Crónicas de la hechicera sin nombre

Capítulo 5

«Tengo que llegar. Soy la única que puede salvarlas».

Me repetía esas palabras con el corazón a punto de explotar mientras atravesaba el Cementerio de los Nobles, iluminándome con la pequeña antorcha que encontré tirada junto al cadáver de una de las víctimas de la revuelta, que yacía en la entrada con el cráneo destrozado.

Había logrado escapar de la Pista de los Tres Reinos después de eludir, lo mejor que pude, el motín que comenzaba a extenderse por el resto de la ciudad, y como estaba segura de que, en ese momento, la Guardia Imperial debía atender asuntos más urgentes que buscarme, resolví usar la vía más directa para llegar hasta el monasterio: descolgarme por el Puente de los Nazdus y de allí saltar directo al cementerio que quedaba detrás.

Mientras corría entre las tumbas, me asaltó el recuerdo de la primera vez que entré en contacto con las hechiceras de Tram. Ese encuentro que cambió mi vida para siempre.

Todo había comenzado cinco jardunes antes, cuando Ritún decidió celebrar a lo grande el cumpleaños del gobernador para ganarse su favor y se empeñó en organizar una de las fiestas más imponentes de las que tuviera memoria la ciudad.

Se gastó una pequeña fortuna en decorar el prostíbulo con toda la pompa, comprar una decena de nuevas esclavas xinias para deleite de los invitados, mandar a preparar los manjares más exquisitos y surtirse de los mejores licores que se podían encontrar en el mercado local.

Incluso se ocupó de encargar una cava especial solo para el disfrute del gobernador, que hizo traer expresamente por los contrabandistas de Aseb desde los míticos viñedos de Kátidur; «El néctar que beben los dioses», como lo llaman los pocos afortunados que lo han probado.

La noche de la celebración, además de los hombres más ricos y poderosos de la ciudad, se hicieron presentes varios príncipes menores de los alrededores, vasallos del imperio. Yo, como una de las cortesanas más apetecidas en ese momento, estuve encargada de protagonizar el primero de los dos espectáculos centrales con los que se iba a distraer a los invitados.

Debo decir que me sentía orgullosa después de presentar mi acto. Todo había salido perfecto: el juego de luces y humo de colores que mandé preparar; los yands amaestrados que fueron quitándome la ropa al compás de la música; y los aromas de especias embriagadoras que liberé con delicadeza después de cada movimiento sensual de mi baile. Pero nada de eso se comparó a lo que vino después: la presentación de Na Aj Yir’dàx, «La que encarna el aliento divino».

Apenas apareció en medio del salón, como si se hubiera materializado de la nada, los invitados no pudieron quitarle los ojos de encima. Era como si todos hubieran caído en una especie de trance, hechizados por sus movimientos sensuales, y ella parecía flotar en un espacio lejano, mucho más allá de cualquier tiempo. Después supe que eso era exactamente lo que había ocurrido: Na Aj los había aprisionado en un poderoso conjuro.

Mientras tanto, yo intentaba resistirme a su atracción, pero fue inútil. Sus ojos, clavados en mí, me arrastraban hacia una especie de vórtice al compás de la música, que ya había alcanzado su punto más frenético, que ella reforzaba entonando un cántico en una lengua antigua y misteriosa, que parecía, amplificado por un coro invisible de voces.

De repente sentí que mi cuerpo se deshacía por unos instantes y se integraba a algo mucho más grande y profundo que no lograba identificar. Luego, la misma Uy'a, «La de un solo ojo», me revelaría que me había fundido con el Khe.

Pero, en ese momento, lo único que supe fue que, tras aquella extraña desmaterialización, aparecí en una bóveda iluminada por una luz opaca, flotando entre dos círculos concéntricos que giraban en direcciones opuestas. Ambos estaban formados por grupos de mujeres vestidas con largas túnicas púrpuras, coronadas por capuchones que les ocultaban los rostros, mientras cantaban la misma letanía de Na Aj, que ya había alcanzado su clímax.

Entonces descubrí que, flotando junto a mí, estaba una mujer. Me tendió su mano y, cuando la tomé, ambas descendimos con suavidad hasta el piso.

—Bienvenida, Uh Dit Ax Macatán, «La que ha de llegar» —dijo.

—¿Qué clase de maleficio es este? ¿Quiénes son ustedes? —pregunté, espantada.

—No tienes de qué preocuparte, no queremos tu mal. Estás en el monasterio de las Hechiceras de Tram. Las hermanas y yo, su dat: Uy’a «La de un solo ojo», te trajimos aquí.

Se volvió hacia las mujeres de los círculos, que habían atenuado sus cantos, y les anunció:

—¡Lo logramos! Hemos despertado el Khe. El conjuro que no fue usado por más de veinticinco generaciones acaba de dar su fruto.

Ambos círculos se ensancharon y comenzaron a girar aún más rápido cuando todas levantaron los brazos y siguieron girando con ellos en alto.

Uy'a volvió a encararme. Intenté abrir la boca para decir algo, pero ella hizo un gesto leve con la mano para callarme.

—No tenemos tiempo —dijo—. Es un conjuro muy poderoso el que hemos hecho y no podemos mantenerlo demasiado. Escúchame bien: lo que necesitábamos por el momento ya está conseguido. Al traerte aquí, has superado la Prueba de la Identificación. El siguiente paso será demostrar que eres la esperada. Para lograrlo tendrás que estar aquí, de cuerpo presente con todas las hermanas y probar que puedes empuñar la Llama del Tiempo como Señora de los Destinos. Ahora regresa al lugar de donde viniste y confía en Na Aj. Ella te traerá hasta nosotras.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.