Crónicas de la hechicera sin nombre

Capítulo 4

—Escúchalos, Grilán —dijo Uy'a, sonriendo con maldad—. ¿Acaso no era esto lo que esperabas? Le abriste las puertas al monstruo y ahí tienes las consecuencias.

Desde mi escondite vi cómo el gobernador miraba con temor hacia el techo, que temblaba bajo el fragor de la tormenta desatada en el exterior.

—La idea nunca fue que las cosas llegaran a este extremo —dijo Grilán, que se notaba cada vez más preocupado.

Uy’a le lanzó una mirada cargada de desprecio.

—Pero ¿qué esperabas que ocurriera? —dijo—. ¿De verdad fuiste tan idiota que no se te pasó por la cabeza que ibas a encender la llama de una revuelta?

—Esto no fue lo que acordamos —insistió el gobernador, secándose el sudor que le empapaba el rostro—. No pienso asumir ninguna responsabilidad por lo que pueda pasar.

Uy'a lo ignoró. Se limitó a sacar una bolsita que cargaba entre los pliegues de su túnica y sopló su contenido al aire mientras decía, con tono amenazador:

—¿Quieres ver lo que pasará? Esto no es nada comparado con lo que ha de venir.

Una niebla verde azulada comenzó a materializarse. El gobernador retrocedió sobresaltado cuando las volutas se fueron transformando en imágenes difusas que envolvieron su cabeza con rapidez. Un grito de horror escapó de su garganta, a la vez que agitaba los brazos para tratar de alejarlas.

—¡Apártalas de mí! —suplicó.

Uy'a esperó unos segundos, disfrutándolo. Los guardias intentaron adelantarse para socorrer a su amo, pero ella hizo un ademán y quedaron clavados en el piso, tratando inútilmente de desenvainar sus espadas.

—Pobre Grilán —dijo—. No tienes idea del tipo de fuerzas con las que estás lidiando.

Trazó un arco brusco con el brazo, como si descorriera una cortina invisible, y el encantamiento desapareció. Grilán tragó una bocanada larga para recuperar el aliento mientras miraba con rabia a la mujer.

—Maldigo la hora en la que acepte participar en esta conjura del demonio — dijo.

—Nunca tuviste elección, imbécil —respondió Uy’a, a quien comenzaba a notársele el aburrimiento que ya le generaba toda la situación—. Esta historia fue trazada mucho antes de que ninguno de los que participamos en ella hubiera nacido, en el umbral de los Tiempos Perdidos, y quizá mucho antes. Somos juguetes en las manos de los dioses, marionetas movidas con un único propósito: ejecutar sus designios. Consuma entonces con lo que debe ser hecho. Que tus tropas acaben para siempre con mis hermanas y destruyan el saber que protegieron durante mil generaciones.

Retrocedí de inmediato, aterrada. No podía creer que la suprema Dat de las hechiceras de Tram acabara de decretar el exterminio de su propia Orden.

Como si me hubiera descubierto, Uy’a se quedó mirando hacia el lugar donde me ocultaba. Pero no dijo nada.

Sentía su único ojo clavado en mí, atravesando la pared detrás de la que me escondía, volviéndola invisible. Sabía que era algo que las hechiceras podían hacer, por eso no dudé de que era consciente de que los espiaba.

Entonces ¿por qué no me delataba?

La voz del gobernador volvió a escucharse.

—Di la orden antes de bajar a verme contigo. Mis hombres ya van en camino. Hoy no quedará piedra sobre piedra en la pocilga que regentas.

Uy’a giró a enfrentarlo, furiosa.

—¡Cuida tu lengua sino quieres perderla! Acepté el sacrificio de mis hermanas porque un designio más poderoso lo impone, pero todos aquí somos prescindibles. Así que no tientes tu suerte sino quieres que acabe contigo, y te advierto que conozco formas muy dolorosas de hacerlo.

—Confías demasiado en tu magia, bruja. Pero no te descuides; tú misma acabas de decirlo: aquí ninguno es indispensable.

Uy’a no contestó nada. Volvió a mirar hacia donde yo estaba. Esta vez tuve la certeza de que me veía y creí que iba a delatarme. Entonces sentí la presencia de Ohra detrás de mí; fue casi como si «La de un solo ojo» le hubiera ordenado aparecer.

—Ya viste lo que debías ver —escuché de nuevo la voz de Ohra en mi cabeza—. Ya sabes lo que va a pasar. Ahora está en tus manos impedirlo.

La miré sin comprender.

—¡Corre! —gritó— ¡O las hechiceras de Tram están condenadas!

Confundida, volví a mirar por un instante hacia donde estaba Uy’a, y ella empujó levemente la cabeza hacia adelante, como ordenándome que hiciera lo que Ohra me pedía.

No lo dudé más y eché a correr con todas mis fuerzas.




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