Vaan apenas pudo dormir aquella noche. La noche del día en que había conocido al príncipe Thael’Rhyss An-Kevara.
En cuanto llegó a las tierras de los Hjölnar, su primer pensamiento fue compartir el descubrimiento con su familia. Pero decidió esperar.
Rhyss estaba malherido. Y apenas lo conocía.
Desconfiaría de él si su siguiente encuentro fuera frente a hombres armados hasta los dientes.
Esperaría a que Rhyss mejorase, si es que sobrevivía, y le preguntaría al respecto.
Quizá no quería ser descubierto.
Pese a la primera reacción de rechazo y temor, no había nada en la actitud de Rhyss que le hubiera hecho temer por su vida. Más bien al contrario. De alguna manera parecía...educado.
El problema principal era que su apariencia era realmente aterradora.
Si era verdad que venía de otro mundo, Vaan se preguntaba si allí Rhyss era visto como un ser más cualquiera.
Su mundo. La sola posibilidad estimuló su mente. ¿Existía un mundo diferente al suyo?
Qué fascinado estaba. Qué emoción sentía en aquellos momentos.
El cuerpo del muchacho bullía de energía, como si hubiera estado durmiendo durante días.
Le extrañaba seguir despierto a esas horas tras la interminable jornada del día anterior, asique se intentó tranquilizar hasta que el sueño finalmente lo atrapara, pero el aire de su habitación le sabía...distinto. Ni peor ni mejor. Distinto.
Quizá se debía al hecho de haber permanecido cerca de Rhyss durante largo tiempo, dado que parecía ser que él era el culpable. Aquel olor desagradable impregnado en el aire...
Al final terminó por dormirse. Y cuando lo hizo, lo hizo sin sueños, como si hubiera caído a un pozo oscuro e infinito.
Despertó con los sonidos ajetreados de los miembros de su casa. Sonidos cotidianos.
El fuego a su lado, avivado. El cuchillo golpeando la tabla de cortar y el olor a cebolla picada.
La voz de su padre, firme y tranquila. La preciosa risa de su madre como respuesta.
Vaan se quedó un instante mirando el techo, cuando una voz familiar lo sacó de sus pensamientos.
—Arriba, hijo —le apremió Vindicar, sonriéndole—. Hoy no hace viento. Es un buen día para practicar.
Vaan se acercó a la cocina. Protestó cuando su madre le removió el pelo con la mano que había usado para cortar la cebolla.
Su padre lo observaba con atención.
- ¿Qué tal ayer? -
Vaan mordisqueó un trozo de pan y un poco de queso.
- Bien...-murmuró con la boca llena. - Estuve a punto de cazar un conejo. Creo que tengo que relajar más el cordaje.
Su padre le dedicó una media sonrisa. Una expresión de satisfacción cruzaba su rostro.
—Por cierto me parece bien esta nueva iniciativa tuya —comenzó a decir—. Pero vuelve antes del anochecer.
- Descuida, padre. -
- Y a ver si hoy cazas algo decente. Conejos, lordajos… lo que se deje. Pero si ves un jabalí...
Vaan intentó no ahogarse con el pan. Demasiado seco, para su gusto.
- Me aseguraré de dirigirme a otra dirección.
«Un jabalí no, pero una araña gigante con medio cuerpo de hada...»
Al llegar a la ciudad a lomos de Yunque, fue directo al barracón de las letras, esperando encontrar a Siriena.
Estaba sentada en un apoyo de piedra, cerca de la entrada principal, con un libro cerrado sobre las rodillas. El cabello rubio recogido sin demasiado cuidado, con desordenados mechones sueltos al capricho del viento, enmarcándole el rostro, dibujando aquellas facciones de ángel. Al levantar la vista y verlo, frunció ligeramente el ceño.
—Tienes mala cara —dijo—. Mala de verdad.
Vaan se encogió de hombros, mirándola desde su montura.
—He dormido poco.
—Eso no explica esa mirada —replicó ella, levantándose—. ¿Qué ocurre? Aún no me has dicho de qué va todo ésto.
Durante un instante, Vaan se quedó callado.
La observó fiamente sin darse cuenta: la forma en que el sol matinal iluminaba su pálida piel, cómo se movía con una tranquila seguridad...
Carraspéo. Estaba atontado aún. Y con las prisas, apenas había desayunado.
—¿Recuerdas algo de medicina? - preguntó de repente – De cuando fuiste aprendiz...
Siriena ladeó la cabeza.
—¿Medicina? ¿Te has hecho daño?
—No, yo no —se apresuró a decir—. Es otra persona. Bueno. No es exactamente una persona.
Siriena entrecerró los ojos.
- ¿Otro misterio más? - dijo, visiblemente molesta.
Vaan miró a otro lado.
—Vaan…
—Por favor.
Ella suspiró. Y al hacerlo de su boca surgió una gran voluta de vaho.
—Algo aprendí —dijo al fin—. Althric me enseñó a limpiar heridas, suturar, evitar infecciones. Muy básico. ¿Qué has hecho?
—Nada —respondió él, alzando las manos – Te lo juro.
Ella lo miró largo rato, escudriñándolo con sus fascinantes ojos verdes. Soltó un bufido y miró hacia otro lado.
Aunque Vaan la notaba molesta, y no la culpaba por ello, no tenía tiempo que perder.
—¿Le llevaste el libro que te dije a Helene?
Ella puso los brazos en jarras, antes de contestar.
- ¿En el que hay representados mil y un monstruos diferentes?
Vaan compuso una sonrisa. No sabía qué contestar sin empeorar su enfado.
—Sí. Anoche. - repuso finalmente ella.
- ¿Y bien? -
- Me dijo que trataría de echarle un vistazo. Pero que no me prometía nada. Ya te dije que el arcaico no es su especialidad.
Vaan asintió.
Dejó a Yunque lo mejor que pudo apartado del camino, y encaró la escalinata de piedra que daba a la entrada del barracón.
Ella no lo siguió.
- Siriena...-
- No sé si quiero saber en lo que te has metido, Vaan. - le dijo ella, con un tono de preocupación.
Vaan quedó ahí plantado. No se esperaba esas palabras. Creía que ella se lanzaría al misterio sin pensarlo. Que era como él.
La chica continuó diciendo:
- No pongas esa cara de cordero – le espetó – Es sólo que...Mi padre parece estar preocupado por algo. Y...no quiero empeorar las cosas.
#1369 en Fantasía
#720 en Personajes sobrenaturales
fantasía drama romance acción misterio, fantasia epica aventura, batalla humor reinos razas aventura
Editado: 28.01.2026