qué puedo ayudarte, pequeño Vaan? ¿Te has perdido? ¿O...buscas otra cosa?
A Vaan le pareció que Rhyss se refería al hecho evidenteme de que Vaan había ido a buscarlo y lo había encontrado con la intención de matarlo.
Se sorprendió al pensar que efectivamente esa había sido su intención en un principio y llegó a la conclusión de que era la idea más descabellada que había tenido nunca.
Y sin embargo allí estaba.
Ante una criatura que superaba la altura de dos hombres.
Una mezcla de hada y araña. Terriblemente herida. Y que era de la realeza.
Casi tuvo que contener una sonrisa irónica.
—¿Por qué me robaste? —preguntó Vaan al fin—. Esos conejos eran míos.
Los ojos de la hadaraña se entornaron.
—Porque los necesitaba — respondió, sin rodeos—. Porque, como puedes ver muchacho, me estoy muriendo. —Rhyss inspiró con dificultad, desesperado, como si buscara algo en el aire—...Y no me queda ni una gota de magia.
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Editado: 28.01.2026