CAPÍTULO13: EL GENERAL MORMONDIR
El amanecer llegaba tarde a Tarjdessen.
El sol del norte apenas lograba asomar entre las nubes bajas, teñidas aún por el humo de la batalla de aquella noche.
La luz caía oblicua sobre las murallas exteriores, revelando el verdadero precio de la violencia: piedras ennegrecidas, almenas en ruinas, restos de escaleras de asalto calcinadas y cuerpos que aún no habían sido retirados del todo.
El olor a carne quemada. A humanidad destilada. A muerte.
Los sukritas habían vuelto a atacar.
Una vez más.
Y, una vez más, Tarjdessen había resistido.
No era suficiente.
Caellus Mormondir estaba lejos de estar satisfecho. Más bien al contrario.
Tarjdessen.
La antigua capital se alzaba como una herida abierta en la tierra.
No era una ciudad homogénea, ni armoniosa. Nunca lo había sido.
Era como una superposición de épocas, de sueños rotos y grandezas olvidadas.
Los anillos exteriores estaban formados por construcciones con carácter nordiano: casas bajas, robustas, de piedra gris y tejados inclinados, anodinas, pensadas para resistir el frío y los inviernos largos. Calles estrechas, empedradas y funcionales, sin ornamentos innecesarios.
Pero conforme la ciudad ascendía, el contraste se hacía imposible de ignorar.
Entre las edificaciones nordianas emergían restos de otro tiempo: arcos de una factura y belleza imposibles, columnas quebradas cubiertas de musgo, muros de piedra de un blanco amarillento que no pertenecía a ninguna cantera conocida del norte.
En definitiva, vestigios del antiguo reino que, según las crónicas, había sido fundado por Ondarion, el Emperador de los Hombres, amigo y aliado de Ellendor el Dorado.
Aquella Tarjdessen ya no existía.
Pero sus huesos seguían allí.
El segundo anillo amurallado, antaño reservado a comerciantes acaudalados y oficiales, mostraba casas más amplias, algunas reconvertidas, otras yacían medio en ruinas. El tercero estaba reservado a la nobleza y aún conservaba mansiones fortificadas, pequeños castillos familiares, incluso patios interiores protegidos por muros propios. Apenas algunos altos mandos de su ejército se atrevían a habitar allí.
Y por encima de todo y de todos, apoyado contra la ladera de la montaña, desafiando a la lógica y al tiempo, se alzaba el Castillo de Tarjdessen.
Inacabado.
Atemporal.
Una fortaleza colosal, cuyos cimientos se hundían en la roca viva y cuyas torres parecían querer arañar el cielo gris.
Se decía que había sido concebido para ser el mayor bastión de todo el norte.
Se decían muchas cosas, aunque no todas eran ciertas.
La muralla alta, la que realmente importaba, había resistido el envite de mil y una batallas a lo largo de los años de aquella interminable y cruenta guerra.
La Puerta del Agua —la más reforzada y a su vez castigada, la que daba directamente al cauce helado del río Ashen, por donde normalmente insistían en combatir los sukritas— seguía en pie. Astillada. Quemada. Manchada de la sangre mestiza de sus hombres y sus enemigos.
Pero en pie.
Sobre ella, entre estandartes rasgados de tonalidades verdes mortecinos, que aún ondeaban con terquedad mostrando la cabeza de un jabalí tricornio, se encontraba Caellus Mormondir.
El general observaba el campo de batalla con el ceño fruncido, las manos apoyadas sobre la piedra fría, pensativo.
Bajo él, los soldados trabajaban en un tenso silencio: retiraban cadáveres, recogían armas, apagaban algún fuego rebelde.
No había vítores. No había celebración. Simple y llanamente porque no había nada que celebrar.
Habían sobrevivido.
No era lo mismo que vencer.
Temía, por la magnitud de la batalla, que aquella noche había perdido a muchos hombres. A muchos de los que consideraba sus hijos.
Mormondir era un hombre enorme. Rozaba los dos metros y era fornido, ancho de hombros, con una espalda que parecía haber sido tallada a golpe de martillo de karheim.
Superaba ya los cincuenta inviernos y podría sumar otros tantos y seguir imponiendo un profundo respeto.
La clase de hombre a quien seguirías a una carga suicida, a una marcha por un lago de hielo quebradizo, a combatir a los salvajes hombres, bestias y gigantes de Gor’Mundur. Al fin del mundo y de toda esperanza.
Su cabello, antaño oscuro, estaba ahora surcado de canas, con una incipiente calva que no se molestaba en ocultar.
Su piel, curtida y marcada por el frío y las cicatrices, mostraba unas prominentes arrugas alrededor de los ojos, que delataban una actitud permanentemente vigilante, alerta, preparado.
Vestía la armadura incluso fuera del combate. No porque la necesitara, si no por pura costumbre.
Entre sus hombres corría la voz de que Mormondir había pasado su noche de bodas con la armadura puesta.
Había algo que destacaba en aquel hombre y lo hacía tan excepcional. Tan importante. Tan fuerte y honorable.
Había entregado su vida por su sahendir.
A su esposa.
A su hija Merian.
Seis años.
Seis años desde la última vez que las había visto. Seis años sin su cariño y sus caricias.
Merian ya no sería una niña si Althear quería que la viera de nuevo. Aquello le dolía más que cualquier herida.
A veces, tras sanguinarias y terribles noches como esa, se preguntaba si ella aún lo recordaría igual. Si no se habría convertido en un extraño.
En un viejo y violento soldado incapaz de amar.
Al menos tenía el consuelo de sus cartas, con una escritura pulcra, con palabras dulces hacia un padre ausente, consumido por su deber.
El tintinear de unas campanas sonó a su espalda.
—General —dijo el capitán Kethelec, acercándose con gesto contrariado—. Le traigo el recuento final.
Mormondir no se giró para mirarlo.
—Dilo sin rodeos, Kethelec.
—Ciento diecisiete muertos. Doscientos cuatro heridos. Treinta y nueve no podrán volver a empuñar un arma.
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Editado: 28.01.2026