Crónicas de la hechicera sin nombre

Capítulo 2

Muchos dijeron que vieron con horror cómo dos nazdus rompían la negrura de la noche, escupiendo sus chorros de fuego sobre la calle.

Otros juraron que una estampida de olifantes se les vino encima y huyeron despavoridos para no ser aplastados.

Los dos guardias imperiales declararían después ante su superior que decenas de amarices venenosas habían envuelto sus cuerpos y los picaban furiosas.

Al final, el jamedín que se hizo cargo de la denuncia concluyó que la mayoría de los testigos estaban borrachos por causa de las celebraciones de Numar y cerró el caso, después de emitir una orden de captura en contra de la fugitiva que había asesinado al dueño del prostíbulo.

Pero yo estaba segura de lo que había visto, de que no había sido una alucinación por el conjuro: cuando abrí los ojos, Ohra estaba agachada junto a mí, zarandeándome para que reaccionara.

—¡Huye! —dijo.

Su voz sonaba como si estuviera dentro de mi cabeza.

Obedecí. Me levanté todavía atontada, escabulléndome entre los guardias y los curiosos, que miraban aterrorizados algo que yo no podía ver.

—No busques a las hechiceras de Tran —me gritó cuando me alejaba.

Era justo lo que pensaba hacer.

—Ve a la Pista de los Tres Reinos; allí está tu destino.

Fue lo último que la oí decir antes de desaparecer entre la gente, que seguía dando alaridos y corriendo de un lado para otro.

La pista quedaba a las afueras de la ciudad. Avancé con cuidado, internándome por los callejones más oscuros y solitarios, no quería encontrarme con más guardias imperiales.

Jamás había entrado a la Pista de los Tres Reinos. Las carreras, aunque eran el deporte favorito de casi todo el imperio, no estaban hechas para gente como yo, que nunca tuvo un cope extra para apostar.

Cuando llegué, vi que una columna de niebla blanca y brillante se elevaba desde la edificación y se perdía en las nubes. Abajo, el ambiente de fiesta y alboroto era el mismo que vivía toda la ciudad. Por eso fue fácil mezclarme entre la gente, pasar el amplio portalón de entrada sin que los guardias que lo custodiaban se fijaran en mí y llegar a las graderías más populares, donde se apiñaba una multitud que gritaba entusiasmada.

Había escuchado descripciones de clientes del burdel aficionados a las carreras, pero lo que vi me dejó sin aliento.

Seis libos, cubiertos con mantos de colores: tres con el escarlata imperial y tres con el verde de la plebe, se elevaban veloces por la columna de niebla, azuzados por los golpes de los quites que sus jinetes les lanzaban desde sus carros, que destellaban con las luces flotantes que iluminaban todo el trayecto.

El público, dividido en bandos, animaba a sus equipos con tanta pasión que vi a varios de los que estaban a mi alrededor agarrarse a golpes.

No les presté atención: seguía embobada viendo la carrera.

Los libos, después de perderse unos segundos entre las nubes, ahora bajaban desbocados y pensé que no alcanzarían a frenar antes de estrellarse contra el suelo. Pero, justo antes del impacto, la arena pareció disolverse y se zambulleron en una fosa de agua tan verde como el mar que alguna vez vi en Wyrum.

La carrera continuó bajo la superficie. Las aguas eran cristalinas y se podía ver cómo el equipo escarlata adelantaba a los verdes. Cuando emergieron de nuevo, comenzaron a correr por la pista de arena y los verdes lograron alcanzar a los escarlatas. Después, el libo verde más veloz los adelantó. Hasta que llegaron a una barrera de fuego que había antes de la meta.

El libo verde se detuvo, asustado. El jinete intentó forzarlo a punto de golpes, pero la bestia no hizo caso. Los otros libos de su equipo se detuvieron a su lado. En los gestos de sus jinetes se reflejaba la impotencia y el desespero que sentían. Pero ya no había nada que hacer: el equipo carmesí los rebasó y cruzó la meta.

Aunque no había asistido a ninguna carrera, sabía lo que pasaría después.

Los jinetes y libos del equipo perdedor se plantaron en frente del palco del gobernador imperial. Este se levantó, comenzó a verter el contenido de su copa sobre la arena y unos guardias, que se habían apostado al lado de los derrotados, con tajos certeros fueron decapitando primero a los libos y después a los jinetes.

Pero yo no me fijaba en nada de eso. Algo más fuerte había llamado mi atención.

Cerré los ojos, necesitaba convencerme de que no lo estaba alucinando. Cuando los volví a abrir, seguí viendo a Ohra en el palco. Me hizo señas para que la siguiera y desapareció tras el gobernador, que se retiró luego de que terminó la ejecución.




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