Crónicas de la hechicera sin nombre

Capítulo 1

Le rebané el cuello con un corte limpio. Preciso y mortal.

Mientras lo veía desangrarse a mis pies, saqué el talismán y preparé el conjuro. Tenía muy poco tiempo antes de que muriera y debía cumplir mi venganza: lograr que su espíritu quedara maldito y vagara sin paz en los campos del Tai-Aram, bajo la noche eterna del abismo infinito.

—¿Sabes por qué estás muriendo? —le dije, y esparcí sobre su cuerpo el polvo del olvido—. Seguro ya no recuerdas a la vieja Ohra.

Una expresión de desconcierto alcanzó a dibujarse en su rostro, a pesar de que se ahogaba en su propia sangre.

—No te acuerdas, ¿cierto? —Continué, mientras encendía la llama—. La dejaste morir hace seis años de hambre y de sed, en la pila del castigo.

Canté rápido el hechizo y pude ver en sus ojos el último destello de terror que queda en la mirada de los condenados cuando sienten que los traga la oscuridad. Después recogí mi ropa, me vestí y salí de la habitación. Nadie se fijó en mí. Era el día de la orgía mayor en las festividades de Numar, y todos estaban demasiado ocupados disfrutándolo.

Apenas crucé la puerta que daba a la calle, recordé cuando llegamos por primera vez Ohra y yo al burdel, después de ser compradas en el mercado de esclavos de Siruún. Y lloré por ella como no lo había hecho nunca desde su muerte.

Un alarido enfurecido me sacó de mi tristeza.

—¡Asesina! —Alcé la vista, Za'ida, la mucama, me señalaba desde una ventana del segundo piso—. ¡Deténgala, mató al patrón!

Sus gritos pusieron en alerta a toda la calle. Un par de guardias imperiales, medio borrachos, abandonaron a las prostitutas con las que negociaban y clavaron sus ojos en mí. Los curiosos comenzaron a arremolinarse alrededor, cortándome cualquier posibilidad de escape.

Estaba jodida.

Descarté lo único que habría podido salvarme: usar algún conjuro de desvanecimiento; las hechiceras me habían advertido que los conjuros de venganza eran demasiado costosos, y yo había consumido todo mi Khe para asegurarme de que el maldito Ritún se pudriera por siempre en el Tai-Aram.

Pero no me iba a entregar fácil. Sabía lo que me esperaba, Ritún era el proxeneta favorito del gobernador imperial, el hombre que complacía todas sus perversiones, a cambio de que la administración se hiciera la de la vista gorda con los negocios turbios que se manejaban desde Timor, su burdel, el más famoso de la ciudad.

Con el desespero del que está perdido, y sin esperanzas de que funcionara, lancé al aire el último puñado de polvo del olvido que me quedaba, justo cuando los guardias llegaron frente a mí. Prefería morir a pasar por los horrores de una prisión imperial.

Y en ese momento tuve la visión. Me golpeó con una claridad brutal, como si la estuviera viviendo.

Me vi caminando por un salón largo, imponente, iluminado por mil fuegos; tan claro en su interior que no había diferencia con la luz del sol que brillaba afuera. Dos largas filas de personas, a lado y lado del pasillo que atravesaba, me miraban al pasar e inclinaban sus cabezas con respeto; el lujo de sus ropas y sus joyas eclipsaba la grandeza del lugar.

Al fondo, en un trono que enceguecía con su brillo, esperaba un hombre con el rostro cubierto por una máscara dorada y coronado con una tiara en la que refulgían cientos de puntos brillantes, como estrellas en la noche.

Entonces escuché de nuevo la voz de Ohra, como si hubiera vuelto a vivir. Repitió la profecía que hizo la primera vez que me vio, cuando los cazadores de esclavos me arrojaron en la celda donde ella estaba encerrada junto a las otros capturados en las batidas del día.

La profecía que anunciaba que un día yo sería la mujer más poderosa del mundo.

Luego la vi parada junto a mí y, antes de desvanecerme en la oscuridad, supe que el conjuro había funcionado.




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