El espanto, la rabia, la angustia de descubrir que había llegado demasiado tarde se apoderaron de mí al contemplar la escena escalofriante que se abría ante mis ojos: el monasterio ardía bajo la luz de una siniestra luna roja.
Fogonazos de violentas explosiones estallaban en su interior, mientras un grupo de Guardias Imperiales sacaban a rastras por la puerta principal a las hechiceras. Sus gritos de terror eran silenciados con rapidez por las espadas que les rebanaban el cuello; luego, las arrojaban a una pila de cadáveres que no dejaba de crecer.
Me quedé paralizada. Las lágrimas no paraban de rodar por mis mejillas. La impotencia que sentía me mantenía clavada en mi sitio. Pero ¿habría servido de algo intervenir, correr hacia los soldados que reían mientras consumaban la masacre? Lo más seguro es que mi cuerpo terminara junto a los de las demás.
Sentí cómo las pocas fuerzas que me quedaban después de todo el esfuerzo inútil terminaban por abandonar mi cuerpo y me arrodillé en el suelo, desde donde seguí contemplando el horror sin que ellos me vieran.
No sé cuánto tiempo estuve así, porque mi mente volvió a escapar hacia los recuerdos, quizá tratando de evitar el dolor que sentía.
Seguí recordando cómo, la noche de mi primer encuentro con las hechiceras, Na Aj se apersonó de la situación. Después de decirle a todos que quizá había caído bajo una especie de desconocido sortilegio, le ordenó a su esclavo que me llevara hasta uno de los aposentos del piso superior. Allí, luego de que me acostaron en un catre, les pidió a las mujeres del prostíbulo que nos acompañaban que salieran por un momento. Cerró la puerta, se inclinó sobre mí musitando algo que seguía sin poder escuchar y extendió las manos a lo largo de mi cuerpo.
Entonces experimenté una de las sensaciones más extrañas que he tenido en mi vida. Pareció como si me separara de mí misma, como si mi cuerpo dejara de ser mío y una parte de él se quedara en el camastro mientras que otra se ponía de pie siguiendo las órdenes de Na Aj.
—No te preocupes —pude escuchar, por fin, que decía—. He creado una copia inasible de ti. Es como un cascarón sin alma de tu ser. Permanecerá aquí mientras todos creen que sigues enferma, mientras tu verdadero yo vendrá conmigo al monasterio. Allí descubriremos si eres aquella a la que hemos buscado durante años. Ahora apresúrate, ponte estos vestidos, que debemos irnos.
Me cambié rápido. Cuando estuve lista, me ordenó hacerme a un lado de la puerta, donde nadie pudiera verme. Después la abrió para que entraran las mujeres y yo, obedeciendo sus indicaciones, aproveché para escabullirme sin que ellas lo notaran.
Como todos seguían en medio de la celebración, nadie se fijó en la esclava que salía del burdel y se refugiaba en un sombrío callejón cercano. Allí me tocó esperar varias horas para re encontrarnos.
Mientras tanto Na Aj, para cumplir el plan ideado por Uy’a y no despertar sospechas, volvió al salón principal y siguió recibiendo las atenciones de los invitados, que intentaron en vano seducirla, fascinados por su belleza. Casi al amanecer, cuando la mayor parte de los asistentes ya estaba ebria, cobró el dinero de su actuación y se fue con el esclavo.
La primera vez que vi el imponente edificio que ahora se consumía frente a mí, una opresión en el pecho me dejó sin aliento. Era el lugar que siempre visitaba en mis sueños desde que tenía memoria; el sitio misterioso al que debía llegar, pero en el que nunca podía poner un pie porque despertaba antes de hacerlo.
Durante el camino y sin entrar en muchos detalles, Na Aj me fue contando acerca de la búsqueda en la que estaban empeñadas las Hechiceras de Tram desde hacía varios años y que las había llevado hasta mí. Así me enteré de que Ohra había sido una de las Quibudans, «Las que rastreaban», un grupo selecto de las hermanas de la comunidad que se desperdigó por todo el imperio con la tarea de encontrar a Uh Dit Ax Macatán, «La que ha de llegar», y poner en marcha la profecía para que se cumpliera todo lo que estaba escrito.
Antes de que Ritún la asesinara, Ohra alcanzó a enviar un mensaje al monasterio informando que la búsqueda había concluido, que yo era la esperada. Pero este llegó demasiado tarde, justo cuando se acababa de cerrarse el portal que permitía realizar la segunda prueba, la que demostraría que la verdadera Señora de los Destinos podía empuñar La Llama del Tiempo.
—Fue por esa razón que debimos esperar seis ciclos —me dijo Na Aj—. Y, para protegerte, permaneciste oculta en el burdel. Pero ahora el portal se está abriendo de nuevo y fuimos por ti para que te conviertas, por fin, en aquello que esperamos: la salvadora, la que dominará el mundo.
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Editado: 26.06.2026