Crónicas de la hechicera sin nombre

Capítulo 3

Un griterío ensordecedor se elevaba desde las tribunas populares. El descontento que había estado acumulándose después del final de la carrera explotó con la ejecución de los vencidos. La multitud vociferaba furiosa contra los nobles, que se revolvían nerviosos en sus palcos, y muchos comenzaron a irse, asustados.

Yo, mientras tanto, trataba de abrirme paso entre la masa de cuerpos para llegar el corredor por donde Ohra seguía al gobernador.

Cuando estaba a pocos metros de lograrlo, un grupo de guardias me cerró el paso. Se habían ido desplegando por las graderías intentando contener a la turba, pero cada vez se les hacía más difícil: estaba a punto de estallar una revuelta.

Vi con desesperación cómo el gobernador desaparecía por uno de los portales que daban al interior de la construcción, escoltado por un par de sus guardias personales. Ohra permaneció junto a la entrada, señalándola mientras me miraba.

Su figura se recortaba limpia y distante en medio del caos que reinaba alrededor y, por un momento, me pregunté si en realidad no la estaría imaginando.

Pero deseché ese pensamiento con rapidez. Era ella, estaba segura. El conjuro había funcionado, trayéndola de regreso del mundo de las sombras a cambio del alma de Ritún. Ahora solo necesitaba encontrar la forma de llegar hasta donde estaba y seguir al gobernador. Todavía no entendía el propósito, pero sabía que debía confiar en Ohra; ella nunca me había fallado.

Los guardias empezaron a empujar para obligarnos a retroceder, lo que enfureció todavía más a la gente, que se lanzó contra ellos. Por un momento quedé atrapada entre ambos bandos y tuve miedo de ser aplastada.

Abriéndome paso a codazos, llegué a un pequeño espacio libre y, cuando por fin creí tener el camino franco, sentí que me agarraban de la ropa y me halaban con fuerza. Me revolví tratando de zafarme, pero me vi levantada por los aires hasta que mi cuerpo chocó contra la dura coraza de un badarur que me miraba, con sus ojos todavía más púrpuras por la rabia.

Su mano comenzó a apretar mi cuello. Sabía que no tenía oportunidad: los badarur eran máquinas de matar. Por eso, de entre todos los pueblos que del imperio, se habían convertido en los reclutas favoritos de los cuerpos de choque.

Ya casi no sentía mi cuerpo y espasmos sacudían mis brazos y piernas. Entonces alcancé a ver cómo cinco hombres saltaron sobre el guardia y empezaron a golpearlo con garrotes; uno de ellos, armado con un cuchillo de artesano, lo hirió en el antebrazo. El badarur rugió de rabia. Rápidamente se deshizo de mí, arrojándome hacia un costado, y se trabó en una pelea brutal con sus atacantes.

Todavía atontada por la falta de aire y el golpe que me di en la caída, me incorporé como pude y comencé a caminar hacia donde estaba Ohra.

Cuando llegué frente a ella, no dijo nada. Se limitó a señalarme la puerta y yo entré.

Atravesé un pasillo largo y oscuro hacia la luz de una antorcha que brillaba al fondo. Conforme avanzaba, comencé a oír voces. Dos personas discutían. Un hombre y una mujer.

Me detuve a unos pasos de una puerta que daba a una pequeña sala. Desde ahí alcanzaba a distinguir con claridad las figuras de quienes hablaban, sin que ellos me vieran.

Uno era el gobernador imperial.

Pero la otra era la persona que menos hubiera esperado ver hablando con él: Uy’a «La de un solo ojo».

¡La suprema Dat de las hechiceras de Tram!




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