Los ejércitos formaron lentamente a lo largo de la llanura, uno frente al otro, como dos extraños que se encuentran en un callejón estrecho, dejando atrás sus campamentos.
Habría podido decirse que estaban compuestos por cientos de miles de guerreros honorables, luchando por un bien mayor, por el equilibrio del mundo.
El bien contra el mal.
Pero no.
Aquello no era más que una escaramuza en las tierras de un señor poderoso.
Uno de los ejércitos, el invasor, estaba formado en su mayoría por hombres reclutados a golpe de talonario y promesas huecas. Hombres desesperados, atrapados en circunstancias desesperadas, que al final del día depositaban su esperanza en una sola cosa: seguir con vida.
Si sobrevivían, claro.
No faltaban tampoco malhechores, criminales y oportunistas. Al menos, podía decirse que combatían en las tierras de su señor, lo cual añadía un leve barniz de patriotismo. Muy leve. Casi inexistente.
Un pequeño pero notable contingente lo formaban los mercenarios más caros del continente: los Escorpiones de Amb Rabbash.
Excesivamente caros, quizá. Inflados por la fama que los precedía.
Tres magos —imbíbidos, cabía señalar— y cien espadas de la Sultana.
El señor que los había contratado estaba convencido de que aquella inversión bastaría. Que las fuerzas imperiales, apenas superiores en número, optarían por no presentar batalla.
Y entonces, sus exigencias se materializarían ante la corte imperial.
Así era como se resolvían las disputas entre nobles.
Una trifulca se apagaba con otra mayor.
Hasta que alguien cedía.
O hasta que sus tierras quedaban arrasadas y sus gentes colgaban de la espada y la soga.
Nunca se llegaba a tales extremos, por supuesto.
Incluso el consejo imperial consideraba necesarias aquellas guerras en miniatura: para apaciguar ánimos, mover ambiciones, redistribuir poder.
Apagar rebeliones antes de que ardieran.
El terrateniente invasor era un hombre bajo, enjuto, de vientre prominente y bigote entrecano curvado hacia arriba según una moda francamente deplorable.
Lieger Backhemhain.
Un noble de importancia discreta pero creciente, dueño de fértiles tierras agrícolas y de varias minas ricas en metales preciosos e ithena.
A diferencia de sus hombres, se alojaba en una tienda espaciosa, dividida en dos compartimentos y provista de todo lujo imaginable para garantizar su comodidad.
Lieger era ambicioso.
Quizá demasiado.
Aquella ambición lo había empujado a la guerra contra su vecino, Lord Sanveriano Ixtal: un anciano con poco tiempo por delante y demasiados descendientes aguardando su herencia. Lieger pretendía adelantarse a la incertidumbre que seguiría a su muerte: siete herederos, cada uno con aliados ocultos, conspirando en la sombra.
El plan se sostenía sobre una reciente victoria pírrica de las fuerzas de Ixtal en su frontera suroeste. Tan costosa había sido, que su ejército había quedado reducido a unos pocos batallones maltrechos.
Nada en las leyes imperiales prohibía atacar a un territorio que había sido atacado tan solo una semana antes.
Lieger soportaría años de miradas cargadas de desprecio, de ser llamado oportunista, canalla, hombre sin honor.
A cambio, obtendría el Halcón Blanco: la fortaleza ancestral de la casa Ixtal, ocupada durante casi quinientos años.
Un trato más que aceptable.
Lord Ixtal tenía tres opciones.
Entregar la llave del Halcón Blanco y huir con su familia a Berseria, la capital imperial.
Atrincherarse y resistir un asedio condenado al fracaso.
O solicitar ayuda al Emperador.
La opción menos honorable, decían algunos.
La opción del cobarde.
Pero Ixtal era viejo, y había servido fielmente a dos emperadores. Solicitó ayuda.
Y le fue concedida.
Por norma general, aquello habría puesto fin al conflicto. El visto bueno imperial solía desembocar en una negociación cordial, palabras vacías y paz forzada en algún extremo olvidado del Imperio.
Así, Lieger bebía vino con la tranquilidad de un hombre que no puede perder.
En el mejor de los casos, se quedaría con el Halcón Blanco.
En el peor, obtendría un buen trato.
Esperaba estar de vuelta en sus dominios antes del anochecer.
Y lo habría estado…
De no ser por un pequeño problema.
Un solo hombre.
Un soldado imperial que aquel día luchaba para el ejército defensor.
Pero que, en otras circunstancias, podría haber luchado para Lieger.
Ese hombre se llamaba Yeron Talassar,
la Espada Hacedora de Milagros.
Y era hijo del mismísimo Emperador.
—¡Meissner! —bramó Lieger Buckemhain.
El hombre mordisqueaba un trozo de fruta sin demasiado entusiasmo con una mano, mientras con la otra sostenía una copa de vino.
—¿Mi señor? —respondió una voz serena.
Un hombre alto y delgado apareció tras las bambalinas que daban a la entrada de la tienda. Su porte era recto, contenido, casi rígido.
Lieger le señaló una silla con un gesto impaciente de la cabeza.
—Siéntate, por el amor de Althear. Me pones nervioso.
El rostro de Meissner no se alteró lo más mínimo.
—Pero, señor… fue usted quien me envió a la entrada para que tuviera algo de privacidad hace tan solo un…
—¡Por Dios, Meissner! —le cortó Lieger—. ¿Quieres sentarte o no?
Meissner suspiró, con los ojos entrecerrados, rebosantes de una paciencia entrenada a lo largo de los años. Tomó asiento frente a la improvisada mesa con un gesto comedido.
—¿Se le ofrece algo, milord?
Lieger dio un largo trago de vino. Tenía la cara y la nariz enrojecidas, emergiendo como islas carmesí bajo aquel bigote puntiagudo.
—Terminar con este asunto de una vez. Quiero volver a casa antes del anochecer.
—Los ejércitos aún están formando, milord. Ya sabe cómo funcionan estas cosas.
Lieger puso los ojos en blanco.
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Editado: 28.01.2026